Julien se da la vuelta y camina hacia el dormitorio.
Escucho el sonido de la puerta cerrándose con una suavidad que duele más que un portazo. Me quedo sola en el salón, rodeada de invitaciones que huelen a sándalo y a fracaso. Siento que el aire me falta. ¿Qué he hecho? He herido al único hombre que me ha amado de verdad. He destrozado su ilusión con mi lengua de víbora. Me dejo caer en el sofá, tapándome la cara con las manos.
—Soy una imb#cil —susurro para mí—. Una est#pida profesional. Tengo que arreglarlo. Tengo que entrar ahí, pedirle perdón de rodillas, decirle que comeré tofu el resto de mi vida si hace falta.
Me levanto, lista para la reconciliación, con el corazón encogido de arrepentimiento. En ese momento, mi móvil vuelve a vibrar.
Esta vez no es un mensaje.
Es una llamada.
Donovan Cash.
No contesto. No puedo. Estoy a punto de perder mi boda. Pero el teléfono sigue insistiendo. Una, dos, tres veces. A la cuarta, lo atiendo con rabia.
—Donovan. ¿Qué pasa ahora?—farfullo.
—¿Y eso? Baje el tono, jefa—la voz de Donovan suena tranquila, imperturbable, como si estuviera sentado en una nube de éxito—. Estoy abajo, en tu portero.
—¿Qué? ¡Vete de aquí! No estoy para juegos ahora mismo. Julien está... estamos…
—Julien está en el dormitorio y tú estás a punto de tener un ataque de pánico —dice él, y me pregunto si realmente tiene cámaras en mis globos oculares—. He reservado una cena privada. Solo tú y yo. Tenemos que discutir los últimos movimientos de Vance antes de que el fiscal reciba los archivos.
—No voy a ninguna parte contigo—siseo—. He herido a Julien. Tengo que arreglarlo, no puedo darte explicaciones ahora.
—No vas a arreglar nada con esa actitud de culpa y rabia, Taylor. Solo vas a empeorarlo. Ven conmigo. Hagamos el trabajo, terminemos con Vance y Sterling, y luego podrás volver y ser la perfecta esposa de lino orgánico que tanto te esfuerzas en ser. Pero ahora, te necesito.
—He dicho que no.
—Taylor... —su voz se vuelve más baja, más persuasiva, una vibración que me recorre la espalda—. No es una invitación. Es una exigencia profesional. Ya sabes que si fallamos en esta alianza, ambos estamos perdidos, yo con mi negocio y tú con tu cardiólogo y tu boda.
Me quedo helada. ¿Me está extorsionando? ¿El santo de Manhattan me está amenazando con mi propio secreto?
—Si te hundes, estás comprometido a arrastrarme contigo—susurro.
—No si me mantienes a flote. Te espero en el Rolls. Tienes cinco minutos.
Cuelga. Miro hacia la puerta del dormitorio. Puedo escuchar a Julien moviendo cosas, probablemente preparándose para una noche de silencio gélido o cambiando de lugar los muebles porque a veces dice que eso ayuda a renovar las energías. Si entro ahora, la discusión seguirá. Si me quedo, me consumirá la culpa. Y si me voy... si me voy con Donovan, quizás pueda terminar con esta pesadilla de una vez por todas. Es una elección imposible. El amor de mi vida o el hombre que tiene las llaves de mi destrucción. Camino hacia el dormitorio y llamo suavemente a la puerta.
—¿Julien?
No hay respuesta.
—Cielo, de verdad lo siento. No quería decir esas cosas... es solo que el trabajo... Escucha… no es personal. Pero ahora mismo debo…debo irme… yo… tengo una emergencia. Tengo que salir una hora. Solo una hora. Cuando vuelva, hablaremos de todo. Elegiremos las orquídeas, lo juro.
Silencio absoluto desde el otro lado. Es el tipo de silencio que te dice que has cruzado una línea de la que no se vuelve fácilmente y que la estoy extralimitando lo máximo posible.
—Te amo, Julien —digo, aunque la palabra suena hueca en este pasillo lleno de mentiras.
No recibo respuesta.
Agarro mi bolso, me pongo mi abrigo de cachemira y salgo del apartamento con la mínima esperanza de que me detenga, pero no sucede…
El ascensor parece bajar más lento que de costumbre, dándome tiempo para arrepentirme de cada paso. Pero cuando las puertas se abren y salgo a la calle, el aire frío de la noche me golpea con una realidad cruda.
Allí está.
El Rolls-Royce negro, imponente, aparcado frente a mi puerta como un monumento al exceso. El chófer me abre la puerta y me deslizo dentro del habitáculo que huele a cuero nuevo y a ese bendito perfume de Donovan. Donovan está sentado en el asiento de atrás, con una tablet en la mano y una copa de champán esperándome en el reposabrazos. Se ve impecable, como siempre. Ni un pelo fuera de lugar, ni una mancha en su conciencia de titanio.
—Estabas tardando, Taylor —dice, sin levantar la vista de la pantalla.
—Cállate, Donovan y deja de espiarme por el móvil o por un micrófono o la estrategia que tus equipos criminales hayan implementando en mi casa. —Me hundo en el asiento, ignorando el champán—. ¿Qué es tan urgente?
—Vance ha intentado hackear la cuenta de la fundación de Jude hace diez minutos —responde él, cerrando la tablet y mirándome por fin. Sus ojos avellana brillan con una intensidad que me hace querer saltar del coche en marcha—. Ha sido un intento torpe, pero significa que está desesperado. Mark Sterling está perdiendo los nervios y Vance está empezando a cometer errores. Es el momento de dar el golpe final.
—¿Y para eso necesitabas sacarme de mi casa en medio de una crisis de pareja?
—Necesitaba que recordaras quién eres, Taylor —se inclina hacia mí, invadiendo mi espacio con esa confianza letal—. Eres la mujer que destruye reputaciones. Eres el tiburón de Manhattan. No eres una decoradora de bodas obsesionada con el musgo. Julien es un buen hombre, un santo de verdad... pero no es para ti. Y tú lo sabes. Y quizá haya filtrado algún micrófono por ahí, pero si ya sabes que estoy espiándote, entonces pierde la diversión.
—Tú no sabes nada de lo que es bueno para mí —le espeto, aunque mi voz tiembla—. Julien me da paz. Me da una vida real.
—Te da una vida de mentira, Taylor —me corrige Donovan, rozando con sus dedos el dorso de mi mano—. Porque para estar con él, tienes que esconder todo lo que te hace ser tú. Conmigo... conmigo no tienes que esconder nada. Sé exactamente qué clase de monstruo eres. Y, como ya te he dicho, me fascina.