El tictac de mi cerebro es tan fuerte que temo que Julien pueda oírlo desde la cocina, donde seguramente está preparando una infusión de raíces de árboles milenarios para alinear nuestros chakras después de nuestra pelea en el coche.
Estoy encerrada en mi oficina. Mi santuario. Mi búnker de cristal y rencor. La luz azul de mis monitores me devuelve una imagen de mí misma que me asusta: tengo las ojeras de un mapache con insomnio y el pelo tan encrespado que parezco haber sido víctima de un experimento fallido con electricidad estática. Pero no hay tiempo para el autocuidado. En el mundo de la destrucción de reputaciones, la belleza es secundaria; la velocidad lo es todo.
Mis chicos me sugieren que usemos a Jude como anzuelo directo contra Donovan Cash porque es lo único que tenemos, a la vez que no tenemos nada en absoluto.
—A ver, equipo de genios incomprendidos —le digo al micrófono de mis auriculares—. Necesito fabricar una cortina de humo tan espesa que el Cliente Anónimo necesite un GPS espiritual para salir de ella. No podemos entregar a Jude todavía. No hasta que sepa si es la bala de plata o si es una víctima inocente que va a hacerme arder en el infierno por la eternidad.
—Taylor, el Cliente Anónimo no parece de los que se conforman con humo —gruñe Rata desde su ventana pixelada. Se está comiendo algo que parece una mezcla de cereales y arena—. No es de muchas palabras, pero tampoco es que mantenga un tono amigable en sus directivas a las cuales nosotros respondemos a cambio de una tajada del pastel.
Porque ese es nuestro acuerdo, no es que me ayuden porque me quieran mucho en absoluto. Me ayudan porque les conviene. Les convengo. Les doy una parte de los pagos que me liquidan.
—Lo sé, Rata. Por eso vamos a darle algo que sea técnicamente cierto pero estratégicamente inútil. —Empiezo a teclear con una furia maníaca—. Vamos a venderle la "Fase 1: La Excentricidad del Ermitaño".
Mi plan es sencillo (y desesperado). Voy a pintar a Donovan Cash no como un santo, sino como un fanático religioso místico y delirante. Voy a usar lo de la pasta de dientes del monasterio, los viajes a Italia y las donaciones a las abejas para crear el perfil de un hombre que está perdiendo el contacto con la realidad corporativa porque cree que es la reencarnación de San Francisco de Asís, pero con mejores abdominales.
"Informe Preliminar de Fase 1", titulo el documento.
"Objetivo: Donovan Cash. Hallazgo principal: Inestabilidad Mesíánica. El sujeto muestra signos de una obsesión patológica con la pureza ascética. Sus constantes viajes a Italia no son para negocios ni placer carnal, sino para retiros espirituales en monasterios de clausura. Gasta millones en ‘purificación bucal’ (véase anexo de pasta de dientes monacal) y en la protección de insectos polinizadores como si fueran deidades. Plan de acción propuesto: Filtrar a la prensa que Cash está considerando donar el 90% de su imperio a una orden de monjes que no hablan, provocando el pánico entre sus inversores y una caída inmediata de sus acciones por falta de capacidad de gestión racional."
—Es brillante —murmura Wifi, masticando su chicle—. Es el tipo de noticia que Wall Street odia. A nadie le importa si te acuestas con una modelo, pero si vas a regalarle el dinero a unos tipos que viven en cuevas, estás acabado.
—Exacto. Eso le dará algo que masticar al Cliente mientras yo averiguo quién es Jude Sterling —siseo.
Y por qué comparte apellido con el mayor idiota de Manhattan, aunque las casualidades existen, he de admitir.
Envío el informe. Siento un alivio momentáneo, como si acabara de soltar una granada con el seguro puesto. Ahora solo tengo que esperar que el Cliente Anónimo sea lo suficientemente codicioso para morder el anzuelo del pánico financiero y me dé unos días más.
Salgo de la oficina intentando que mi cara no grite que acabo de enviar un informe falso a un posible psicópata. Julien está en el salón, rodeado de catálogos de vajilla de barro cocido a mano por artesanos locales. El aire sigue gélido. Nuestra discusión sobre Mark Sterling flota entre nosotros como un iceberg en el salón.
—He preparado una ensalada de brotes de soja y algas —dice él, sin levantar la vista del catálogo—. Para desintoxicar el organismo.
—Julien… —me acerco y me siento a su lado—. Siento lo de Mark. De verdad. No quería ser cruel, solo… me preocupa que te rodees de gente que no está a tu nivel ético. Además, estaba haciendo mi trabajo, es exactamente lo que hago mis clientes, no tenía ni la menor idea de que tu amigo era en verdad la persona que descubrí.
Él deja el catálogo y me mira. Sus ojos, esos ojos que normalmente son mi refugio, están llenos de una tristeza que me hace sentir como si estuviera robando en una iglesia.
—No es Mark lo que me preocupa ahora, Taylor. Es esa dureza tuya. Esa forma de diseccionar a las personas hasta que solo queda lo malo. Me aterra pensar que un día me mires a mí y solo veas "datos de auditoría" o te pelees conmigo y te ensañes como te ensañas con tus clientes.
—Eso nunca pasará porque jamás serías mi cliente—le aseguro, tomando su mano. Está fría—. Tú eres lo único real que tengo.
Él asiente, pero no sonríe. Es una tregua armada, no una paz real. Comemos la ensalada en silencio. Sabe a césped recién cortado mezclado con agua de mar, pero mastico con una disciplina marcial. Cada bocado de alga es una penitencia por mi doble vida.
Justo cuando estoy terminando (y considerando seriamente si el hambre me haría comer un mueble de madera), mi teléfono vibra en mi bolsillo. No es una vibración normal. Es la secuencia de tres pulsos cortos de "Alerta de Seguridad Comprometida".
Mi corazón se detiene.
Me excuso para ir al baño, cierro la puerta y abro el mensaje. No es de Rata. No es de Wifi.
Es el Cliente Anónimo. Y mi informe de la "Excentricidad del Ermitaño" le ha durado menos que un helado en el desierto.