Los Juegos del Odio

23

Mi vida se ha convertido en un episodio de esos progamas que hacen remodelaciones extremas, pero en lugar de remodelar una casa, estoy intentando que sea con mi alma mientras un equipo de demolición liderado por Donovan Cash golpea las paredes de mi cordura.

Han pasado cuarenta y ocho horas desde el incidente del unicornio y la nota de Julien. Logré convencerlo de que Mark Sterling era un mentiroso resentido porque me negué a trabajar para él debido a sus "irregularidades éticas" (una verdad a medias que Julien aceptó porque su capacidad para creer en la bondad ajena es, a la vez, su rasgo más hermoso y el más irritante). Sin embargo, la tregua es más frágil que una copa de cristal en manos de un elefante con Parkinson.

Estamos en la sala de nuestro apartamento, rodeados de muestras de "invitaciones sensoriales".

—Taylor, cariño, presta atención a esto—dice Julien, pasándome un papel que parece haber sido fabricado con pelusa de ombligo de monje—. Esta invitación no solo es biodegradable.

Al abrirla, libera una microdosis de esencia de sándalo y aceite de lavanda para que nuestros invitados entren en un estado de coherencia cardíaca antes de llegar a la ceremonia.

—Ajá —respondo, mirando el papel pero viendo, en realidad, el reflejo de la mandíbula de Donovan Cash en el cristal de mi copa de vino.

—¿Ajá? ¿Eso es todo lo que tienes que decir? —Julien frunce el ceño—. La coherencia cardíaca es fundamental, Taylor. Queremos que nuestra unión sea un catalizador de paz para todos los presentes.

Intento concentrarme. De verdad. Pero mi cerebro tiene cuarenta y ocho pestañas abiertas y todas están reproduciendo el video de Donovan en Italia, descalzo, con la camisa abierta y esa mirada de saber exactamente lo que estás pensando y le encanta. ¿Cómo vive una persona que las veinticuatro horas del día sabe que hay alguien que lo tiene en sus fantasías más impuras?

No puedo dejar de pensar en que él no es el enemigo. Él es el hombre que cuida a su hermana en una villa secreta mientras el resto del mundo lo adora por las razones equivocadas. Bueno, no equivocadas, solo incompletas. Donovan es como un iceberg de perfección: lo que la gente ve es solo la punta, pero debajo hay una profundidad de sacrificio y poder que me resulta... aterradora.

Y excitante. Sí, es muy excitante.

—Taylor, te he hecho una pregunta —la voz de Julien sube de tono.

—Lo siento, amor. Estaba pensando en... en la logística de la seguridad. Mark Sterling puede embriagarse o enojarse conmigo porque lo recha…

—Olvida a Mark. Olvida el trabajo. Por una vez en tu vida, ¿podrías estar presente en nuestra boda?

Julien se levanta, su paciencia finalmente evaporándose.

—Llevas semanas ausente. Tu cuerpo está aquí, pero tu mente está en algún lugar oscuro, calculando daños o planeando una agenda que no me tiene en consideración en absoluto. A veces siento que me estoy casando con un algoritmo, no con una mujer. Con mi futura esposa…

Siento una punzada de culpa. Julien tiene razón. Estoy siendo la peor prometida de la historia de los compromisos. Pero la presión es demasiada. Tengo al Cliente Anónimo (que ahora sé que es el dúo dinámico de la estupidez, Vance y Sterling) amenazándome, y a Donovan Cash invitándome a almorzar mientras me lee el pensamiento.

—No soy un algoritmo, Julien. Solo estoy bajo mucho estrés —le digo, tratando de sonar razonable mientras mi teléfono vibra en mi bolsillo. Sé que es Donovan. Puedo sentir la vibración "sexy" del mensaje. O deseo que sea él, caramba, qué rayos me pasa.

—¿Estrés? ¿O es que esto no te importa?

Julien señala el catálogo de "Rituales Ancestrales para Bodas Modernas".

—He pasado tres horas hablándote del ritual de la arena y el intercambio de cristales de cuarzo para limpiar el aura de nuestra futura casa, y tú solo has mirado tu reloj quince veces.

—Es que... Julien, ¿en serio? ¿Cristales de cuarzo? —el cinismo, mi viejo amigo, sale de su escondite con los dientes afilados—. Vamos a casarnos en Manhattan, no en un retiro espiritual en Sedona con gente que no se ducha.

—¡Es simbólico, Taylor! —exclama Julien, herido—. Se trata de la intención. De poner amor en cada detalle. Pero tú... tú solo pones una pizca de atención cada tanto.

—¡Pongo la factura de las peonías, Julien! ¡Pongo el alquiler del salón! ¡Pongo la bendita realidad sobre la mesa para que tú puedas seguir viviendo en tu mundo de batidos verdes y corazones de huerfanitos! —estallo, poniéndome de pie.

La habitación se queda en silencio. Un silencio denso, cargado del olor a esencia de lavanda de las invitaciones que ahora me parece insoportable.

—¿Eso es lo que piensas? —pregunta Julien con una voz tan baja que me hiela la sangre—. ¿Que mi mundo es una fantasía que tú financias con tu "realidad" sucia?

—No he dicho eso…

—¡Sí lo has dicho! —grita él, y es la primera vez que lo veo perder el control—. ¡Te burlas de todo! Te burlas de mi dieta, te burlas de mi música, te burlas de mis amigos, ¿crees que no noto que no me tomas en serio en absoluto? ¡Me vale un bledo que el menú sea vegetariano si eso significa que no tengo que ver esa cara de desprecio cada vez que te sirvo un plato de comida saludable! ¡Y me valen un bledo los rituales espirituales si los vas a hacer con esa actitud de "estoy por encima de todo esto"!

—¡Es que me vale un bledo el menú vegetariano, Julien! —le grito de vuelta, perdiendo los estribos por completo—. ¡Odio la coliflor al vapor! ¡Odio el risotto de algas! ¡Sabe a cartón mojado con aspirinas! Y me importan una mi#rda los cristales de cuarzo y la coherencia cardíaca. ¡Quiero una boda normal, con comida de verdad, con alcohol que no sea orgánico y con una pareja que no intente alinear mis chakras cada cinco minutos!

Julien retrocede como si le hubiera dado una bofetada. Su rostro se descompone. El cardiólogo que salva vidas, el hombre que me recogió cuando yo era un desastre de deudas y rencor, me mira ahora como si fuera una extraña. Como si fuera el monstruo que Mark Sterling le advirtió que era.



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

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