Los Juegos del Odio

12

—Entonces —digo, tratando de mantener la barbilla alta—, ¿vas a llamar a seguridad? ¿Vas a hacer que me echen por colarme en la fiesta del siglo? Tienes suerte de que fui yo y no un grupo terrorista o algo así.

Donovan Cash me mira durante un largo tiempo. Su mirada recorre mi cuerpo, desde el antifaz de titanio hasta las tiras de cuero blanco, y vuelve a mis ojos. Hay algo en su expresión que no es enfado, ni superioridad. Es algo mucho más perturbador.

Es deseo. Pura y dura hambre.

—¿Echarte? —pregunta, inclinándose una última vez, de modo que sus labios casi rozan los míos—. Taylor, cariño, eres lo único interesante que ha pasado en esta mansión en toda la noche. Me fascina que hayas robado una invitación solo para estar cerca de mí. O para investigarme. O para lo que sea que estés haciendo con ese dispositivo que vibra en tu espalda.

Me quedo petrificada. ¿Sabe lo del grabador?

—No te voy a echar —continúa, y su mano roza ligeramente mi brazo, enviando una descarga eléctrica que me llega hasta los dedos de los pies—. Al contrario. Voy a dejar que te quedes. Voy a dejar que me sigas. Voy a dejar que busques debajo de cada alfombra y detrás de cada puerta cerrada. Porque quiero ver qué pasa cuando te des cuenta de que el único secreto que guardo… es lo mucho que me muero por ver qué hay debajo de ese antifaz. Y de ese disfraz de Cupido.

Me suelta y da un paso atrás, con la elegancia de un depredador que sabe que la presa no tiene a dónde ir.

—Disfruta de la fiesta, Taylor —dice, guiñándome un ojo—. Y ten cuidado con esa cinta del muslo. Si se despega, podrías revelar más información de la que estás preparada para manejar.

Se da la vuelta y se aleja, uniéndose de nuevo a su hermana Valentina, que le dice algo al oído y mira de reojo hacia mí. Donovan no vuelve a mirar atrás, pero yo me quedo allí, en medio de la nebulosa del suelo de cristal, sintiéndome como la mayor estúpida de la historia del espionaje.

Me ha detectado. Me ha expuesto. Y lo peor de todo: me ha provocado de una manera que hace que mi misión profesional parezca una anécdota irrelevante comparada con el incendio que tengo ahora mismo en el cuerpo.

—Donovan Cash —susurro, apretando los puños—. Me estás ganando.

Saco mi teléfono discretamente (ignorando el dolor de la cinta) y envío un mensaje rápido al chat grupal de los hackers:

"Situación crítica. El objetivo sabe que estoy aquí. El objetivo sabe que hay dispositivos. Y el objetivo… el objetivo me ha dicho que su mayor pecado es una cuenta con doscientos dólares. Necesito algo real ahora mismo o voy a terminar haciendo algo de lo que me arrepentiré el resto de mi vida."

Rata responde al instante: "¿Cómo qué?"

Miro a Donovan a lo lejos. Está riendo, su luz holográfica brillando con una pureza insultante. Sus abdominales se tensan bajo el cuero blanco y yo muerdo mi labio inferior con una fuerza que me hace daño.

"Como besarlo hasta que se me olvide cómo me llamo", pienso, pero escribo: "Como rendirme y admitir que es un santo".

"Ni se te ocurra", escribe Wifi. "Hemos encontrado algo. Un nombre. Una mujer que no es su hermana ni su ex. Alguien que aparece en sus registros de llamadas privados a las tres de la mañana. Se llama Jude. Y no es una abogada de derechos humanos."

Siento una oleada de esperanza. ¿Jude? ¿Quién es Jude?

—Bien, Donovan—digo, enderezando mis alas de neón, que ahora brillan en un verde decidido—. El juego acaba de subir de nivel. Tú crees que tienes el control porque sabes que me he colado en tu fiesta. Pero yo sé que tienes una Jude a las tres de la mañana. Y voy a encontrarla.

Me muevo por la sala, tratando de ignorar que mi disfraz es ridículo y que mis hormonas son unas traidoras. Pero mientras me alejo, todavía puedo sentir la mirada de Donovan Cash en mi espalda, como una marca de fuego. Sé que me está observando. Sé que se está divirtiendo. Y sé que, por primera vez en mi carrera, el que realmente manda en esta conversación no soy yo.

Me dirijo a la barra y pido el cóctel más fuerte que tengan.

—Póngame un "Futuro incierto" —le digo al camarero robótico—. Con extra de cinismo. Lo voy a necesitar.

La noche es joven, el disfraz es incómodo y el hombre más perfecto del mundo acaba de invitarme a destruirlo. Esto no es una auditoría. Es una guerra. Y me temo que la primera baja va a ser mi cordura.

Bebo de un trago, ajusto mi antifaz de titanio y me preparo para la siguiente fase. Si Donovan Cash quiere jugar a las escondidas, yo voy a ser la que encuentre el escondite.

¿Y ahora quién manda?

De momento, el que me ha hecho dudar de mi propia misión con una sola frase. Pero la noche aún no ha terminado, y un Cupido Cibernético con el muslo encintado nunca se rinde sin dar batalla.



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

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