—¿“Nuestra” venganza?—repito, y mi voz suena dos octavas más aguda de lo que me gustaría.
Si mi dignidad fuera un edificio en Nueva York, ahora mismo sería un bloque de apartamentos en el Bronx con las ventanas tapiadas y una plaga de ratas gimnastas. Donovan Cash inclina la cabeza, y esa bendita sonrisa suya, la que parece haber sido diseñada en un laboratorio secreto para causar ovulaciones espontáneas y colapsos nerviosos, se ensancha un milímetro.
—“Nuestra”, Taylor. Porque, aunque te cueste admitirlo mientras masticas mentalmente tu desprecio por mi mandíbula, estamos en el mismo bando.
El bando de los que no quieren terminar en una zanja social por culpa de dos personas que tienen el coeficiente intelectual de un pomelo con esteroides. Me hundo en la silla de terciopelo, que es tan cómoda que temo que mis glúteos decidan independizarse y quedarse a vivir aquí para siempre. Intento procesar la información. Alexander Vance, el tipo al que yo misma convertí en un paria de Nueva Jersey, y Mark Sterling, el "Bro" de los calcetines de Bitcoin, están aliados. Es como si el destino hubiera decidido hacer un crossover entre una película de gánsteres de la mafia norteamericana y un documental sobre la estupidez humana.
—A ver si lo entiendo —digo, bajando la voz mientras el camarero, que camina con la gracia de un cisne francés, nos deja dos platos de lenguado que huelen a paraíso y a hipoteca de treinta años—. Vance quiere mi cabeza porque lo arruiné. Sterling quiere tu imperio porque… bueno, porque es un Sterling. Y a mí me han usado a mí como el caballo de Troya para entrar en tu búnker de santidad.
—Exacto. —Donovan corta un trozo de pescado con una precisión que me hace pensar en cosas que no debería pensar en un restaurante con tres estrellas Michelin—. Pero cometieron un error de cálculo básico. Te eligieron a ti. Creyeron que tu cinismo era más grande que tu inteligencia. Creyeron que, si te daban suficiente dinero para pagar tus peonías holandesas, no harías preguntas.
—Oye, mis peonías son un asunto de Estado —le advierto, señalándolo con el tenedor—. Pero sigue. ¿Cómo sabes lo de la oficina de la calle 57?
—Taylor, por favor. —Se reclina, y la luz de la lámpara de araña resalta ese brillo peligroso en sus ojos avellana—. Soy un Cash. Tenemos satélites privados, equipos de contrainteligencia que harían que la CIA pareciera un grupo de boy scouts perdidos en un bosque, y, lo más importante, tengo a Vivienne.
—No me amenaces con mi vestido de boda.
—Solo es una vieja amiga de la familia Cash, digo nomás.
Le gruño. No me gusta que se vuelva tan personal.
—Dime si el apartamento desde el cual me tomas fotos también es tuyo.
—¿Qué fotos?
—No te hagas.
—Te estoy ayudando, no acosando.
—¿Por qué me ayudas, Donovan? —pregunto, y esta vez no hay sarcasmo en mi voz. Solo una curiosidad cruda y desesperada—. Podrías haberme dejado caer. Podrías haber usado mi informe para mandarme a la cárcel por espionaje industrial. ¿Qué ganas tú con esta "dupla"?
Donovan deja la copa sobre la mesa. Su expresión se vuelve seria, y por un segundo, el "Santo de Manhattan" desaparece para dejar paso al hombre que carga con el peso de Jude sobre sus hombros.
—Gano dos cosas. Primero, mantengo a mi hermana fuera de los titulares. Vance no quiere solo mi dinero, Taylor. Quiere el secreto de Jude. Quiere usar su enfermedad para decir que el gran filántropo de Nueva York está desviando fondos de sus fundaciones para un "experimento médico ilegal". Si eso sale a la luz, la fundación se cierra, la investigación se detiene y Jude... Jude pierde su única oportunidad.
Su voz tiembla apenas un milisegundo, pero es suficiente para que yo sienta esa punzada en el pecho que creía haber extirpado junto con mi fe en la humanidad.
—¿Y lo segundo? —susurro. Él se inclina hacia adelante. Estamos tan cerca que puedo oler su perfume: sándalo, poder y algo que se parece sospechosamente a la honestidad.
—Lo segundo es que me diviertes, Taylor Evans. Me fascina la forma en que intentas convencer al mundo de que no tienes corazón mientras te desvives por salvar la inocencia de un cardiólogo que cree que el musgo es un elemento decorativo aceptable. Bueno, además de que sabes ir en contra de los malhechores, eres una suerte de justiciera al estilo SAW, pero con menos guillotinas. Sí, eres fascinante.
Me quedo sin palabras. Yo. Taylor Evans. La mujer que tiene una respuesta cínica para todo, desde el cambio climático hasta las bodas reales, estoy aquí, callada, mirando a un millonario que acaba de diseccionarme el alma con la misma facilidad con la que yo disecciono una cuenta bancaria.
¿Tengo opción acaso? Ahora mismo yo lo necesito más que él a mí, así que tengo que descubrir qué tengo realmente que él desea. ¿Acceso a la deep web? ¿Amigos hackers de los más expertos? ¿Qué? ¿Qué hay en mí que quiere él? Bueno, es mi culpa por ser un ratón que se metió de manera voluntaria al escondite de la serpiente.
—Bien —digo, recuperando mi armadura de hierro—. Acepto la dupla. Pero pongamos las reglas sobre la mesa. Yo soy la profesional de la destrucción. Tú eres el capital y el soporte técnico. No me digas cómo hacer mi trabajo, y yo no…te preguntaré cómo logras que tu pelo se vea así después de un vuelo transatlántico.
En realidad estuve a punto de decir “no te preguntaré qué carta te tienes guardada”, pero me exhibí al demostrar que este hombre es infernal.
Donovan suelta una carcajada, una de verdad, de las que iluminan la cara y te hacen olvidar que estás planeando un magnicidio social.
—Trato hecho. ¿Cuál es el primer paso, jefa?
—El primer paso es que el Cliente Anónimo reciba su informe—digo, con una sonrisa que tiene más dientes que una película de Steven Spielberg—. Pero no el que ellos esperan. Vamos a darles un informe tan jugoso, tan lleno de "pruebas" falsas pero verosímiles, que Vance y Sterling se vuelvan locos de codicia. Los vamos a atraer a un lugar donde podamos atraparlos a ambos.