A la mañana siguiente, mi alma todavía está intentando renegociar las condiciones de su contrato con mi cuerpo. Mi cerebro se siente como un navegador con cuarenta pestañas abiertas, tres de ellas reproduciendo música que no sé de dónde viene y una bloqueada con el video del accidente de mi padre en bucle.
Necesito cafeína. Mucha. Una cantidad que probablemente sea ilegal en varios estados.
Me preparo un café tan negro y fuerte que podría despertar a un muerto o, al menos, convencer a mi sistema nervioso de que dejar de temblar es una excelente idea de negocio. Julian ya se ha ido al hospital —probablemente a salvar a un huerfanito o a darle esperanza a la humanidad antes del desayuno—, dejándome una nota en la cocina que dice: “Descansa, guerrera. Te amo”.
—Te amo —susurro a la nota, mientras le doy un sorbo al café que me quema hasta el esófago—. Pero tu concepto de "descanso" y el mío están en galaxias distintas.
Mi descanso empieza cuando Donovan Cash esté llorando en posición fetal sobre una pila de sus propias acciones devaluadas. Es una cuestión de salud mental, de verdad.
Me encierro en mi oficina, activo los tres cortafuegos, enciendo el modulador de frecuencia y me conecto a la Deep Web con la misma naturalidad con la que una persona normal entra en Amazon a buscar calcetines.
Es hora de llamar a "Los Vengadores del Sótano".
Mi equipo de freelancers no es precisamente el casting de una película de acción de Michael Bay. Si los pusieras a todos en una fila, parecerían el grupo de apoyo para gente que ha olvidado cómo se siente la luz del sol. Pero son genios. Son los cirujanos plásticos del bit, capaces de encontrar una aguja en un pajar digital y luego convencer al pajar de que la aguja nunca existió.
La pantalla se divide en dos ventanas pixeladas. En una aparece "Rata", un tipo que vive en algún lugar de los Balcanes y que, según sospecho, no se ha quitado esa sudadera de World of Warcraft desde la caída del Muro de Berlín. En la otra está "Wifi", una chica de diecinueve años que vive en Queens y que puede hackear a la mismísima NASA desde su tostadora si se lo propone.
—Buenos días, engendros del averno —saludo, recostándome en mi silla ergonómica—. ¿Qué tenemos sobre San Donovan de Manhattan?
—Taylor, joder, son las seis de la mañana en mi zona horaria —gruñe Rata, rascándose una barba que parece albergar su propio ecosistema—. Y lo que tenemos es… nada. Absolutamente nada. Es frustrante. He intentado entrar en su registro médico. ¿Sabes qué encontré? Que el tipo tiene la densidad ósea de un superhéroe y el colesterol de un niño de cinco años que solo come brócoli. El tipo es un insulto a la biología.
—No puede ser —digo, tamborileando mis uñas negras sobre el escritorio—. Busquen más atrás. Registros escolares, multas de tráfico, aquel poema vergonzoso que todo el mundo escribe a los quince años sobre la soledad del alma. Algo.
—He rastreado sus multas de tráfico, Taylor —interviene Wifi, masticando un chicle con una intensidad que me pone nerviosa—. ¿Sabes cuántas tiene en los últimos diez años? Cero. Ni una sola infracción por mal estacionamiento. El tipo devuelve los libros a la biblioteca pública dos días antes de la fecha límite. ¡Dos días antes! ¿Quién hace eso? Solo los sociópatas o los ángeles. Además, ¡qué clase de millonario hace uso de las bibliotecas públicas para poder leer!
—Es un robot —sentencia Rata—. O un alienígena enviado para hacernos sentir como basura humana. He revisado sus extractos bancarios. Gasta una cantidad obscena de dinero en fundaciones de rescate de abejas. ¡Abejas, Taylor! El tipo está intentando salvar el ecosistema un insecto a la vez. No tiene amantes, no tiene vicios ocultos, no tiene ni siquiera una suscripción a Netflix compartida con alguien que no deba.
Me paso la mano por la cara. Siento que me va a dar un tic nervioso en el ojo izquierdo.
—No me digan que el hombre más perfecto del país es, efectivamente, perfecto —siseo—. Eso destruiría mi modelo de negocio y mi fe en la maldad intrínseca del ser humano. ¡Busquen en su historial de búsqueda! Todo el mundo tiene algo turbio ahí. No sé, que busque "fotos de pies" o "cómo cocinar carne de unicornio".
—Su historial de búsqueda es una mezcla de artículos científicos sobre energías renovables y recetas de galletas de avena para perros celíacos —responde Wifi con voz de derrota—. Es tan aburrido que mi algoritmo de espionaje se quedó dormido tres veces anoche. Lo más "escandaloso" que encontramos fue que una vez, en 2014, buscó cómo quitar una mancha de vino tinto de una alfombra persa.
—¿Y? ¿La quitó? —pregunto, con una esperanza absurda.
—Probablemente la hizo desaparecer con el poder de su bondad —gruñe Rata—. Taylor, este tipo es una pared de mármol. No hay grietas. Hemos intentado interceptar sus correos electrónicos privados. Están encriptados con tecnología militar que ni siquiera el gobierno usa todavía. Es como si estuviera esperando que alguien intentara entrar.
Me quedo en silencio, mirando la foto de Donovan que tengo pegada en mi tablero digital. Esa maldita sonrisa. Ese aire de "no rompo un plato pero si lo rompo, pido perdón y compro la fábrica de platos".
—Sigan buscando —ordeno—. Revisen a sus ex novias. O ex novios. O lo que tenga y que le guste. La abogada de derechos humanos, la modelo sueca que hace yoga en la Antártida, todas. Alguna tiene que estar resentida. Nadie deja a Donovan Cash y sigue con su vida como si nada.
—Ya lo hicimos —dice Wifi—. La abogada de derechos humanos dio una charla el mes pasado diciendo que Donovan es "el estándar de oro de la masculinidad consciente". La modelo sueca dice que él es "una luz en el vacío existencial". Es asqueroso, Taylor. Parece que le hicieron un lavado de cerebro a toda la población femenina de Nueva York. Y completamente heterosexual, ni una aventura homosexual ni un beso de tres en la universidad, nada.