Los Juegos del Odio

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Si el karma fuera un algoritmo, el mío estaría ahora mismo sufriendo un pantallazo azul de dimensiones bíblicas.

Estoy en el corazón de la Toscana, rodeada de colinas que parecen pintadas por un ángel con exceso de tiempo libre y cipreses que se yerguen con más dignidad que toda la clase política de Washington junta. Y yo, Taylor Evans, la mujer que desayuna crisis de reputación y merienda escándalos financieros, estoy atrapada en un Fiat 500 de 1970 de color amarillo chillón que suena como una licuadora llena de tuercas oxidadas.

—¡Vamos! ¡Tú puedes, pequeño engendro del diseño italiano! —grito, hundiendo el pie en un acelerador que tiene la resistencia de un malvavisco—. ¡Si me dejas tirada en mitad de este viñedo, juro que te convierto en latas de conserva para gatos!

El coche, al que he bautizado como "Pippo" en un arranque de delirio por falta de sueño, suelta una bocanada de humo negro que probablemente ha contribuido al calentamiento global más que toda la industria pesada de China. Mis rodillas están prácticamente pegadas a mis orejas debido al tamaño ridículo del habitáculo, y mi equipo de espionaje de alta tecnología —oculto en un estuche de maquillaje de Chanel— vibra rítmicamente contra mi muslo.

He aterrizado en Florencia hace tres horas. He sobrevivido a un espresso tan fuerte que me ha permitido ver el futuro (en el futuro, por cierto, soy una mujer casada). Y ahora estoy navegando por caminos de tierra que no aparecen en Google Maps, buscando la "Villa dei Sospiri".

La Villa de los Suspiros.

—Más bien será la Villa de los Gritos si no encuentro pronto un baño y un Martini —mascullo, mientras el GPS de mi móvil me indica que gire a la derecha en un lugar donde solo hay un olivo centenario y una cabra con mirada juzgadora.

Finalmente, tras una curva que casi me hace despeñar a Pippo por un barranco lleno de uvas Sangiovese, la veo.

La Villa es una construcción de piedra color miel, envuelta en hiedra y buganvillas, que exhala una elegancia tan antigua y pesada que me hace sentir como una intrusa con mi ropa de turista chic de Barney's. La seguridad digital que Rata detectó es invisible, pero puedo sentirla. Hay cámaras ocultas en las gárgolas y sensores de movimiento bajo la grava.

Estaciono a Pippo detrás de un seto de laurel, tratando de que el ruido de su motor al apagarse (que suena como un estornudo metálico prolongado) no alerte a todo el servicio secreto de los Cash. Me pongo mis gafas de sol de gran tamaño, ajusto mi peluca morena —porque en Italia todas las espías somos morenas, es la ley— y me deslizo hacia la entrada trasera con la agilidad de una gata… una gata que ha dormido tres horas en un avión y tiene gases por culpa de un croissant de dudosa procedencia.

Logro saltar un muro de piedra baja (rasgando mis leggings de trescientos dólares en el proceso, debo añadir eso a la factura del Cliente Anónimo) y me adentro en un jardín de limones que huele a gloria bendita. Saco mi escáner térmico. Hay dos personas en el ala este. Una en la cocina. Y una… una señal de calor masiva en el despacho principal del segundo piso.

Jude. Tiene que ser ella.

Escalo por una espaldera de madera con la determinación de una mujer que tiene una boda que salvar y un contrato que cumplir. Llego al balcón de piedra, me agacho y me deslizo por la puerta acristalada que, para mi sorpresa, está entreabierta.

—Demasiado fácil, Donovan —susurro, sacando mi microcámara—. Tu seguridad es de nivel gubernamental, pero tus ventanas son de nivel invitada de Airbnb con acceso autónomo.

Entro en el despacho. Huele a papel viejo, a cera de abejas y a ese aroma… ese aroma que ya reconozco. Madera, especias y peligro. Me dirijo al escritorio de roble macizo, buscando registros de Jude Sterling, transferencias, fotos, lo que sea.

—Buscando algo, ¿Taylor?

La voz es como un latigazo de seda en la oscuridad.

Me quedo petrificada. Mi corazón da un vuelco tan violento que temo que se me escape por la boca. Me giro lentamente, con las manos en alto por puro instinto, y ahí está él.

Donovan Cash no es un hombre. Es un atentado contra los índices de belleza masculina.

Está apoyado en el marco de la puerta que conecta con el dormitorio. No lleva traje de Tom Ford. No lleva armadura de Cupido. Lleva unos pantalones de lino blanco que cuelgan peligrosamente de sus caderas y una camisa de seda azul marino totalmente desabrochada, revelando un pecho bronceado, firme y cubierto por un vello sutil que parece diseñado para ser acariciado durante horas. Está descalzo. Tiene un vaso de cristal con un líquido ambarino en una mano y una mirada que podría derretir los glaciares del Ártico en diez segundos.

Se ve viril. Se ve candente. Se ve como el tipo de error que cometerías con gusto una y otra vez hasta que te arruine la vida.

—Donovan —logro decir, tratando de que mi voz no suene como la de una adolescente en un concierto de rock—. Yo… yo solo estaba… explorando la arquitectura local. Es muy… barroca. ¡Wao! ¡Vaya! Coincidimos en este viaje por Italia.

Él suelta una risa corta, grave, una vibración que me recorre el cuerpo de arriba abajo. Camina hacia mí con la parsimonia de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. La luz de la luna que entra por el balcón resalta cada músculo de su abdomen, cada línea de su mandíbula tallada.

—Es renacentista, en realidad —dice, deteniéndose a solo unos centímetros de mí. Puedo sentir el calor que emana de su cuerpo—. Pero me encanta que hayas cruzado el Atlántico solo para ver mis molduras. O quizás… quizás has venido por la pasta de dientes. Me queda un tubo extra si lo necesitas.

¡¿Quéeeeeeee?!

¡¿ÉL YA SABÍA QUE YO VENDRÍA HASTA ACÁ?! ¡¿POR QUÉ SIENTO QUE ESTE JUEGO DEL GATO Y EL RATÓN NO HACE MÁS QUE INVERTIRSE?! En mi detrimento. Temo con todo mi ser estar siendo el ratón ahora mismo.

¡ALERTA, TAYLOR! ¡ALERTA ROJA!



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

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