Me guardo la nota, sintiendo que mi corazón vuelve a su ritmo de tambor de guerra.
El momento mágico del vestido se ha evaporado, reemplazado por la fría realidad del juego.
—¿Qué dice? —insiste Bianca—. ¿Es otra amenaza? ¿Es un soborno? ¿Es una propuesta indecente? ¡Taylor, por el amor de Dios, habla! ¿Es Julien?
—No…
—¿Sterling?
—No…
Ella abre grandes los ojos.
—¡DONOV…!
—Chissssttttt.
—¡Qué es!
—Es… una invitación a almorzar —digo, mirando cómo el sedán negro se aleja en el tráfico—. Donovan Cash quiere comer pescado y hablar de traiciones.
Le digo el nombre del sitio al que desconozco en absoluto y Bianca da un salto.
—¡Ese sitio tiene tres estrellas Michelin y una lista de espera de seis meses! Taylor, ese hombre no te está invitando a almorzar un sandwich en el Central Park, te está invitando a un duelo en el corral de los ricos.
—O me está invitando a mi propia ejecución social —respondo, ajustándome las gafas de sol.
—¿Y vas a aceptar.
—Mmm.
—Taylor, debes pensarlo, ese tipo puede abrirte mil puertas si tan solo cambias de cliente a él mismo, como también te puede colgar de una soga porque intentaste entregar su cabeza en bandeja.
—Caramba…
—¿Si? ¿Qué harás?
—Bianca…vete a casa. Tengo que ir a ver a un santo que sabe demasiado sobre mis vestidos de novia.
—¿Estás loca? ¿Así sin más? ¡No puedes ir sola! ¿Y si te echa algo en la bebida? ¿Y si te secuestra y te lleva de vuelta a la Toscana en un jet privado?
Bianca parece a medio camino entre el terror y la envidia.
—¡Envíame tu ubicación en tiempo real! ¡Si no me escribes cada diez minutos, llamo a Julien!
—¡Ni se te ocurra llamar a Julien! —le advierto—. Esto es trabajo, Bianca. Consultoría de gestión de crisis nivel experto.
—¿Y si…?
—Y si nada, cariño. Sé cuidarme solita. Gracias por todo, te mantengo informada.
Me despido de ella y camino hacia la esquina para parar un taxi. Mi mente está en llamas disparándose directo a Cash.
¿Cómo sabe lo del vestido? ¿Vivienne trabaja para él? ¿O es que simplemente es dueño de la mitad de la ciudad, incluyendo los sueños de las novias? Entro en el taxi y le doy la dirección al conductor. Saco el móvil y veo la notificación de Wifi: "Taylor, el Cliente Anónimo acaba de enviar un ping. Quiere material pronto y no de buena manera hace su pedido…
Le respondo rápido: "Diles que se relajen. Estoy yendo a por la cabeza de Cash. Literalmente." Miento, por supuesto. No sé a qué voy. Solo sé que Donovan Cash tiene una forma de desarmarme que no tiene nada que ver con los hackers y todo que ver con la forma en que pronuncia mi nombre. Llegamos al destino. Es un templo del minimalismo y la elegancia silenciosa. El recepcionista me ve llegar y, antes de que pueda decir nada, me sonríe con una reverencia que dice: «Sabemos exactamente quién es usted y por qué el hombre más poderoso de la sala la está esperando». Me conduce al fondo del restaurante. Y allí está él. Donovan Cash está sentado en una mesa semicircular, vestido con un traje gris humo que hace que sus ojos avellana parezcan de cristal. Está leyendo el Financial Times como si fuera una novela romántica, con una copa de vino blanco en la mano y esa expresión de calma absoluta que me hace querer gritar. Se levanta cuando me acerco. No es un gesto de cortesía justamente; es una declaración de posesión del espacio.
—Juraba que no vendrías, Taylor —dice, retirando la silla para mí.
—Supongo que no me dabas otra opción cuando tienes espías detrás de mí.
Me siento, tratando de que mi bolso (donde llevo mi equipo de grabación encendido) no golpee la mesa.
—¿Tienes a toda la ciudad en nómina, Donovan? —le pregunto, clavándole la mirada—. ¿O es que Vivienne también es una de tus fundaciones benéficas para modistas en apuros? Él se ríe, y el sonido hace que un par de señoras en la mesa de al lado se giren con envidia.
—Digamos que Vivienne y yo tenemos una larga historia. Ella hizo el vestido de debutante de Valentina y el de mi madre. Es leal a los Cash. Y me ha dicho que hoy te has visto… vulnerable con ese vestido para tu boda.
—Vulnerable es una palabra que no existe en mi diccionario, Cash. —Me inclino hacia adelante, ignorando la carta que el camarero deja frente a nosotros—. ¿A qué estamos jugando? Me das la carpeta, me dejas ir, y ahora me invitas a almorzar mientras tus clientes… bueno, mis clientes, me respiran en la nuca. Sabes que me están vigilando. Sabes que esto parece una cita. Sabes a qué me dedico realmente y no dejas en claro de una buena vez qué quieres a cambio de mi secreto. Sabes que guardar este secreto a todo el mundo es una traición.
Donovan deja su copa y se inclina también. Estamos tan cerca que puedo ver el reflejo de mis propias gafas de sol en sus pupilas.
—Exacto, Taylor. Es una traición. —Su voz baja una octava, volviéndose un susurro candente—. Pero la pregunta no es qué piensan ellos. La pregunta es: ¿vas a entregar el informe que Alexander Vance y Mark Sterling te están exigiendo?
Me quedo helada. Siento que el suelo del restaurante desaparece bajo mis pies. —¿Cómo… cómo sabes esos nombres? —logro preguntar, con la voz rota. Donovan sonríe, y esta vez no es la sonrisa del santo. Es la sonrisa del depredador que lleva diez pasos de ventaja.
—Taylor, cariño… ¿Realmente pensabas que una mujer tan brillante como tú trabajaría para un Cliente Anónimo sin que yo supiera quién está intentando comprar mi cabeza? Te lo dije en Italia: no tengo secretos. Pero mis enemigos sí. Y Vance y Sterling son tan predecibles que resultan… aburridos.
Se reclina en su asiento, relajado, mientras yo trato de procesar que mi gran secreto profesional es, para él, una nota a pie de página en su agenda matutina.
—¿Cómo sabes…? No, no, te confundes. Vance fue destruido por mi misma, Sterling quiso ser cliente y víctima al mismo tiempo y no lo acepté. ¿Qué dices?