Todo empieza bien, pero el champán rosado dulce comienza a hacer de las suyas…
Mis piernas han decidido que hoy no son mis empleadas. Han presentado una carta de renuncia colectiva y ahora operan bajo un sindicato independiente que se niega a caminar en línea recta.
—Bianca, detente —le digo, agarrándome de su brazo con la misma fuerza con la que un náufrago se aferra a un trozo de madera en mitad del Atlántico—. El suelo se está moviendo. Creo que el hotel Plaza está girando sobre su propio eje. Es una falla arquitectónica grave. Deberíamos demandarlos.
—No es el suelo, Taylor —balbucea Bianca, que intenta enfocar la pantalla de su iPhone con un ojo cerrado, como si estuviera apuntando con un rifle de precisión—. Es el champán. El champán es traicionero. Es como ese ex que te dice que ha cambiado pero solo quiere volver a romperte el corazón y dejarte con resaca.
Estamos en la acera, frente a la imponente fachada del hotel. El aire fresco de la noche neoyorquina me golpea la cara, pero en lugar de espabilarme, solo sirve para que el alcohol que corre por mis venas organice una fiesta de música tecno en mi cerebelo.
—¿Dónde está el Cabify? —pregunto, tratando de no caerme de mis tacones de once centímetros que, en este momento, parecen zancos de circo—. El mapa dice que el coche está a dos minutos, pero el cochecito azul en la pantalla está dando vueltas en círculos sobre Central Park. Creo que nuestro conductor es un ovni.
—¡Espera! —Bianca levanta el dedo índice con solemnidad—. Acabo de cancelar el viaje sin querer. Mi dedo tiene vida propia. Es un dedo rebelde. Un dedo anarquista que ahora me deja con una multa por pagar a la plataforma.
—Genial. Estamos varadas. Dos mujeres de negocios exitosas, vestidas para matar, a merced de los taxistas amarillos que huelen a pino rancio y desesperación.
En ese preciso instante, un vehículo negro, largo y tan brillante que parece haber sido pulido con lágrimas de ángeles, se detiene frente a nosotras con la elegancia de un cisne de metal. La ventanilla trasera se desliza hacia abajo con un zumbido eléctrico casi erótico.
Y ahí está él. Otra vez. El Anticristo de la belleza masculina.
Donovan Cash nos mira desde la penumbra del interior del coche. No tiene ni un pelo fuera de lugar. No está sudado. No está ebrio. Es una afrenta personal a mi estado actual.
—Señoritas —dice, y su voz suena como un violonchelo tocando en una habitación llena de terciopelo—. ¿Se les ha perdido el coche o necesitan una movilidad?
—¡Ayyy! —exclama Bianca, soltando mi brazo (lo cual casi me hace besar el pavimento) para apoyarse en la puerta del coche—. ¡Estamos…perdidas! O algo así.
Yo intento enderezarme, recuperando mi dignidad de "destructora de mundos" aunque siento que mi labial está en algún lugar cerca de mi oreja.
—Estamos perfectamente, Cassssh —digo, arrastrando las eses solo un poquito, lo suficiente para que suene a "sofisticación europea" y no a "tres botellas de champán entre dos personas"—. El aire libre es saludable. Fortalece el espíritu y… esas cosas.
Donovan baja del coche. Se mueve con una lentitud deliberada, como si supiera que cada segundo que pasa frente a nosotras es un regalo para nuestras retinas. Se detiene a escasos centímetros de mí. Su altura es intimidante; tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo y eso hace que el mundo gire otra vez.
—Taylor —pronuncia mi nombre con esa cadencia que me hace querer quemar su imperio y luego pedirle que me invite a un café—. Estás… muy entusiasta esta noche. No permitiré que dos de las mujeres más brillantes de esta cumbre queden expuestas en la Quinta Avenida. Mi chófer las llevará a casa.
—No es necesario —intervengo, tratando de sonar firme—. Tenemos principios. No aceptamos transporte de… villanos con cara de buenos.
Donovan enarca una ceja. Un destello de diversión brilla en sus ojos avellana.
—¿Villanos? —pregunta con suavidad.
—¡Villanos! ¡Jaaa! ¡Sarcástica mi amiga! —rectifica Bianca rápidamente, empujándome hacia la puerta abierta del coche—. Se refiere a que no somos objetos que necesiten ser transportados. Pero aceptamos. Por la paz mundial. Y porque mis pies están gritando en arameo así que vamos.
Antes de que pueda protestar, Bianca me empuja dentro del coche. El interior huele a cuero nuevo, a éxito y a ese perfume de sándalo de Donovan que ahora parece haberse impregnado en mis poros. Él se queda fuera, observándonos con una mano en el bolsillo del pantalón y la otra apoyada en el marco de la puerta.
—Buenas noches, damas—dice hablándonos a ambas, pero juraría que está mirándome fijamente a los ojos—. Intenten no destruir nada.
Cierra la puerta antes de que pueda responderle algo ingenioso como "tu cara es una falta de respeto al arte moderno". El coche arranca con un silencio sepulcral, deslizándose por el asfalto como si flotara.
Bianca y yo nos hundimos en los asientos de cuero que son más cómodos que mi propia cama. Hay un silencio de dos segundos antes de que mi amiga suelte un suspiro que suena a rendición total.
—Dios mío, Taylor —susurra, pegando la cara al cristal para ver cómo la figura de Donovan se hace pequeña en la distancia—. ¿Viste eso? ¿Viste cómo le quedaba el traje por detrás cuando bajó del coche? Eso no es un cuerpo, es una declaración de guerra.
—Es un hombre, Bianca. Tiene órganos, sangre y probablemente una colección de monedas viejas. No lo idealices —digo, aunque estoy acariciando el cuero del asiento con una fascinación sospechosa.
—¡Órganos! —se ríe ella, girándose hacia mí con los ojos brillantes por el alcohol—. Sus órganos deben de ser de oro. Taylor, seamos realistas por un segundo, fuera de tu oficina de destrucción. Ese hombre debe de ser una leyenda en la cama. Imagínatelo. Con esa calma que tiene… debe de ser de los que no tienen prisa. De los que te miran como si fueras el único problema que quieren resolver en toda la noche.