Mi móvil vuelve a sonar.
Es una llamada de una persona desconocida lo cual me pone tensa en extremo.
Me alejo hacia el baño y cierro la puerta con pestillo.
—¿Hola?
—Parece que tu cardiólogo tiene un pulso muy estable para alguien que está siendo traicionado tan metódicamente —la voz de Donovan Cash suena como una caricia pecaminosa en mi oído—. ¿Cómo va la reconciliación, Taylor? ¿Ya le has convencido de que eres un ángel de luz?
—¡¿Cómo puedes ser tan cínico?! —siseo, pegando la espalda a la puerta—. Tienen un video, Donovan. Tienen el video del coche. El Cliente Anónimo sabe lo que pasó anoche. Me están extorsionando. Dicen que si no entrego el informe final mañana, pondrán el video en la pantalla gigante de mi boda. ¡Y a ti toda esta basura te parece divertida, por todos los cielos!
Hay un silencio al otro lado que me desespera. Un silencio que dura demasiado. ¿Qué estará tramando ahora este monstruo?
—¿Donovan? —mi voz suena pequeña, asustada.
—Nadie entra en mis servidores, Taylor —dice él, y esta vez su voz no es sexy, es letal—. Y nadie pone cámaras en mi coche. Si tienen ese video, es porque yo lo permití o porque alguien hackeó la conexión en vivo de mi sistema de seguridad en el momento exacto.
—¿Qué…? ¿Qué me estás queriendo decir? ¿Me estás diciendo que tú me grabaste? —el aire se me escapa de los pulmones.
—Yo no grabo a las mujeres con las que comparto mi tiempo, jefa. Pero mi sistema de seguridad envía una señal cifrada a mi oficina central en tiempo real. —Hace una pausa—. Escúchame bien. Si tienen ese video, el Cliente Anónimo no es un hacker cualquiera. Es alguien con acceso a mis protocolos de alta frecuencia. Y solo hay cinco personas en el mundo con esa capacidad.
—¿Quiénes?
—Yo, mi hermana Valentina, mi jefe de seguridad… y dos inversores que murieron hace tres años. —Donovan suelta un suspiro pesado—. Taylor, algo está muy mal. Quédate en casa. No hagas nada. Voy a rastrear quién descargó ese archivo. Mi hermana no tiene idea sobre hackeos así que queda descartada.
—¡No puedo quedarme en casa! —grito en un susurro—. ¡Tengo una boda que organizar y un psicópata amenazándome! Y Julien sospecha, Donovan. Siente el olor a mentira cada vez que entro en la habitación.
—Ponte perfume de incienso y sonríe —dice él, volviendo a su tono provocador—. Nos vemos mañana. Ah, y Taylor…
—¿Qué?
—El video es de alta definición. Si llega a salir a la luz, al menos la gente sabrá que tienes un gusto excelente para elegir vestidos de excelente calidad.
Cuelga.
Me entran ganas de tirar el teléfono al inodoro. ¿Cómo puede ser tan arrogante? ¿Cómo puedo sentir este calor en las mejillas después de que prácticamente me haya dicho que mi ruina social es "HD"?
Salgo del baño y me encuentro con Penelope, la organizadora de bodas, que acaba de entrar en el apartamento con una caja llena de "Palomas de la Paz Biodegradables".
—¡Señorita Evans! ¡Aquí están! —exclama Penelope, que parece haber consumido tres litros de bebida energética—. Son palomas hechas de papel de arroz y semillas de amapola. El plan es que, tras el "sí, quiero", trescientas personas las lancen al aire. En cuanto llueva, las palomas se desharán y de ellas nacerán flores silvestres en el jardín del hotel. ¿No es lo más poético que ha escuchado nunca?
Miro la paloma de papel de arroz. Parece un hámster con alas.
—Penelope, trescientas personas lanzando hámsteres de papel de arroz no es poético, es un peligro para la navegación aérea —respondo, recuperando mi cinismo por puro instinto de supervivencia.
—¡Oh, Taylor, siempre tan pragmática! —ríe ella, aunque sus ojos brillan con el miedo de los que tratan con novias psicóticas—. Julien me ha dicho que ya han elegido las orquídeas. ¡Todo va sobre ruedas! Solo necesitamos que firmes el último pago de la orquesta.
Firma.
Dinero.
Transacciones.
Mi vida es una serie de cheques que pagan mentiras.
Firmo el documento de la orquesta pensando en que, si el Cliente Anónimo cumple su amenaza, la orquesta tendrá que tocar el "Réquiem" de Mozart en lugar de la marcha nupcial.
Paso la tarde en un torbellino de caos. Recibo llamadas de mi madre preguntando si el velo es de herencia de la familia de Julien (no, mamá, es de Vivienne y cuesta lo que tu casa), de Bianca preguntando si todavía sigo con el plan de destruir a Cash (estoy más bien en el plan de "destrucción mutua asegurada", Bianca) y de mis hackers enviándome datos contradictorios.
La adrenalina me mantiene en pie, pero el corazón me late tan rápido que temo que Julien, el cardiólogo, me diagnostique una arritmia solo con mirarme.
A las 10:00 PM, el apartamento está en silencio. Julien se ha ido a dormir al cuarto de invitados —otra vez— alegando que necesita descansar para una cirugía difícil mañana. Es mentira. Solo quiere alejarse de mi radiación de culpa.
Me encierro en mi oficina.
Las sombras de los rascacielos de Manhattan se alargan sobre mi escritorio como dedos negros. Abro la carpeta de Donovan.
La foto de Jude.
—¿Quién eres tú, Cliente Anónimo? —susurro a la pantalla—. No eres Vance. No eres Sterling. Ellos no tienen la finura para usar a Jude como arma. Ellos habrían gritado el secreto a los cuatro vientos hace semanas. Tú… tú quieres que yo lo haga. Quieres que yo sea la mano que apriete el gatillo.
Vuelvo a rastrear los correos. Hay un patrón. El lenguaje. No es el lenguaje de un criminal. Es el lenguaje de alguien que me conoce. De alguien que sabe que odio el agua con limón. De alguien que sabe que mi padre murió en un coche bajo la lluvia. "O tu boda con menú de pasto y agua se convertirá en un funeral". Pasto y agua.
De repente, la pantalla de mi monitor parpadea.
Un nuevo mensaje del Cliente Anónimo. Pero esta vez no es texto. Es una foto. Es una foto tomada hace treinta segundos. Es una foto de la puerta de mi oficina cerrada, tomada desde el pasillo de mi casa. Debajo, yace una sola frase: "Duerme, Taylor. Mañana tienes mucho trabajo que hacer."