Los Juegos del Odio

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El sábado por la mañana debería ser un concepto protegido por la UNESCO. Un espacio sagrado dedicado a la inactividad absoluta, al café consumido en pijama y a la ignorancia deliberada de cualquier responsabilidad que no implique elegir qué serie de Netflix ver. Pero para Taylor Evans, futura esposa de un santo y destructora de imperios a tiempo parcial, el sábado se ha convertido en el quinto círculo del infierno: la planificación nupcial intensiva.

Estoy sentada en una silla Luis XV de terciopelo que probablemente cuesta más que mis tres primeros coches, en el showroom de "Vows & Velvet", la agencia de organización de bodas más exclusiva de Manhattan. Frente a mí, Julien tiene una expresión de éxtasis místico mientras contempla una muestra de mantelería de lino orgánico sin teñir.

—Cariño, siente esta textura —dice Julien, acariciando la tela como si fuera la piel de un recién nacido—. Es lino recuperado de cooperativas de mujeres en el sudeste asiático. Es ético, sostenible y tiene esa caída natural que dice "nos amamos sin artificios".

Miro la tela. Parece una bolsa de patatas glorificada. En mi mente, nuestra boda tiene manteles de seda color perla, cubiertos de oro y una iluminación que haga que todos parezcan modelos de Vogue. El lino "ético" de Julien dice más bien: "nos amamos y probablemente vamos a obligarte a reciclar tus propios desechos antes de servirte el postre".

—Es… rústico, amor —respondo, forzando una sonrisa que me tensa hasta los músculos del cuello que no sabía que tenía—. Muy… auténtico.

—¡Exacto! —exclama él, emocionado—. Y la organizadora dice que podemos combinarlo con centros de mesa de musgo vivo y suculentas que los invitados podrán llevarse a casa para plantar. Nada de flores cortadas que mueren en tres días. Es un ciclo de vida, Taylor.

Visualizo a Bianca, mi mejor amiga que ha venido para aportar sus opiniones, intentando meter un trozo de musgo húmedo en su bolso de Prada de cinco mil dólares. Visualizo a los inversores de Wall Street mirando una suculenta con cara de "¿dónde está el filete de wagyu?". Pero miro a Julien. Miro sus ojos llenos de una bondad tan genuina que me hace sentir como si tuviera una mancha de petróleo en el alma, y asiento.

—Si te hace feliz el musgo, Julien, a mí me hace feliz el musgo.

Mentira número 4.567 de la semana. Suma y sigue.

La organizadora de bodas, una mujer llamada Penélope que viste tanto negro que parece que acaba de salir de un funeral victoriano, nos guía hacia la sección de la "Mesa de Dulces". O, como Julien prefiere llamarla, la "Estación de Nutrición Consciente".

—Hemos preparado unas muestras según las preferencias del doctor —dice Penélope, señalando una bandeja de cosas que parecen piedras pómez pequeñas y marrones—. Son trufas de dátiles, cacao crudo y sal marina del Himalaya. Sin azúcar refinada, sin lácteos, sin harinas.

Sin alegría de vivir, okay.

Pruebo una. Sabe a decepción envuelta en cartón. Es el tipo de dulce que te hace querer llamar a la policía para denunciar un crimen contra el paladar.

—¿No es increíble? —pregunta Julien, masticando con entusiasmo—. El azúcar es un veneno, Taylor. Queremos que nuestros invitados se sientan con energía para bailar, no que tengan un bajón de insulina a medianoche.

—Claro —digo, tragando la bola de dátiles con un esfuerzo heroico—. Porque nada sabe a fiesta tanto como una trufa con textura de compost.

—¿Decías algo, cariño?

—Que… que es muy original. Muy vanguardista.

Cedo de nuevo. Cedo ante el pastel de tres pisos hecho de bizcocho de zanahoria (sin gluten) y crema de anacardos. Cedo ante la decoración de "madera recuperada de barcos hundidos". Siento que mi boda soñada se está transformando en un retiro espiritual en una granja comunitaria, y la única razón por la que no salgo gritando de aquí es porque cada vez que Julien me mira, veo al hombre que me recogió de mi propio naufragio emocional. Y porque tengo un secreto tan grande en el muslo —bueno, ya no tengo la cinta adhesiva, pero la marca sigue ahí— que siento que le debo cada suculenta del planeta.

Mi teléfono vibra en el bolso. Es el tono de notificación de "Urgencia Nivel: El Mundo se Acaba".

Aprovecho que Julien está discutiendo con Penélope sobre si las invitaciones deben imprimirse en papel de semilla de girasol para que los invitados puedan plantar la invitación (Dios me dé paciencia), y saco el móvil.

Es un mensaje de Wifi, lista para ponerle un poco de salsa picante a mi vida.

"Taylor, tenemos a Jude. O al menos, su rastro de migas de pan de lujo. Hemos cruzado los datos de la tarjeta de crédito encriptada de Cash con registros de compras en Italia. Hace tres semanas, Donovan estuvo en un monasterio en Umbría y en una escapada, comprando esa dichosa pasta de dientes de monje. Adivina quién más hizo una compra de cinco mil euros en una boutique de seda orgánica en la misma calle y a la misma hora: Jude Sterling."

Me quedo paralizada. ¿Jude Sterling? ¿Sterling? ¿Como Mark Sterling, el idiota que entrevisté ayer? No, tiene que ser una coincidencia. Pero en este negocio, las coincidencias son solo pruebas que aún no han sido conectadas.

"Sigue", escribo rápidamente.

"Jude no es una amante, Taylor. Es algo mucho más profundo. Hemos encontrado registros de transferencias mensuales de una cuenta de Cash a una clínica privada en Florencia a nombre de Jude. Y aquí está lo gordo: los registros de vuelo del jet privado de los Cash indican que él viaja a Italia cada mes, pero nunca se queda en hoteles. Se queda en una villa privada que pertenece a una fundación benéfica que él mismo financia."

Siento un subidón de adrenalina que borra el sabor a dátil de mi boca. Pasta de dientes orgánica, villas exclusivas en Italia, una mujer misteriosa llamada Jude y transferencias a una clínica en Florencia. ¿Es una hija secreta con una enfermedad rara? ¿Una exesposa que mantiene oculta por un escándalo? ¿O es la grieta definitiva en su armadura de santo?



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

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