Si el infierno existe, estoy segura de que se parece mucho a esta "Cumbre de Liderazgo Consciente y Sinergia Global".
El salón del hotel Plaza está tan lleno de ego que me sorprende que las paredes no se hinchen hacia afuera. Hay suficiente botox en esta habitación para paralizar a toda la fauna del África y el aire huele a una mezcla de perfume de mil dólares, acuerdos de confidencialidad y la hipocresía más pura y destilada del Upper East Side.
Me ajusto el vestido de seda color esmeralda que llevo puesto con cierta incomodidad. Me queda tan bien que debería venir con una advertencia de riesgo cardíaco para los transeúntes, la que no se acostumbra a su propia imagen de este modo soy yo. Ah, también he venido armada: tacones de aguja que podrían usarse como armas blancas en un callejón y una sonrisa que dice «puedo comprar tu empresa y convertirla en un refugio para gatos si me miras mal».
—Taylor, por favor, déjate el vestido en paz, no creo que quieras estirar esa tela tan bonita—susurra una voz familiar a mi lado.
Me giro y sonrío de verdad. Es Bianca, mi mejor amiga y la única persona en este evento que no me hace querer lanzarme por la ventana para ver si reboto en un taxi. Bianca es una fuerza de la naturaleza. Mientras yo destruyo imperios, ella los construye de la nada. Su último emprendimiento, “Pet-Up”, consiste en suplementos vitamínicos para mascotas que hacen que el pelaje de los perros brille literalmente en la oscuridad. Suena estúpido, pero ha facturado tres millones este trimestre porque, aparentemente, los ricos de Manhattan tienen pánico de perder a sus labradores en los apagones.
—Solo estoy haciendo control de calidad, Bianquis. E intento controlarme de no encontrar más trabajo del que soy capaz de soportar—respondo, dándole un sorbo a mi copa de champán que, por supuesto, está a temperatura ambiente. Pecado mortal—. Ese tipo de la tarima está hablando sobre "la vulnerabilidad como motor financiero" mientras lleva un reloj que vale más que mi primer apartamento. Es un objetivo andante. Me pican las manos.
—Hoy no, Taylor. Hoy eres mi invitada —Bianca se acomoda su melena rubia platino, que brilla casi tanto como sus perros—. Además, tienes que ayudarme. Ese inversor de allá, el que parece un bulldog con un esmoquin apretado, está dudando si meter capital en mi línea de collares con GPS de diamantes. Necesito que te acerques y le hagas creer que es la idea más revolucionaria desde el descubrimiento del fuego.
—Hecho. Pero a cambio, me vas a decir quién es la mujer del vestido fucsia que no deja de mirarme como si le hubiera robado el novio en la secundaria.
—Esa es la exmujer de Alexander Vance —Bianca suprime una risita—. Ya sabes, el tipo que destruiste el mes pasado.
—Ah. Con razón. Debería darle las gracias, el acuerdo de divorcio le dio tres casas en los Hamptons gracias a mis pruebas del e-mail —suspiro con falsa modestia—. Soy básicamente una trabajadora social de lujo.
De repente, el zumbido de la conversación en el salón baja tres octavas. Es un fenómeno físico fascinante. Es como si alguien hubiera succionado la mitad del oxígeno de la habitación o como si Dios acabara de entrar y todos estuvieran revisando si llevan los calcetines limpios.
Me doy la vuelta, lista para soltar un comentario sarcástico sobre lo que sea que esté causando tanto revuelo, pero las palabras se me mueren en la garganta. Se me quedan ahí trabadas, justo detrás de los dientes, haciendo fila para salir y chocando unas con otras.
Es él.
Donovan Cash acaba de entrar por las puertas dobles y, sinceramente, debería ser ilegal tanta elegancia.
No es solo que sea guapo. "Guapo" es lo que le dices al hijo de tu vecina cuando no es un orco. Donovan Cash es una falta de respeto a la evolución humana. Es como si el universo hubiera decidido tomar todas las variables genéticas perfectas, las hubiera mezclado con polvo de estrellas y un poco de pecado, y las hubiera empaquetado en un traje azul noche que parece haber sido esculpido sobre su cuerpo por ángeles sastres.
Camina con esa seguridad de los hombres que nunca han tenido que pedir permiso para nada, ni siquiera para nacer. Su mandíbula está tan definida que sospecho que podría cortar diamante. Y sus ojos... desde aquí parecen de ese color avellana que te hace pensar en bosques prohibidos y en malas decisiones financieras.
—Vaya —murmura Bianca a mi lado, recuperando el aliento—. Sabía que era atractivo por las fotos, pero esto es terrorismo visual. Siento que mis ovarios acaban de ponerse en pie para aplaudir.
—Es solo cartílago y piel, Bianca —digo, aunque mi voz suena un poco más aguda de lo normal. Caray. Mi cerebro, ese órgano frío y calculador que tanto orgullo me da, acaba de cortocircuitar—. Es una construcción social. Un espejismo de marketing. Probablemente tiene mal aliento o... o usa calcetines con dibujos de Bob Esponja.
—Taylor, te ha subido el pulso. Puedo verlo en tu cuello —se burla ella—. Ese bombón acaba de entrar y tú pareces una adolescente que acaba de ver a su ídolo del K-pop.
—Cállate. Estoy analizando su lenguaje corporal para encontrar debilidades —miento descaradamente mientras aprieto mi copa.
Donovan avanza por la sala, repartiendo sonrisas que parecen bendiciones papales. La gente se abre a su paso como si fuera el Mar Rojo. Es asqueroso. Es magnético. Es exactamente lo que vengo a conocer para luego destruir.
Lo veo acercarse hacia nuestra zona. Mi plan es sencillo: mantener la mirada, mostrar un desprecio elegante y demostrar que no me impresiona su aura de semidiós.
El problema es que, a medida que se acerca, el aire se vuelve más pesado. Él se detiene a saludar a un par de dinosaurios corporativos a unos metros de nosotras. Su risa es baja, un barítono aterciopelado que te vibra en el esternón. Es el tipo de sonido que te hace querer confesarle todos tus secretos y luego pedirle perdón por tenerlos.