Los Juegos del Odio

9

Si existe un círculo en el infierno de Dante dedicado exclusivamente a la humillación estética, estoy segura de que se parece mucho a la trastienda de "Le Masque Futuriste", una tienda de disfraces en el SoHo donde el dependiente te mira con el mismo desprecio con el que un crítico de arte miraría un grafiti hecho con kétchup.

—El concepto es "Cupido Cibernético del Año 2150" —dice el tipo, que lleva un monóculo digital y más tatuajes geométricos que un libro de matemáticas—. Es minimalismo post-apocalíptico con un toque de erotismo algorítmico.

Miro el disfraz que cuelga frente a mí y siento que mis neuronas están organizando una huelga de brazos caídos. No es un disfraz. Es un insulto a la decencia y a las leyes de la física. Consiste en un par de alas de policarbonato transparente que emiten una luz de neón rosada intermitente, un antifaz de titanio que parece un visor de realidad virtual para hámsteres, y un conjunto de tiras de cuero sintético blanco que, en conjunto, cubren aproximadamente el cuatro por ciento de mi anatomía.

—¿Y el resto? —pregunto, esperando que saque una túnica o, al menos, una sábana de hospital.

—Ese es el resto —responde él, aburrido—. La piel es el accesorio principal en el siglo XXII, darling.

Respiro hondo. Tengo que infiltrarme en la fiesta de Donovan Cash. Tengo que ser un "Ángel de Cupido". Pero tengo un problema logístico de proporciones épicas. Soy una profesional de la destrucción de reputaciones, lo que significa que necesito llevar encima un teléfono encriptado, un grabador de audio direccional del tamaño de un clip, una unidad de hackeo de proximidad y un spray de pimienta (porque nunca se sabe cuándo un millonario va a necesitar un recordatorio de lo que significa "espacio personal").

—Bien —digo, agarrando las tiras de cuero—. Me lo llevo. Pero si termino en la portada del Post por exhibicionismo, mi abogado te enviará una cesta de frutas con una demanda dentro.

Entro en el probador y empieza la odisea. ¿Dónde escondes tecnología de punta en un disfraz que es básicamente un hilo dental con pretensiones espaciales?

Intento pegar el grabador detrás de las alas de neón. Cada vez que me muevo, el aparato vibra y parece que tengo un abejorro gigante pegado a la escápula. Intento meter el teléfono en la liga de la pierna, pero el peso hace que la tira de cuero se deslice hacia abajo, amenazando con convertir mi entrada triunfal en un desastre de "vestuario defectuoso" digno del Super Bowl.

—A ver, Taylor —murmuro, luchando con una correa que parece diseñada por un ingeniero de puentes sadomasoquista—. Si pudiste hundir al mismísimo Vance con un solo mail, puedes esconder un microchip en un ala de plástico.

Después de cuarenta minutos de contorsionismo que harían llorar de envidia al Cirque du Soleil, logro un equilibrio precario. El grabador está camuflado en el arco (sí, llevo un arco de fibra de óptica), el teléfono está pegado con cinta adhesiva de grado médico en la parte interior del muslo (va a doler al quitarlo, mucho), y el localizador está escondido en el antifaz. Parezco una versión de Victoria's Secret dirigida por Elon Musk después de una noche de probaditas alucinógenas.

Salgo de la tienda con la bolsa negra, tratando de caminar con normalidad a pesar de que la cinta adhesiva en mi muslo me tira de la piel con cada paso. Nueva York sigue ahí fuera, ruidosa y caótica. Camino hacia mi oficina para la cita que tengo con la "promesa política" de Julien, y otra vez, esa sensación.

Es como un escalofrío que me recorre la columna, una presión en la nuca. Me detengo frente a un escaparate de relojes caros y uso el reflejo para escanear la calle. Taxis amarillos, un tipo vendiendo perritos calientes, una mujer con tres caniches... nada. Pero sé que está ahí. Alguien me está siguiendo con la sutileza de un susurro en una biblioteca.

—Si eres un fan, pide un autógrafo. Si eres un asesino, saca número y espera —mascullo, acelerando el paso hacia mi edificio de oficinas.

O quizá sea yo que me estoy volviendo paranoica por mis actividades laborales.

Llego al piso 42, me cambio rápidamente a mi traje sastre de "Mujer de Negocios que desayuna tiburones" y me preparo para recibir a Mark Sterling. Julien me ha pedido esto como un favor personal, y como lo amo (aunque tenga un gusto musical cuestionable), he aceptado hacerle una "entrevista de protocolo" para su amigo.

Mark Sterling entra en mi despacho cinco minutos tarde, hablando por un iPhone de oro y dejando una estela de perfume tan fuerte que mi ficus parece marchitarse al instante. Es el prototipo de "Bro" de Wall Street que ha decidido que la política es el siguiente paso lógico después de comprarse un yate.

—¡Taylor! La futura señora de mi buen amigo Julien —dice, intentando darme un beso en la mejilla que esquivo con la agilidad de un ninja—. Julien dice que eres una maga de la imagen. Yo digo que con mi carisma y tu cerebro, vamos a ser los dueños de esta ciudad.

Me siento tras mi escritorio de caoba y lo miro con la misma expresión con la que un entomólogo mira a una cucaracha especialmente resistente.

—Siéntese, Sr. Sterling —digo, señalando la silla—. Esto es una auditoría de reputación. Mi trabajo es encontrar la basura antes de que sus oponentes la usen para enterrarlo. Así que vamos a ser honestos. ¿Tiene algún cadáver en el armario?

Mark se ríe, echándose hacia atrás y cruzando las piernas, revelando unos calcetines con el logo de Bitcoin.

—Cariño, soy un libro abierto. He tenido éxito, he ganado dinero, he salido con mujeres espectaculares. Soy el sueño americano con un toque de champán. No hay nada que esconder. Soy un líder nato.

—Ya veo —digo, mientras mis dedos ya están volando bajo la mesa sobre un teclado oculto, activando a Wifi y Rata en el canal privado—. Dígame, Mark, ¿cómo definiría su relación con sus compañeros de estudios en la prestigiosa academia donde fue?



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

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