"¿Pasta de dientes, Taylor? ¿En serio? ¿Cree que estoy pagando millones para saber qué marca de higiene bucal usa el hombre que quiero destruir? Su informe es un insulto a mi inteligencia. Sé que me está ocultando a Jude Sterling. Sé que el 'Santo de Manhattan' estuvo en esa ridícula fiesta de disfraces. Escúcheme bien, señorita Evans: tiene 24 horas para estar en Florencia. Si mañana a esta hora no recibo una foto de Jude Sterling y la prueba de que Cash está desviando fondos de sus fundaciones para mantener un secreto ilegal, le enviaré a su preciado cardiólogo el historial completo de sus 'auditorías'. Incluyendo la destrucción de Vance y el contrato actual para hundir al hombre que él tanto admira. Usted decide: Donovan Cash o su boda patética con menú vegano."
Siento que el baño se hace pequeño. El vapor del agua caliente de la ducha que no he encendido parece asfixiarme. El Cliente sabe lo de Jude. El Cliente me estaba vigilando en la fiesta. El Cliente conoce a Julien y nuestras opciones de platillos para la boda que no le hemos contado ni siquiera a nuestras familias. El Cliente me tiene en la palma de su mano.
Y lo peor de todo: el Cliente tiene razón. Lo que tengo sobre Donovan Cash no es suficiente y me está amenazando a mí cuando tendría que ser yo la que signifique una amenaza para él. O para ella. O lo que sea.
—Por todos los cielos… —susurro, apoyando la frente contra el espejo frío.
Salgo del baño con una determinación fría que me devuelve a mi centro. La Taylor que llora por el musgo ha muerto; la Taylor que sobrevive a cualquier precio ha tomado el mando. Entro en el dormitorio donde Julien se está preparando para dormir.
—Julien, cielo… ha surgido una emergencia —digo, tratando de que mi voz no tiemble—. Un cliente en Londres ha tenido un colapso de imagen masivo. Han hackeado sus servidores y necesitan una auditoría presencial inmediata.
Él se detiene, con la camisa a medio desabrochar. Me mira con una incredulidad que me duele.
—¿Qué me estás queriendo decir, Taylor?
—Yo… Creo que voy a tener que volar, tengo un jet privado que me espera para…
—¿Es broma?
—Ojalá lo fuera—digo y esto sí es que es honesto.
—¿Ahora? ¿Un sábado por la noche? Taylor, nos íbamos a reunir con el DJ mañana para elegir la lista de canciones "no comerciales".
—Lo sé, lo siento muchísimo. Pero es una crisis a nivel internacional. Si no voy, perderé el contrato y probablemente mi reputación en el mercado europeo. Será solo un día, máximo día y medio. Te lo compensaré, lo prometo.
Julien suspira. Se sienta en el borde de la cama y se pasa la mano por el pelo. Se ve tan decepcionado que por un momento estoy a punto de confesarle todo: el millonario sexy, los hackers balcánicos y la amenaza de muerte social. Pero si lo hago, lo perderé. Julien no puede vivir en mi mundo. Se marchitaría como una flor en una alcantarilla.
—Ve, Taylor —dice, con una voz que suena a kilómetros de distancia—. Ve a salvar al mundo de la mala imagen. Yo me encargaré de decidir la música que el DJ pasará en la fiesta.
Le doy un beso rápido, uno que me sabe a despedida y a traición, y empiezo a hacer la maleta con la eficiencia de un comando de élite. Meto ropa cómoda, mi equipo de espionaje camuflado en botes de cosméticos y mi computador.
Treinta minutos después, estoy en la parte trasera de un Uber hacia JFK. Mi cuenta bancaria acaba de temblar con el precio del billete de última hora en jet privado que es lo más inmediato y veloz con lo que puedo contar.
Saco el móvil y conecto con el canal de los hackers.
—Escuchen, engendros. Cambio de planes. Me voy a Florencia. —Escucho a Rata atragantarse con algo—. Necesito la ubicación exacta de esa villa. Necesito planos, horarios del personal y cualquier registro de seguridad que puedan interceptar. Si Jude Sterling es la clave, voy a abrir esa cerradura aunque tenga que usar dinamita social.
—Taylor, esto es peligroso —dice Wifi, su voz sonando inusualmente seria—. Si el Cliente Anónimo te está presionando así, es porque lo que hay en esa villa es radioactivo. Y Donovan Cash no es de los que dejan la puerta abierta.
—Donovan Cash me invitó a investigarlo, ¿recuerdan? —sonrío con una amargura que me quema los labios—. Pues bien, acepto la invitación. Vamos a ver si el Santo de Manhattan es tan amable cuando me encuentre revolviendo su basura en el jardín de su casa de campo.
Llego al hangar.
Mientras espero en la sala, bebiendo un Martini que sabe a pura adrenalina, recibo un nuevo dato de Rata.
"Taylor, he encontrado algo sobre la villa. No es solo una villa. Es parte de una propiedad histórica que perteneció a la familia Cash durante siglos. Se llama ‘Villa dei Sospiri’. La Villa de los Suspiros. Romántico, ¿eh? Pero lo raro es que el nivel de seguridad digital que la rodea es superior al de la sede de Google."
—Monitorizado de manera permanente—murmuro, mirando por el ventanal hacia las pistas de despegue.
Me acomodo en mi asiento. La tripulante a cargo me ofrece una toalla caliente y una copa de Prosecco. La acepto. Nueva York se hace pequeña bajo mis pies mientras el avión se eleva hacia el Atlántico.
El plan es el siguiente:
Pero hay un punto 6 que mi cerebro se niega a poner por escrito, pero que late en mis sienes con la fuerza de un tambor de guerra: Volver a ver a Donovan Cash y descubrir si su oferta de "ayudarme" era una trampa mortal o el comienzo de algo que va a hacerme caer mucho más rápido que a él.
Cierro los ojos, tratando de dormir, pero lo único que veo es a Donovan en su traje de Cupido, susurrándome al oído que soy lo único interesante que ha pasado en su noche.