—¡Taylor, deja de gatear por la alfombra, pareces un gato con una crisis existencial!—grita Bianca a través del manos libres de mi teléfono.
—¡No es una crisis, Bianca, es una maniobra de evasión táctica! —siseo, pegando la barriga al suelo mientras me arrastro hacia la ventana del salón, evitando cuidadosamente quedar en el ángulo de visión de cualquier lente telescópica que pueda estar apuntando desde un edificio de la calle 57—. Te juro que me estuvieron observando a cien metros. ¡Cien metros! Eso es prácticamente dentro de mi nevera. Siento que cada vez que parpadeo, alguien anota la frecuencia de mi lagrimeo en una hoja de cálculo.
Claro que no le puedo contar que tengo a dos hackers expertos que me pudieron encontrar este dato de muy buena fe.
Lo difícil ha sido tener que ocultar esto a Julien desde anoche y fingir que todo está bien, cuando en realidad tengo pánico absoluto ante la posibilidad de acercarme a una ventana de mi propio apartamento.
—Estás paranoica. Además, hoy es "El Día". Vivienne tiene el vestido listo. Si te quedas ahí haciendo la croqueta en el suelo, se nos va a pasar el turno y esa mujer cobra la puntualidad a precio de oro del Vaticano. Voy para allá. En cinco minutos estoy en tu puerta. ¡Y levántate, por el amor de los suplementos vitamínicos, que vas a llenar de pelusa el encaje!
Cuelgo y me quedo un segundo tumbada en el suelo, mirando el techo. El "Manual de la Perfecta Esposa" sigue debajo de la mesa, custodiando el USB de Donovan Cash como un centinela de papel y consejos obsoletos. La verdad sobre Jude me quema en el cerebro. Donovan no es un villano. Es un mártir con una mandíbula que debería ser declarada patrimonio de la humanidad. Y yo… yo soy la que tiene que elegir entre su caída y la mía. Me levanto, sacudo el polvo de mis pantalones y trato de recuperar algo de la dignidad que perdí en algún lugar entre la Toscana y mi pasillo. Me pongo unas gafas de sol que cubren la mitad de mi cara y un sombrero de ala ancha. Si el espía de la calle 57 me ve, quiero que al menos piense que soy una estrella de cine huyendo de la rehabilitación y no una consultora de crisis al borde del colapso nervioso. Cuando bajo, Bianca ya está allí. No en un coche normal, por supuesto. Bianca conduce un SUV eléctrico personalizado con el logo de Pet-Up en las puertas, que en este momento emite un brillo irisado porque, según ella, "el marketing nunca duerme, Taylor, y si mi coche brilla, la gente piensa en perros brillantes".
—Súbete, Carmen Sandiego —me ordena Bianca, abriendo la puerta—. Tenemos un vestido que probar y una boda que salvar de ese menú de algas que Julien insiste en llamar "banquete".
—No me hables de la comida —digo, hundiéndome en el asiento de cuero—. Cada vez que cierro los ojos, veo un dátil con sal del Himalaya burlándose de mí.
El trayecto hacia el taller de Madame Vivienne es un borrón de taxis amarillos y Bianca hablando sin parar sobre cómo Mark Sterling es un idiota, pero un idiota con "buen gusto para los calcetines", y cómo el mundo necesita más collares con GPS de diamantes. Yo asiento mecánicamente, pero mis ojos no dejan de vigilar los espejos retrovisores. ¿Nos sigue un coche negro? ¿Ese motorista lleva una cámara en el casco?
—Taylor, relájate —dice Bianca, dándome un golpecito en el brazo—. Hoy no eres la espía. Hoy eres la novia. Disfruta de los próximos sesenta minutos de blanco puro antes de que vuelvas a tu búnker de administración de crisis de imagen y rencor.
Llegamos al taller en el Upper East Side. Es un lugar que huele a talco, a té de jazmín y a dinero tan viejo que probablemente todavía use el sistema feudal.
Madame Vivienne nos recibe con la calidez de una ráfaga de aire ártico. Es una mujer pequeña, con dedos que parecen agujas y una mirada que puede detectar un hilo suelto a tres kilómetros de distancia.
—Señorita Evans. Llega tres minutos tarde—dice, consultando su reloj de bolsillo—. El tiempo es el único lujo que no puedo coser. Pase al probador.
Entro en la cabina de seda blanca. Sobre el maniquí, el vestido me espera. No es lino orgánico. No es "sostenible" en el sentido de que probablemente se necesitaron las manos de diez vírgenes francesas y tres meses de trabajo manual para crearlo. Es una obra maestra de seda color perla, con un escote que roza la perfección y una caída que parece desafiar las leyes de la gravedad. Me lo pongo con cuidado, sintiendo cómo la tela se desliza sobre mi piel. Vivienne entra para ajustar los últimos alfileres y, de repente, cuando me miro en el espejo de cuerpo entero, el ruido de Manhattan desaparece. La paranoia de los cien metros, la amenaza del Cliente Anónimo, la imagen de Jude en la silla de ruedas… todo se desvanece ante el reflejo de la mujer que veo.
—Vaya… —susurra Bianca desde la puerta, con los ojos empañados—. Taylor… estás… eres tú misma, claro. Pero en versión angelical al estilo "no quiero destruir a nadie".
Me miro las manos. Por primera vez en años, no estoy pensando en una estrategia de ataque. Estoy pensando en Julien. Pienso en el momento en que me pidió matrimonio en aquel faro, con el viento despeinándonos y su promesa de que, con él, nunca tendría que volver a esconderme de nada. Pienso en su paciencia infinita con mi cinismo, en cómo me mira como si fuera la criatura más pura del planeta aunque yo sepa que soy un tiburón con tacones. Lo amo. Dios, lo amo tanto que me duele el esternón. Todo este lío, toda esta destrucción de Donovan Cash, la acepté por esto. Para que él tenga la boda que sueña. Para que vivamos en un apartamento donde el sol entre por todas las ventanas. Para que nunca tenga que preocuparse por el dinero mientras opera corazones de niños. He ensuciado mis manos para que las suyas sigan siendo blancas.
—Julien va a llorar —dice Bianca, acercándose para colocarme el velo—. En serio, Taylor. Cuando te vea aparecer, va a olvidarse de toda la espirulina del mundo. Se va a dar cuenta de que eres el mejor proyecto de su vida.