—Basta de juegos, Cash —digo, recuperando un poco de mi fuego profesional, aunque mis ojos no pueden evitar desviarse hacia el lugar donde su camisa se abre—. Sé que Jude está aquí. Sé que le pagas una clínica. Sé que tienes un secreto en la Toscana y he venido a por él.
Donovan deja el vaso sobre el escritorio, sin apartar sus ojos avellana de los míos. Se inclina hacia adelante, atrapándome entre su cuerpo y la mesa de madera. Su cercanía es abrumadora. Huele tan bien que me dan ganas de llorar.
—¿Un secreto? —susurra, y su aliento roza mi oreja, haciéndome estremecer—. Taylor, te lo dije en la fiesta. No tengo secretos. Solo tengo prioridades. Y tú… tú te estás convirtiendo en una prioridad muy entretenida.
—¿Entretenida? —siseo, tratando de ignorar que mi pecho está rozando el suyo con cada respiración.
—¿Cuánto te pagan por investigarme?
—Mantengo la ética de mi secreto profesional.
—Vaya, tienes el trabajo más ético del mundo.
—Solo busco basura y la entrego. Es como reciclar.
“Me han pagado una fortuna por destruirte. Tengo a los mejores hackers del mundo rastreando cada centavo que gastas. Estoy a un paso de encontrar la basura que te sacará de ese pedestal de santo.”
Donovan sonríe. Es una sonrisa lenta, provocadora, cargada de una confianza que me irrita y me excita a partes iguales.
—¿Basura? —se ríe por lo bajo—. Entonces déjame ahorrarte el trabajo. No quiero que te canses buscando en cajones vacíos.
Se gira hacia el escritorio, abre un cajón oculto y saca una carpeta de cuero negro y una unidad USB de plata. Me los ofrece con un gesto elegante, casi caballeroso.
—Aquí tienes, Taylor —dice, y su voz suena terriblemente honesta—. Todos mis registros bancarios privados de los últimos quince años. Los de verdad, no los que envío a Hacienda. Todas las transferencias a la clínica de Florencia. La identidad completa de Jude. Y una lista de tres veces que usé mi influencia política para silenciar noticias que no me convenían.
Me quedo mirando el dispositivo como si fuera una bomba de relojería.
Claramente sabe a qué me dedico realmente, sabe que me contrataron para encontrar su miseria y sabe que me tiene comiendo de su mano al entregarme esto.
—¿Qué estás haciendo?—pregunto, con la voz temblando por la sospecha y rechazando la posibilidad de mantener mi mentira al menos con él—. ¿Por qué me das esto? Hay gato encerrado. Nadie se entrega así. Es una trampa. Es información falsa para confundirme.
Donovan se acerca de nuevo, agarrándome suavemente de la nuca. Sus dedos son cálidos, fuertes, y su tacto me nubla el juicio. Me obliga a mirarlo a los ojos.
—No es una trampa, Taylor —dice con una intensidad que me corta la respiración—. Es la soga para mi propio cuello. Te la entrego con gusto. Quiero ver si tienes el valor de apretar el nudo. O si, después de leer lo que hay ahí dentro, vas a ser capaz de seguir mirándome como si fuera el villano de tu historia.
—¿Por qué? —insisto, sintiendo que mis rodillas flaquean—. ¿Por qué me ayudas a destruirte?
Él desliza su pulgar por mi labio inferior, un gesto tan íntimo que me hace cerrar los ojos por un segundo.
—Porque estoy aburrido de ser un santo, Taylor —susurra contra mis labios—. Y porque me muero por ver qué hace una mujer como tú cuando tiene todo el poder sobre un hombre como yo. Además… me gusta la forma en que tus alas parpadean cuando estás nerviosa. Aunque hoy no las traigas puestas, puedo verlas.
Me suelta bruscamente, dejándome sin aire y con la carpeta en las manos.
—Llévatelo—dice, volviendo a su vaso de whisky—. Lee la historia de Jude. Descubre quién es y por qué está aquí. Y cuando tengas el plan de acción listo para quemar mi imperio… llámame. Me encantaría ver el incendio desde la primera fila. Contigo a mi lado, por supuesto.
Agarro la carpeta y el USB con manos temblorosas. El corazón me late tan fuerte que temo que me dé un síncope allí mismo. La mirada de Donovan es una mezcla de desafío, burla y un deseo tan crudo que me hace sentir desnuda bajo su escrutinio.
—Eres un psicópata —logro decir, retrocediendo hacia el balcón.
—Y tú eres una espía con un Fiat amarillo muy ruidoso, Taylor —me guiña un ojo—. Vuelve a Nueva York. Tu cardiólogo debe de estar echando de menos tu "dureza profesional".
Salgo al balcón, bajo por la espaldera casi cayéndome y corro hacia Pippo. Arranco el coche al tercer intento —soltando una explosión que suena como un cañonazo en el valle— y huyo de la Villa de los Suspiros como si me persiguiera el mismo diablo. O alguien peor. Alguien que me ha dado las armas para matarlo y me ha sonreído mientras lo hacía.