Los Juegos del Odio

26

Faltan setenta y dos horas para mi boda y mi vida no es un cuento de hadas; es un episodio de un peligroso policial cruzado con un anuncio de antidepresivos.

Mi cerebro está funcionando a base de café solo, adrenalina pura y la culpa más espesa que he sentido en mis treinta años de existencia.

Una culpa que tiene nombre, apellido, una cuenta bancaria con más ceros que mi código postal y un recuerdo táctil de lo que sucedió en el asiento trasero de un Rolls-Royce.

Estoy sentada en el suelo de mi vestidor, rodeada de cajas de zapatos que cuestan lo mismo que un trasplante de órgano, intentando respirar sin que me dé un síncope.

El olor a sándalo parece haberse tatuado en mis fosas nasales pese a que han transcurrido los días de que lo olí por primera vez (y mordí el cuero del asiento trasero del coche de Cash). Me froto las sienes.

—Taylor, concéntrate —me susurro—. Tienes un problema logístico. Bueno, tres. Uno: tu prometido es un santo que te odia ahora mismo porque han pasado los días y no conseguiste reivindicarte. Dos: te acostaste con tu "objetivo" profesional. Tres: un psicópata anónimo te está amenazando con convertir tu banquete de bodas en una ejecución pública por no haber dado lo que debías a tiempo y no tiene idea de que cambiaste de bando.

Mi teléfono, que está tirado sobre una alfombra de pelo de camello, vibra con la agresividad de un martillo neumático. Lo miro con el mismo pánico con el que una gacela mira a un león con hambre.

MENSAJE DEL CLIENTE ANÓNIMO: "72 horas, Taylor. El tiempo de jugar a las dos bandas se ha terminado. O entregas el informe final que destruya la Fundación de Jude y la carrera de Cash antes de las 6:00 PM de mañana, o el video de tu 'sesión de estrategia' en el Rolls-Royce será el video de bienvenida en tu recepción. Imagina la cara de tu lindo cardiólogo al ver cómo celebras tu despedida de soltera. No me obligues a apretar el botón. Ejecuta el plan. Ahora.”

¡¡¿QUÉEEEEE?!!

Siento un chorro de hielo líquido bajando por mi columna. El video. Tienen el video. No solo saben lo de Italia; tienen cámaras en el coche de Donovan.

—¡Por todos los cielos! —grito, lanzando un zapato de Jimmy Choo contra la pared. El tacón deja una marca en la pintura, pero me importa un bledo.

Algo no encaja.

Mis dedos vuelan sobre mi portátil encriptado.

Llamo a la línea segura de "Los Vengadores del Sótano" y consigo contactar de inmediato con mis colegas.

—Wifi, Rata, necesito que me escuchen y dejen de comer doritos por un segundo —siseo por el micrófono—. He recibido otra amenaza. Saben lo del coche. Saben lo que pasó hace unas horas, cómo rayos es que tienen tanto acceso.

—Taylor, hemos estado rastreando —responde Wifi, y su voz suena más nerviosa que de costumbre—. Alexander Vance está en un motel de mala muerte en Jersey. Lo hackeamos hace una hora. El tipo se está gastando sus últimos diez dólares en una máquina de apuestas online. No tiene el equipo para interceptar un Rolls-Royce blindado.

—¿Y Mark Sterling? —pregunto, con el corazón en la garganta.

—Mark Sterling está en el club de golf con su padre, intentando explicar por qué su historial de búsqueda incluye "cómo comprar Bitcoin sin que te rastree tu mujer" —dice Rata—. Taylor, te lo juro por mi colección de tarjetas gráficas: no son ellos. Vance y Sterling son solo dos idiotas que alguien puso en un despacho para que nosotros los encontráramos. Son el cebo.

Me quedo helada. Si Vance y Sterling son el cebo, significa que el verdadero Cliente Anónimo es alguien con una inteligencia superior, alguien que sabe exactamente cómo pienso, alguien que me ha estado observando no desde la calle 57, sino desde mucho más cerca. ¿Alguien que conoce mis debilidades? ¿Alguien que sabe que Donovan Cash es mi talón de Aquiles?

—Sigan buscando —ordeno, cerrando la tapa del portátil con un golpe seco.

Salgo del vestidor e intento poner mi mejor cara de "novia estresada pero inocente". Julien está en la cocina. El ambiente es tan tenso que podrías usarlo para afilar cuchillos. Él está cortando apio con una precisión quirúrgica que me resulta vagamente amenazante.

—Julien… —me acerco con cautela, como si estuviera entrando en un campo de minas—. ¿Podemos hablar? Siento mucho lo que ha venido sucediendo entre nosotros. Siento lo que dije del menú y de los cristales de cuarzo. Estaba… abrumada por el trabajo.

Julien se detiene. Deja el cuchillo sobre la tabla. No me mira. Se queda mirando el apio como si fuera un órgano vital que acaba de extraer.

—No se trata solo de la comida, Taylor —dice, y su voz es un susurro gélido—. Se trata de que no estás aquí. Te miro y veo una pared de cristal. Te toco y siento que estás calculando una ruta de escape. ¿Qué es lo que me ocultas? Mark Sterling no me mintió. Me dijo que eres una mujer peligrosa. Me dijo que te diviertes rompiendo a la gente, como si mi prometida fuese una psicópata.

—¡Mark es un despechado, Julien! —exclamo, intentando que mi voz no suene como la de una culpable—. Me pidió que hiciera algo ilegal para su campaña y le dije que no. Por eso te envió ese mensaje. Me está usando para llegar a ti por la vía de la mentira.

Julien se gira por fin. Sus ojos, que siempre han sido mi puerto seguro, están vacíos.

—Otro tema: ¿Puedes explicarme por qué saliste corriendo hace unas noches? ¿Con quién fuiste a cenar mientras yo me quedaba aquí preguntándome si nuestra boda era un error?

—Fue un cliente de urgencia, te lo dije… —empiezo a mentir, pero la palabra se me traba en la garganta al recordar la boca de Donovan sobre la mía.

—Espero que el informe valga la pena, Taylor —dice él, volviendo a su tarea—. Porque el catering ya está pagado, las orquídeas blancas están en camino y yo… yo estoy intentando convencerme de que la mujer que amo sigue ahí dentro.

Me acerco e intento abrazarlo por la espalda, pero él se tensa. Es como abrazar una estatua de mármol.



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

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