Mi cerebro se siente como una pestaña de Google Chrome que se ha quedado congelada procesando un video en 4K mientras otras cuarenta ventanas de publicidad de "conoce solteros en tu zona" intentan abrirse al mismo tiempo.
Estoy de vuelta en Manhattan, la ciudad donde los sueños se fabrican con cafeína y las pesadillas se visten de Prada, y lo único que quiero es una lobotomía casera para dejar de pensar en los abdominales de Donovan Cash. Pero no hay tiempo para cirugías improvisadas.
—A ver, Taylor, piensa. Eres una profesional. Eres la mujer que hizo que un magnate inmobiliario terminara vendiendo seguros de vida en un cubículo que huele a curry —me digo a mí misma, mirando la carpeta de cuero negro que descansa sobre mi regazo como si fuera un gato negro con rabia—. Solo tienes que redactar un plan. Un plan que satisfaga al psicópata que te contrató, que no destruya la vida de una chica aparentemente enferma y que no termine conmigo en una zanja en Nueva Jersey. Pan comido. El problema es que "Pippo", el Fiat amarillo de alquiler en la tienda vintage de la Toscana, sigue rugiendo en mis oídos. Siento el olor a sándalo de Donovan pegado a mi piel, a pesar de que me he frotado con una esponja exfoliante hasta casi perder la primera capa de la dermis. Escucho pasos. El enemigo se acerca. Bueno, no es el enemigo, es Julien, pero en mi estado de paranoia actual, hasta el repartidor del periódico me parece un agente de la Interpol encubierto. Escondo la carpeta de cuero negro y el USB de plata dentro de la única cosa que sé que Julien no tocará en los próximos diez años: el "Manual de la Perfecta Esposa" que me regaló mi suegra y que uso exclusivamente para nivelar una mesa que cojea en mi oficina. Si alguien busca secretos de Estado bajo una guía de cómo hacer asado de pollo, se merece encontrar la verdad.
—¿Taylor? ¿Ya estás despierta? —la voz de Julien suena desde el otro lado de la puerta, cargada de una ternura que me hace sentir como si le estuviera robando los ahorros a una huerfanita.
—¡Sí, amor! ¡Solo terminando de enviar unos... correos londinenses! —grito, forzando una voz de mujer de negocios eficiente que suena más bien a una adolescente escondiendo un cigarrillo. Abro la puerta de mi oficina e intento que mi cara no sea un mapa de culpabilidad y jet lag. Julien está allí, con el torso desnudo (Dios mío, ¿por qué todos los hombres en mi vida tienen que estar tan en forma esta semana? Es una conspiración contra mi fuerza de voluntad) y un delantal de algodón orgánico.
—Te he preparado un desayuno de bienvenida —dice, rodeando mi cintura con sus brazos. Sus manos están calientes, pero por un segundo, mi mente traidora compara su tacto con el de Donovan en la villa. Me odio—. Te he echado de menos. La casa se siente vacía sin tus comentarios sobre las noticias de la mañana.
—Y yo a ti, cielo. Londres fue... gris. Muy gris. —Me hundo en su pecho, tratando de borrar las imágenes de la Toscana—. Muchos paraguas. Poca alegría. Nada de pasta... digo, nada de comida decente.
—Ven a la cocina. He hecho algo especial para desintoxicarte de los aeropuertos. Caminamos hacia la cocina, que está iluminada por ese sol matutino de Nueva York que siempre parece juzgar tus decisiones de la noche anterior. Sobre la mesa hay dos vasos llenos de un líquido de un color verde tan radiactivo que probablemente brilla en la oscuridad. Al lado, dos trozos de algo negro que parece carbón vegetal pero que Julien insiste en llamar "pan de centeno activado”.
—Es un smoothie de espirulina, pasto de trigo y esencia de jengibre —anuncia con el orgullo de quien acaba de descubrir la cura para la calvicie—. Y la tostada tiene mantequilla de anacardos crudos y sal negra volcánica. Para limpiar el colon de todas las impurezas británicas. Miro el batido de pasto. Si mi colon pudiera hablar, ahora mismo estaría pidiendo asilo político en una pizzería de Brooklyn. Pero soy Taylor Evans, la reina del disimulo, así que tomo el vaso y esbozo una sonrisa que me tensa los párpados.
—Es... vibrante, Julien. De verdad. Huele a... naturaleza pura. Le doy un sorbo. Sabe a lo que imagino que sabe el fondo de un estanque después de una inundación, mezclado con el arrepentimiento de haber nacido. Es espeso, arenoso y tiene un retrogusto a césped recién cortado que me hace querer empezar a relinchar.
—¿Te gusta? —pregunta él, mirándome con esos ojos de cardiólogo santo que creen que la salud es el camino a la iluminación.
—Me encanta. Siento cómo mis células se están pidiendo perdón unas a otras —miento, mientras mastico la tostada negra que tiene la textura de una lija fina—. Cuéntame, ¿qué tal el DJ? ¿Elegiste las canciones para la boda?
—Sí, Mark Sterling me recomendó a un tipo que hace mezclas de sonidos de la naturaleza con jazz ambiental. Dice que es la última tendencia en las bodas de los Hamptons. Sin estridencias, solo la paz del bosque.
—Oh, maravilloso.
Nada dice "¡celebremos nuestro amor!" como oler a tofu y escuchar el sonido de un búho mientras intentamos bailar.
—Esa es mi Taylor. Te extrañaba. Por cierto, Mark me llamó ayer. Estaba... bueno, sigue un poco dolido por lo que pasó en tu oficina, pero dice que está dispuesto a perdonarte si le haces un descuento en la consultoría.
Casi escupo el batido verde sobre su delantal de algodón.
—¿Descuento? Ese tipo debería pagarme un suplemento por riesgo biológico solo por tener que mirar sus registros de navegación. Dile a Mark que mi tarifa es innegociable, como mi rechazo por su ética personal.
Justo en ese momento, mi teléfono, que está sobre la encimera, vibra con la intensidad de un terremoto grado 8. Julien alarga la mano por instinto, pero yo me abalanzo sobre el aparato con la agilidad de una hiena hambrienta.
—¡Es el cliente de Londres! —exclamo, ocultando la pantalla—. Ya sabes cómo son los británicos, creen que el mundo gira alrededor de su té de las cinco y sus crisis de imagen.