El viaje de regreso es una neblina de pánico y cafeína. Vuelo de regreso a Nueva York en una clase turista abarrotada —porque he desestimado mi vuelta en la huida con jet privado por motivos que mencionaré más adelante—, sentada entre un hombre que ronca como un oso pardo y un niño que insiste en usar mi brazo como lienzo para sus dibujos de ceras.
Llego a JFK a las seis de la mañana del lunes. Nueva York me recibe con su habitual abrazo de humo, ruido y gente con prisa por llegar a lugares que odian.
Entro en mi apartamento con la cautela de una ladrona. Julien está en el dormitorio, con su respiración rítmica indicándome que sigue en el mundo de los sueños pero del día posterior al que lo dejé aquí. Se lo ve tan tierno durmiendo, soñando con ese lugar donde la comida es de lino y los políticos son honestos. Me dejo caer en el sofá del salón, con la carpeta de cuero negro sobre mis rodillas.
Tengo miedo de abrirla. Tengo miedo de lo que Donovan me ha dado. Tengo miedo de que, al final, el "Santo" sea realmente un santo y yo sea la única villana en esta habitación.
Abro el portátil y conecto con la red encriptada. Mis dedos tiemblan tanto que me cuesta escribir la contraseña. Redacto un correo electrónico al Cliente Anónimo.
"Asunto: Rescisión de contrato. Devolución de fondos.
He realizado la investigación de campo en Italia. No hay caso. Donovan Cash es una figura protegida por motivos que exceden mi capacidad operativa. No voy a seguir adelante con este encargo. Les devuelvo el depósito inicial de forma inmediata a través de la cuenta puente. No me contacten de nuevo. No sé en qué clase de juego están metidos, pero yo estoy fuera. Busquen a otra persona para sus venganzas personales."
Le doy a enviar. Siento un peso levantarse de mis hombros, pero es un alivio amargo. He fallado. La gran Taylor Evans se ha rendido. Pero no puedo hacerlo. No puedo destruir a un hombre que me ha entregado su vida en una carpeta digital mientras me miraba con ojos de "hazme lo que quieras" y yo solo pensaba en chanchadas.
Es demasiado. Es demasiado peligroso. Donovan Cash no es un objetivo; es un agujero negro que me va a tragar entera si no me alejo ahora.
No tomé mi jet de vuelta porque debo desestimar la fortuna que cobré e igualmente pagarle a mis socios lo suyo. Esto me condujo a pérdida, pero no quiero que sea la pérdida de mi carrera o de mi nombre.
Cierro los ojos, tratando de calmar mi respiración.
Ping.
Una notificación en la pantalla. Un nuevo correo. Del Cliente Anónimo.
Lo abro, esperando un mensaje de confirmación, una despedida fría. Pero lo que leo hace que la sangre se me congele en las venas.
"Taylor, Taylor… ¿Realmente cree que esto es un club de lectura del que puede darse de baja cuando el libro se pone difícil? Usted no devuelve el dinero. Usted no se retira. Usted ha iniciado un incendio y ahora va a quedarse a ver cómo arde todo.
Sabemos lo que pasó en la Villa dei Sospiri. Sabemos que Cash le dio la información. Y sabemos que usted ahora tiene la llave para destruirlo. Si intenta devolver el dinero, si intenta avisar a Cash, o si intenta desaparecer… le enviaremos a Julien el video de usted saliendo de la Villa de los Suspiros a las tres de la mañana con el pelo revuelto y una carpeta de su 'objetivo'. ¿Cómo cree que reaccionará su cardiólogo cuando sepa que su futura esposa pasa las noches en Italia con el hombre que él más admira?
Termina lo que ya iniciaste, Taylor. Tienes 12 horas para enviarme el plan de acción definitivo usando los datos de esa carpeta. O tu boda con menú de pasto y agua se convertirá en un funeral para tu carrera y tu relación.
Estamos observando."
Me quedo mirando la pantalla, con la boca seca y el corazón latiendo en la garganta. No hay salida. No hay escape. El Cliente Anónimo me tiene contra las cuerdas y Donovan Cash me ha dado el guante para golpearlo. Ha pasado de tratarme de “usted” al voseo en un tono intimidante, en absoluto inocente.
Miro hacia la ventana. El sol empieza a salir sobre Manhattan, tiñendo los rascacielos de un naranja sangriento. Siento esa mirada de nuevo. Esa sensación de ser observada. Giro la cabeza y, por un segundo, me parece ver el reflejo de una lente en el edificio de enfrente.
—Caray—susurro, abrazándome a mí misma.
He intentado salir del juego, pero el juego acaba de cerrar todas las puertas. Soy la destructora de reputaciones, la mujer que siempre tiene el control. Pero ahora, mientras escucho a Julien despertarse en la otra habitación y siento el peso de la carpeta de Donovan sobre mis piernas, me doy cuenta de la aterradora verdad.
En esta historia, yo no soy la que mueve las piezas. Soy el peón que todos están intentando sacrificar.
Y Donovan Cash… Donovan sigue ahí fuera, lavándose los dientes con su pasta de monjes, esperando a que yo decida si voy a ser su verdugo o su salvación.
—¿Y ahora quién manda? —me pregunto, con las lágrimas asomando en mis ojos.
La respuesta es el silencio de mi apartamento, roto solo por el sonido de la cafetera de Julien y el tictac implacable de un reloj que me dice que mi tiempo de ser una buena persona se ha agotado oficialmente.
Abro la carpeta tras conectar el USB. Es hora de leer la verdad. Es hora de terminar lo que empecé. Y que Dios nos perdone a todos, porque yo no estoy segura de poder hacerlo.
El primer documento de la carpeta es una foto de Jude. Es una niña. O lo era. Una niña con los mismos ojos avellana de Donovan, sentada en una silla de ruedas, sonriendo a la cámara mientras él la abraza por detrás.
Siento un nudo en la garganta.
—Donovan… ¿qué has hecho? —murmuro, pasando la página.
La caza ha terminado. Ahora empieza la masacre. Y yo soy la que tiene el cuchillo, aunque mis manos no dejen de temblar.
¿Y ahora qué debería sentir?