Doy un salto que casi me hace resbalar con el jabón y suelto un grito que probablemente se escuchó hasta en Brooklyn.
—¡TAYLOR! ¡Soy yo! ¡Soy yo! —exclama la voz de Julien, levantando las manos en señal de paz.
Me asomo por detrás de la cortina, con el corazón intentando salir por mi garganta y una botella de champú lista para ser usada como arma contundente.
—¡Julien! ¡Casi me matas! —exclamo, recuperando el aliento—. ¿Por qué entras así? Pareces un asesino en serie de una película, cómo me haces esto.
Julien se ríe, acercándose para darme un beso rápido en la mejilla (mojándome un poco el traje de médico que aún lleva puesto). Se ve cansado, pero tiene esa chispa de entusiasmo que solo le sale cuando algo le ha salido muy bien en el hospital o cuando ha encontrado una nueva forma de ser un ser humano impecable.
—Lo siento, cariño. Te llamé desde la puerta pero no me oíste con el agua —dice, sentándose en la tapa del inodoro mientras yo sigo bajo el chorro, ahora un poco más tranquila—. He tenido un día de locos. Pero ha pasado algo interesante.
—¿Has salvado un orfanato entero tú solo? —bromeo, pasándome la esponja por el brazo.
—Casi —sonríe—. He estado hablando con un viejo amigo de la facultad, Mark Sterling. ¿Te acuerdas de él? Se va a lanzar a la política. Quiere postularse para la alcaldía en las próximas elecciones.
—Ah, la política —digo con un tono de aburrimiento letal—. El lugar donde los sueños de honestidad van a morir y donde las corbatas se vuelven más rígidas que las convicciones.
—Mark es de los buenos, Taylor. De verdad. Pero está aterrorizado. Dice que Nueva York es un nido de víboras y que necesita a alguien que maneje su imagen, alguien que sepa navegar en aguas turbulentas sin hundirse. Le hablé de tu consultoría.
Me detengo con la esponja a mitad del aire. Mi "consultoría". La gran mentira que sostiene nuestra relación. Julien cree que soy una mezcla entre Olivia Pope de la serie Scandal y una experta en relaciones públicas con una brújula moral inamovible. Cree que yo "arreglo" cosas. Y las arreglo, claro, pero normalmente rompiendo a las personas que están en medio.
—¿Ah, sí? —pregunto, tratando de sonar casual—. ¿Y qué quiere exactamente tu amigo Mark de mí?
—Dice que necesita "gestión de crisis preventiva". Alguien que audite su pasado, que encuentre cualquier posible ataque antes de que sus enemigos lo hagan y que sepa cómo manejar la narrativa de su campaña. Le dije que eres la mejor en lo que haces. Que tienes un ojo clínico para detectar debilidades y una mente estratégica brillante.
Sonrío bajo el agua. Si Mark supiera que mi "ojo clínico para detectar debilidades" suele terminar con el objetivo viviendo sobre una tienda de kebabs, probablemente saldría corriendo hacia la frontera canadiense.
—Es un trabajo interesante, Julien —digo, cerrando el grifo y saliendo de la ducha. Me envuelvo en una toalla de algodón egipcio que es más suave que las promesas de un político—. Algo voy a poder hacer por él. Dile que me llame mañana a la oficina. Me encantaría… "auditar" su vida.
Julien se levanta y me abraza, rodeando mi cintura con sus brazos.
—Sabía que dirías que sí. Eres increíble, Taylor. Siempre ayudando a la gente a mostrar su mejor versión. Me haces sentir muy orgulloso.
Le doy un beso, sintiendo un leve pinchazo de esa culpa que parece haberse instalado en mi sistema hoy. Julien me mira con tanta pureza, con tanta fe en mi bondad, que por un momento me siento como un fraude de alta gama. Pero luego recuerdo el depósito de Donovan Cash y la culpa se disuelve más rápido que un azucarillo en café hirviendo.
—Todo por la buena causa, cariño —miento, con una sonrisa de ángel que debería estar patentada.
Pasamos la noche tranquilos. Cenamos algo de comida tailandesa, hablamos de la boda (él quiere un cuarteto de cuerdas tocando Coldplay, yo quiero algo que no me haga querer cortarme las venas con una cuchara de postre) y finalmente nos acostamos.
Pero cuando Julien cae en ese sueño profundo de los hombres que tienen la conciencia limpia, yo me quedo despierta, mirando las sombras que proyectan los edificios en el techo. Mi teléfono vibra sobre la mesilla de noche.
Es un mensaje cifrado de Wifi.
Lo abro con el corazón latiendo con fuerza.
“Hemos encontrado la grieta, Taylor. O al menos, la entrada al castillo. El Santo Patrono tiene una debilidad: la vanidad disfrazada de misterio. Este viernes hay una fiesta de disfraces privada. Muy privada. Solo para el 0.1% de la ciudad. El tema es San Valentín. Donovan Cash no solo va a ir, sino que es uno de los anfitriones silenciosos. Te adjunto las coordenadas y el código de la invitación que hemos ‘tomado prestada’ de la base de datos de un multimillonario que está en coma en Suiza. No lo va a notar. Consigue un disfraz, Taylor. Es tu oportunidad de entrar en su círculo íntimo.”
Me quedo mirando la pantalla. Una fiesta de disfraces. Máscaras. Identidades ocultas. Secretos susurrados detrás de encajes y terciopelo. Es el escenario perfecto para un depredador.
—Una fiesta de disfraces, Donovan —murmuro en la oscuridad—. Qué falta de originalidad para alguien tan perfecto.
Me levanto de la cama con cuidado de no despertar a Julien y voy hacia mi vestidor. Enciendo una luz tenue y miro mis estantes. Necesito algo que sea elegante pero letal. Algo que diga "soy una invitada de honor" pero que esconda a la mujer que está a punto de dinamitar su mundo.
Me miro en el espejo de cuerpo entero. La sensación de ser observada vuelve a aparecer, un escalofrío que me recorre la espalda. Miro hacia la ventana, pero solo veo las luces de Nueva York.
—Es solo el juego, Taylor —me tranquilizo—. Solo es la adrenalina.
Pero en el fondo, sé que no es solo eso. Sé que el encuentro con Donovan en el Plaza cambió algo. El cazador ha sido detectado por la presa, y ahora ambos estamos dando vueltas en el mismo círculo, esperando a ver quién muerde primero.