Los Juegos del Odio

3

El caos gris de Manhattan se queda fuera de los cristales insonorizados de Inmortal’s, un restaurante tan exclusivo que si no tienes un apellido que aparezca en un ala de un museo o, al menos, un escándalo en la Wikipedia, este sitio te mira como si fueras un mapache que acaba de entrar buscando sobras.

Y ahí está él. Mi oasis de cordura en este desierto de cinismo.

Julien.

Mi prometido es, literalmente, el antídoto contra mi personalidad. Mientras yo me dedico a buscar cadáveres en los armarios ajenos, él se dedica a salvar vidas de verdad. Es cardiólogo pediátrico. Sí, lo sé. Es asquerosamente perfecto. A veces me pregunto si el universo me lo envió como un contrapeso kármico para que no me brote una cola bífida y empiece a escupir fuego en las reuniones de consorcio.

—Estás radiante —dice Julien en cuanto me siento, tomando mi mano como si fuera una pieza de porcelana de la dinastía Ming y no el arma blanca que es en realidad—. Aunque tienes esa chispa en los ojos. Esa que solo aparece cuando has encontrado un nuevo… "proyecto".

Caramba, además me conoce tan bien.

Me río, dejando que el camarero, que parece un conde exiliado con una crisis de identidad, nos sirva una copa de un vino blanco tan caro que probablemente las uvas fueron masajeadas individualmente por monjes tibetanos antes de ser exprimidas.

—Digamos que hoy el Hada Madrina del Caos me ha visitado con un cheque muy generoso —respondo, dándole un sorbo a la copa. Sabe a éxito y a un ligero toque de melocotón—. Julian, amor, hoy es un día de celebración. He cerrado el contrato que va a pagar no solo las peonías importadas de Holanda que tanto quieres para nuestra boda, sino probablemente también la orquesta de cámara y hasta los caballos blancos si decides que quieres entrar a la ceremonia como una princesa de Genovia.

Sonríe con esa paciencia infinita que solo tienen los santos y los hombres que saben que su futura esposa es un tiburón con tacones de aguja.

—Sabes que me conformo con que aparezcas tú y no me dejes plantado—dice, y juro que por un segundo mi corazón, ese músculo curtido en la desconfianza, hace un ruidito tierno. Es un asco. Me encanta—. Pero me alegra que estés contenta. ¿Es alguien importante?

—El más importante —murmuro, y por un segundo la imagen de la mandíbula de Donovan Cash parpadea en mi mente. Dios, ese hombre es una ofensa para la estética mundana—. Un pez gordo. De los que nadan en aguas tan limpias que da ganas de tirarles un poco de lodo solo para ver si saben chapotear.

—A veces me asustas, Taylor —ríe él, apretando mi mano—. Pero confío en tu ética.

Casi me atraganto con el amuse-bouche de espuma de trufa. ¿Ética? Julien cree que mi trabajo es una especie de "consultoría de transparencia". En su cabeza, yo soy una heroína que saca a la luz la verdad para hacer del mundo un lugar más honesto. Y técnicamente lo soy, solo que mi motivación principal no es la paz mundial, sino un ático en el Upper West Side y una boda que haga que la de los Middleton parezca una fiesta de cumpleaños en un local de comida rápida.

—Mis métodos son implacables, cielo. Siempre encuentro la verdad —le aseguro, y no miento. Solo omito el hecho de que la verdad suele ser un monstruo feo y lleno de vicios—. Pero basta de hablar de mi trabajo. Hablemos de nosotros. ¿Has visto el presupuesto del catering? Me han dicho que si queremos el caviar Beluga para la recepción, tendremos que vender un riñón, y me preguntaba si realmente necesitas los dos para operar corazones.

Julien suelta una carcajada limpia, de esas que no tienen dobleces. Es tan refrescante estar con alguien que no está calculando cuánto daño puede hacerle a su competencia en el próximo trimestre.

Cenamos entre risas, hablando de los detalles absurdos que conlleva organizar una boda en la estratosfera social de Nueva York. Me cuenta sobre un paciente que se recuperó hoy y yo le cuento, omitiendo nombres, sobre la estupidez humana que financia mi estilo de vida. Es nuestra rutina perfecta: él pone la luz, yo pongo las sombras, y juntos formamos un eclipse bastante elegante.

—Por cierto —dice él, mientras nos traen un plato de vieiras que parecen obras de arte minimalista—, hoy escuché en el hospital que un pez gordo nos va a donar una nueva ala de oncología infantil. Dicen que es un tipo increíble. Incluso se ofreció a venir a leerles cuentos a los niños.

—Algún idiota intentando limpiar su imagen.

—Probablemente. Aunque los Cash no son gente que deba limpiar su imagen.

Casi escupo el vino. El destino tiene un sentido del humor retorcido y, francamente, un poco pesado.

—¿Cash? —pregunto, tratando de que mi voz no suene como el chirrido de una puerta oxidada—. ¿Donovan Cash? ¿El "Santo Patrono"? Vaya, qué… generoso. Qué… conveniente.

—¿Lo conoces? —pregunta Julien, genuinamente curioso.

—He oído hablar de él. Es difícil no hacerlo, su cara está en todas partes. Es como el moho, pero en versión “guapo y con fondos de inversión”—respondo, recuperando mi compostura—. Pero ya sabes lo que dicen: si algo parece demasiado bueno para ser verdad, probablemente es que tiene un equipo de relaciones públicas que cobra más que el PIB de un país pequeño.

—Siempre tan cínica, Taylor —me regaña con cariño, aunque hay una chispa de diversión en sus ojos—. No todo el mundo tiene una agenda oculta. Algunos hombres simplemente son buenos.

—Y algunos unicornios simplemente son caballos con un cucurucho pegado en la frente, Julien —le guiño un ojo—. Pero no hablemos de Cash. Esta noche es para celebrar que pronto seré la señora de un cardiólogo guapísimo y que no tendré que preocuparme por el precio del champán Vintage Krug.

Él levanta su copa.

—Por eso. Y por el éxito de tu nuevo proyecto. Que encuentres lo que buscas, sea lo que sea.

—Oh, lo encontraré —digo, chocando mi copa contra la suya con un tintineo cristalino que suena a victoria—. Te prometo que lo encontraré.



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 03.04.2026

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