Los Juegos del Odio

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Correr es una actividad antinatural. Si los seres humanos hubiéramos sido diseñados para desplazarnos a diez kilómetros por hora sobre una banda de goma que no lleva a ninguna parte, habríamos nacido con ruedas en lugar de pies y un tanque de combustible en el páncreas.

Estoy en la cinta de correr del gimnasio del club al que asisto, un lugar que huele a desinfectante de lavanda, a testosterona de alta gama y a la desesperación silenciosa de personas que intentan ganarle la batalla al tiempo y a los carbohidratos. Llevo un conjunto de yoga de Lululemon que me costó lo mismo que una cena para cuatro personas, pero que me hace sentir como una espía rusa en pleno entrenamiento de infiltración, al tiempo que me recuerda la obligatoriedad de mi parte por cumplir una rutina más o menos saludable cuando mi trabajo consiste en dispositivos electrónicos cien por cien.

—Solo diez minutos más, Taylor —me miento a mí misma, jadeando como un bulldog con asma y le bajo un poco la velocidad a un trote tranquilo—. Diez minutos más y podrás recompensar este sufrimiento con un donut de tres pisos. Es el ciclo de la vida. El equilibrio cósmico.

Sujeto mi teléfono con manos temblorosas y empiezo a deslizar el dedo por Instagram con la precisión de un francotirador. Para mí, las redes sociales no son un lugar para ver fotos de tostadas con aguacate o bebés que parecen papas arrugadas; son mi campo de batalla. Mi fuente de inteligencia. Mi patio de recreo.

De repente, una noticia en la sección de "Tendencias" hace que casi me caiga de la cinta.

“Alexander Vance: de magnate inmobiliario a vender seguros de vida en una oficina de Nueva Jersey”.

Me detengo en seco, haciendo que la cinta chirríe bajo mis pies. Bajo la velocidad hasta quedar en un paso de tortuga perezosa y leo el artículo. Hay una foto de Vance. Dios mío. El hombre que hace dos meses vestía trajes de tres mil dólares y cenaba con gobernadores, ahora luce una corbata de poliéster que parece haber sido masticada por un gato y tiene unas ojeras que llegan hasta el mentón.

El artículo explica que tras el escándalo de su "doble familia" (cortesía de mi humilde gestión), sus inversores huyeron como si él tuviera la peste bubónica, su esposa se quedó hasta con las grapadoras de sus oficinas y su amante —la del apartamento de lujo— lo demandó por "angustia emocional" y se quedó con el coche. Ahora vive en un estudio de treinta metros cuadrados sobre una tienda de kebabs y su único amigo parece ser un periquito con depresión.

Siento una punzada en el pecho. ¿Es un infarto por el exceso de ejercicio? No. Es algo peor. Es... remordimiento. Una emoción pequeña, molesta y totalmente fuera de lugar en mi currículum.

—Pobre idiota —murmuro, mirando su rostro derrotado en la pantalla—. Realmente lo borré del mapa.

Vance nunca sabrá que fui yo. Nunca sabrá que el correo electrónico que destruyó su vida fue redactado por mí mientras yo comía palomitas y decidía qué serie ver en Netflix. Para él, fue "mala suerte" o "justicia divina". Para mí, fue el pago inicial de mi cocina de mármol.

Miro mi reflejo en el espejo frente a la cinta. Me veo bien. Me veo exitosa. Pero por un segundo, la imagen de Vance viviendo sobre una tienda de kebabs me hace sentir como si tuviera una mancha de barro en mi conciencia de diseño.

—Vamos, Taylor, no seas blanda —me regaño, subiendo la velocidad de la cinta otra vez—. El tipo engañaba a su mujer, evadía impuestos y probablemente no reciclaba su propia basura. Se lo merecía. Eres un instrumento del karma, solo que el karma ahora usa labial de Chanel y tiene una cuenta de ahorros envidiable.

Borro la noticia de mi pantalla con el scroll y sigo corriendo, intentando que el sudor se lleve ese residuo de culpa. Alexander Vance es el pasado. Donovan Cash es el presente. Y Donovan es un objetivo mucho más grande, más brillante y, por lo tanto, mucho más divertido de derribar.

Media hora después, salgo del gimnasio y voy a mi apartamento, sintiendo que mis piernas han sido reemplazadas por dos bloques de gelatina mal cuajada.

Camino por el pasillo hacia mi apartamento, con la toalla al hombro y el pelo hecho un desastre épico que ninguna influencer aprobaría.

De repente, se me eriza la piel. Es esa sensación física, ese instinto primario que te dice que no estás sola. Me detengo frente a la puerta del ascensor y miro hacia atrás. El pasillo está vacío. Las luces LED iluminan las puertas de madera de roble con una frialdad aséptica. No hay nadie.

—Estás paranoica, Taylor —me digo, presionando el botón del ascensor compulsivamente—. Es el remordimiento por Vance. Tu cerebro está intentando fabricar una trama de suspenso para compensar la culpa. Nadie te está siguiendo. Nadie sabe quién eres. Eres un fantasma digital.

Entro en el ascensor y las puertas se cierran. Pero la sensación no desaparece. Siento una mirada clavada en mi nuca, una presencia invisible que parece burlarse de mi seguridad. Cuando el ascensor llega a mi piso, salgo casi corriendo y entro en mi apartamento, cerrando los tres cerrojos con una velocidad que dejaría en ridículo a un cerrajero profesional.

—Estúpida. Estúpida y ebria de endorfinas —bufo, tirando las llaves sobre la mesa—. Necesito una ducha. Una ducha larga, caliente y sin pensamientos intrusivos sobre magnates arruinados o acosadores imaginarios.

Me meto en el baño, dejo que el vapor llene la estancia y me desvisto. El agua caliente golpea mis hombros y por fin, por fin siento que los nudos de mi espalda se relajan. Cierro los ojos y, por supuesto, la cara de Donovan Cash aparece bajo mis párpados. Su sonrisa en la fiesta, su olor a sándalo, la forma en que me miró como si supiera exactamente qué clase de monstruo soy.

—Fuera de mi cabeza, Cash —le ordeno al vacío de la ducha—. No eres un hombre, eres un cheque con patas. Eres un problema logístico. Eres…

De repente, la puerta del baño se abre.



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

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