EL DÍA DE LA BODA.
Nueva York tiene una luz especial los sábados de primavera, una claridad que parece prometer que, si tienes suficiente dinero y el labial adecuado, puedes borrar cualquier pecado del pasado. Hoy, esa luz entra a raudales por los ventanales del St. Regis, iluminando las trescientas sillas de terciopelo y el bendito musgo que ahora recubre las columnas.
Es una luz que juzga. Es una luz que no perdona.
Estoy en la suite nupcial, y el espejo me devuelve la imagen de una desconocida.
Vivienne ha hecho un trabajo milagroso: el vestido de seda perla se ajusta a mi cuerpo como una segunda piel, las mangas de encaje ocultan el temblor de mis brazos y el velo de tul suaviza mis facciones hasta convertirme en la personificación de la inocencia. Soy una obra maestra del disimulo. Soy la Gioconda de la extorsión corporativa.
—Taylor, estás... ni siquiera tengo un adjetivo en mi vocabulario de marketing —dice Bianca, acercándose con una copa de champán que brilla más que mi futuro—. Pareces una virgen de altar, y ambas sabemos que tienes más colmillos que un tiburón blanco con un doctorado en cinismo. Bebe esto. Tus manos están tan frías que podrías conservar el salmón del buffet en ellas.
Tomo la copa y bebo.
El alcohol me quema la garganta, pero no logra calentar el vacío glacial que siento en el estómago. Tres días de amenazas llevadas al extremo. Tres días de paranoia brutal y un odio visceral.
Anoche, cuando fingí con él por primera vez en nuestra cama, sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente. No era solo la culpa por Donovan Cash y el recuerdo de su piel sobre la mía en aquel Rolls-Royce. Era la sensación de que mi vida entera era una estructura de cartón piedra a punto de colapsar bajo una tormenta de estiércol digital.
—Es hora —anuncia Penélope, entrando con su walkie-talkie y una expresión de urgencia maníaca que me hace sospechar que ha inhalado tres líneas de azúcar glass—. La orquesta ha empezado con el preludio de Bach. Las palomas de arroz están en posición de ataque. El Doctor está en el altar, luciendo como un ángel que acaba de caer del cielo y ha aterrizado en una tienda de Armani. Taylor, respira. Intenta que tu cara no grite "tengo un cadáver en el maletero" y muestra tu mejor sonrisa.
Salgo de la suite con las piernas de plomo.
Camino por el pasillo del hotel, del brazo de mi tío, y el sonido de la marcha nupcial empieza a retumbar en mis oídos como un tambor de guerra.
Las puertas dobles se abren y el salón se despliega ante mí: un mar de rostros de la élite de Manhattan, el brillo de las joyas de cinco mil quilates, el aroma pesado de las orquídeas blancas que, curiosamente, ahora me huelen a hospital. Y al final del pasillo… él. Julien está de pie frente al juez de paz.
Se ve devastadoramente guapo. Su rostro está serio, casi solemne. Pero cuando mis ojos se encuentran con los suyos a través del tul del velo…
…no veo la calidez de siempre.
Hay algo en su mirada que no reconozco.
Una rigidez marmórea que me hace dudar de cada paso que doy sobre la alfombra blanca.
A mitad del pasillo, mis ojos se desvían involuntariamente hacia la derecha. Apoyado en una columna, con una copa de cristal en la mano y una expresión de aburrimiento letal, está Donovan Cash.
Me mira fijamente.
No sonríe.
Su mirada es una advertencia silenciosa que me atraviesa el esternón.
Es el único en esta habitación que sabe que la mujer de blanco es, en realidad, un soldado en territorio enemigo. Llego al altar. El tío le entrega mi mano a Julien. Sus dedos están calientes, pero su presión es mecánica, casi dolorosa. Me coloco frente a él y el juez de paz empieza el discurso de siempre sobre la paciencia, el amor, el sacrificio y la honestidad.
Honestidad.
En ese momento, casi suelto una carcajada histérica. Si la honestidad entrara en este salón, el techo del St. Regis se derrumbaría sobre nosotros por pura vergüenza. Miro a Julien de cerca. Tiene los ojos enrojecidos. Noto una pequeña vena latiendo en su sien, un tic que solo le sale cuando está operando y la situación se complica, según lo que he escuchado de parte de sus colegas.
Mi instinto de depredadora, el que me ha permitido sobrevivir en Manhattan, empieza a gritar: “¡Peligro!”
—Estamos aquí reunidos... —dice el juez, pero su voz se vuelve un zumbido lejano, como el de una abeja atrapada en un frasco. Solo puedo ver a Julien. Y de repente, veo a su lado, en la primera fila, a Mark Sterling y a Alexander Vance. Están sentados juntos, sonriendo con una complicidad que me hiela la sangre. ¿Cómo es posible? Vance odia a Sterling. Sterling desprecia a Vance. Pero ahí están, los dos "idiotas" que yo creía que eran el Cliente Anónimo complotado, luciendo como si acabaran de ganar la lotería genética y financiera.
Un momento…
Sterling es amigo de mi marido.
Pero el otro idiota no lo es.
—Taylor Evans —la voz del juez me devuelve al presente con la violencia de un bofetón—. ¿Aceptas a Julien como tu esposo, para amarlo y respetarlo, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?
Siento que el vestido de seda pesa cien kilos. Siento que el velo me corta el oxígeno. Miro a Julien, buscando un rastro del hombre que me preparaba batidos verdes, del hombre que quería centros de mesa de musgo.
—Acepto —susurro. Mi voz suena como el crujido de una rama seca. El salón contiene el aliento. El silencio es tan denso que puedo oír el tic-tac del reloj de oro de Donovan desde la tercera fila.
Es el turno del Santo de Manhattan. El turno del hombre que cura corazones.
—Julien —dice el juez con una sonrisa benévola—. ¿Aceptas a Taylor Evans como tu esposa, para amarla y respetarla, en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte los separe?
Julien no responde de inmediato.