El restaurante se llama L’Obscurité, y hace honor a su nombre.
Es el tipo de sitio donde los ricos vienen a pedir cosas de una carta que no pueden leer en una penumbra tan densa que podrías estar cenando con un fugitivo del FBI o con tu propio ex y no te darías cuenta hasta que llega la cuenta de cuatro cifras.
La iluminación es tan escasa que sospecho que el equipo de diseño de interiores fue despedido a mitad de camino por intentar ahorrar en bombillas, o quizás es que el aura de Donovan Cash es tan cegadora que el resto del universo necesita compensar bajando los vatios.
Estoy sentada frente a él, intentando que mi tenedor no tiemble mientras disecciono algo que el camarero describió como "corazón de alcachofa confitado en esencia de unicornio".
O algo así. Al menos no tiene alma propia y gusto a pasto como otras delicias a las que vengo ya acostumbrada.
A estas alturas, mi cerebro solo registra sándalo, ojos avellana y una creciente sensación de que estoy caminando hacia una trampa de seda.
—No me cuadra, Donovan—digo, dejando el cubierto sobre la porcelana fina. El sonido resuena como un disparo en el silencio sepulcral del reservado—. Alexander Vance vivía sobre una tienda de kebabs hace dos semanas. Mark Sterling usa calcetines de Bitcoin y tiene la agudeza mental de un hámster con resaca. ¿Me estás diciendo que ellos dos, por arte de magia, montaron una red de servidores encriptados, contrataron hackers de nivel estatal y me están vigilando con tecnología que ni siquiera Google tiene?
Donovan no responde de inmediato.
Se lleva la copa de cristal tallado a los labios y bebe con una parsimonia que me saca de mis casillas.
La luz de una sola vela en el centro de la mesa esculpe las sombras de su rostro, haciéndolo parecer un villano de una película de espías que, lamentablemente, es demasiado guapo para que el público quiera que lo arresten.
—El odio es un motor muy potente, Taylor —responde él, con su voz vibrando en el aire de manera similar a un bajo eléctrico—. Vance tenía los contactos de su época de gloria. Sterling tiene la ambición de un hombre pequeño que quiere sentirse grande y viene de una familia con poder. Juntos, son el equipo perfecto del resentimiento. No subestimes a un idiota con dinero heredado y a un hombre que lo ha perdido todo por tu culpa.
—Ya, pero… —intento argumentar, pero mi mente se siente un poco más lenta de lo habitual.
—Bebe, Taylor. Te ves tensa. Y la tensión es el peor enemigo del análisis estratégico.
Vuelve a llenar mi copa. Es un champán Vintage Krug que cuesta más que mi primer coche. Las burbujas suben como pequeñas promesas de olvido. Le doy un sorbo largo, sintiendo cómo el frío y el azúcar me acarician la garganta. Julien está en casa. Julien me ama. Julien quería orquídeas blancas.
—¿Y si hay alguien más?—insisto, aunque mi voz suena ahora un poco más aterciopelada—. ¿Y si Vance y Sterling son solo la fachada de un Cliente Anónimo de verdad? Alguien con más… recursos. Alguien que nos conoce a ambos. Donovan se inclina hacia adelante. El espacio entre nosotros se reduce hasta que puedo ver el color exacto de las motas doradas en su iris.
—¿Crees que yo te mentiría, Taylor? —pregunta. No es una pregunta agresiva; es casi un desafío íntimo.
—Creo que eres un hombre de negocios, Cash. Y los hombres de negocios siempre tienen una agenda.
—Mi única agenda esta noche es que salgas viva de este lío. —Su mano se desliza por la mesa, rozando apenas la punta de mis dedos. El contacto me envía un calambre de adrenalina que mi hígado, ya algo ebrio, interpreta como una señal de caos potencial—. Confía en mí. He rastreado los pagos. Vienen de las cuentas puente de Sterling. No hay nadie más y tengo a los mejores equipos buscando. Solo son dos hombres desesperados por hundirnos.
Asiento, aunque una parte de mí —la parte que no está nadando en champán— grita que algo no encaja. Pero Donovan es tan convincente, tan sólido, tan… presente.
Es difícil mantener el raciocinio cuando tienes a un dios griego asegurándote que el mundo es plano mientras te sirve otra copa de burbujas de lujo.
—Brindemos por la destrucción de los idiotas —murmuro, levantando mi copa.
—Por nosotros, Taylor —rectifica él, chocando su cristal contra el mío con un tintineo que suena a sentencia.
Para cuando terminamos la cena, el restaurante ya no me parece oscuro, sino acogedor. Mi cinismo se ha suavizado hasta convertirse en una especie de euforia flotante. Donovan me ayuda a ponerme el abrigo de cachemira, y sus manos se demoran un segundo de más en mis hombros. Siento su calor a través de la tela, una presencia masiva que me hace olvidar el frío de Nueva York y la decepción en los ojos de Julien. Salimos a la calle. El aire nocturno debería espabilarme, pero solo sirve para que el alcohol se me suba a la cabeza definitivamente.
El Rolls-Royce negro nos espera, rutilante bajo las farolas, como una bestia dormida. El chófer, un hombre con la discreción de una tumba llamado Arthur, nos abre la puerta.
Donovan entra primero y me ofrece la mano para ayudarme a subir. Sus dedos se cierran sobre los míos con una firmeza que me hace sentir, por primera vez en mi vida, que no tengo que ser la que mande.
Y esa es la mentira más peligrosa de todas.
El interior del coche huele a cuero, a sándalo y a esa calma cara que solo el dinero puede comprar.
Arthur cierra la puerta y el mundo exterior desaparece.
El aislamiento acústico es absoluto; es como si estuviéramos en una burbuja de lujo flotando sobre el asfalto de la Quinta Avenida. Donovan pulsa un botón y la mampara de cristal insonorizado que nos separa de Arthur se vuelve opaca.
—¿Qué haces? —pregunto, con una risita tonta que odio en cuanto sale de mi boca.
—Privacidad, Taylor—dice él, girándose hacia mí. La luz azul tenue del interior del Rolls hace que sus abdominales, que apenas contemplo bajo la camisa de seda, parezcan tallados en mármol—. Me dijiste que querías discutir el plan de acción sin interferencias.