Los Juegos del Odio

31

—Julien... —intento decir, dando un paso hacia él, pero él retrocede como si mi contacto fuera ácido sulfúrico.

—¿Amada? ¿Respetada? —se ríe él, y es un sonido quebrado, lleno de una agonía que me parte el alma por la mitad—. ¿Cómo voy a amar a un espejismo, Taylor? ¿Cómo voy a respetar a una mujer que no existe, a una mercenaria de la moralidad que ha construido nuestra vida sobre una montaña de cadáveres sociales y mentiras profesionales?

—Pero… Amor… No entiendo de qué…

—¡No intentes mentirme más!

—Julien, Julien, yo…

—Ten un poco de dignidad y no me mientas.

—No es lo que crees, déjame explicarte…

—¡No hay nada que explicar! —grita Julien, y su voz, amplificada por el micrófono del altar, retumba en las paredes doradas del St. Regis—. Pensé que eras especial. Pensé que eras la única persona real en esta ciudad de plástico que solo se ocupa de producir basura. Y resulta que eres la reina de la farsa. ¿Sabes qué es lo más gracioso, Taylor? Que yo te lo advertí. Te dije que Mark Sterling era mi amigo. Te pedí que lo ayudaras. Te ofrecí estar de lado del bando correcto y ni siquiera…ni siquiera eso pudiste hacer por mí.

Julien saca su teléfono del bolsillo del esmoquin. No tiembla, para mi sorpresa. Tiene la calma de un cirujano que va a realizar una incisión letal.

—Te preguntabas quién era el Cliente Anónimo, ¿verdad? —dice, mirándome con una piedad que duele más que su furia—. ¿Quién tenía acceso a tus servidores? ¿Quién sabía que odiabas el agua con limón? ¿Quién sabía que tu padre murió en aquel accidente y que usas esa tragedia como escudo para no sentir nada por nadie, excepto por mí? Se supone…

Me quedo sin aire. Las luces del salón empiezan a parpadear en mi visión al comprender todo incluso antes de que lo declare.

—Fui yo, Taylor. Yo soy tu Cliente Anónimo.

El mundo se detiene.

El suelo del St. Regis desaparece.

—Alexander Vance y Mark Sterling me abrieron los ojos—continúa Julien, y cada palabra es un clavo en mi ataúd—. Yo financié esa oficina en la calle 57. Quería ponerte a prueba. Quería creer que, cuando te ofrecieran una cifra obscena por destruir a un hombre inocente como Donovan Cash, dirías que no. Quería creer que eso a lo que te dedicas no era cierto. Que ni siquiera aceptarías el dinero. Quería creer que no me mentías, que cuando destruiste a Vance y Vance quiso destruirte a ti, usando a Sterling para llegar a mí, no se me arruinaría la vida y el mundo no se me caería en mil millones de pedazos.

Julien pulsa un botón en su teléfono.

La pantalla gigante que hay detrás de nosotros, la que debía mostrar nuestra felicidad en diapositivas, se enciende con un brillo azulado. No hay fotos de nuestra primera cita justamente ahí…

Hay registros de mis conversaciones con Rata.

Hay capturas de pantalla de mis informes de destrucción. Y luego, aparece el video. El video de Italia.

Mi Fiat amarillo.

Yo entrando en la villa de Donovan.

Y finalmente, el video del Rolls-Royce.

Mi pelo revuelto, mi boca sobre la de Donovan, mi traición en alta definición delante…de todo…el mundo…en mi propia boda…

Mi propio marido, mi propio amante, mi propio enemigo destruyéndose como nadie podría hacerlo en este mundo.

—Me mentiste cada día —dice Julien, y su voz ahora es un hilo de dolor puro, el sonido de un hombre que se está desangrando por dentro—. Me mirabas a los ojos después de cenar, me decías que me amabas, y luego te encerrabas en tu oficina a planear cómo hundir a un hombre que solo intentaba salvar a su hermana. Te vi hacerlo, Taylor. Te vi a través de ese ángel de cristal que te regalé. Te vi disfrutar del poder. Te vi convertirte en el monstruo que Mark Sterling me dijo que eras luego de lo que le hiciste a su socio Vance. Te vi cambiar de bando entre tu cliente y tu objetivo sin escrúpulo alguno y además acostarte con él.

—Julien, lo hice por nosotros... —logro decir, con las lágrimas rodando por mis mejillas, manchando el maquillaje de Vivienne.

—¡Mientes! —estalla él, y el dolor en su voz hace que varios invitados bajen la cabeza—. Lo hiciste por ti. Por ese retorcido placer que sientes cuando tienes la vida de alguien entre tus dedos y decides apretar. Pensé que yo podía salvarte, Taylor. Pensé que mi amor sería suficiente para limpiar tu barro. Pensé que habías encontrado una pasión, un propósito, un poco de dignidad cuando financié tu emprendimiento en la consultoría, creía que eras una empresaria honesta y no esto. Una cuasi…criminal.

Julien se quita el anillo de compromiso de su dedo —el que yo le puse con tantas promesas falsas— y lo lanza al suelo.

El diamante golpea el mármol con un sonido cristalino que resuena como un disparo.

¿Cuánto tiempo él ha arrastrado este odio? ¿Cuánto tiempo lo estuvo planeando?

Y no es todo.

La tortura sigue más y más por su parte:

—Hoy Nueva York sabe quién eres realmente. He enviado este video y tu historial completo de hackeos y extorsiones a la fiscalía y a todos los periódicos. Tu carrera ha terminado. Tu agencia ha muerto. Y yo... yo me voy a encargar de borrar cada rastro de ti de mi memoria y de mi corazón para siempre.

Julien se gira hacia los invitados, que están paralizados en sus asientos como estatuas de sal.

—Lo siento —dice con una dignidad que me hace sentir más pequeña que un insecto—. Siento haberles hecho perder el tiempo con esta farsa. No hay boda. Solo hay una verdad que ha llegado demasiado tarde…

Se le quiebra la voz y echa a llorar.

Aun asi quiero salir corriendo y abrazarle, compensar lo que hice o consolarlo, pero me evade.

Está sufriendo como jamás le vi sufrir en mi vida.

Y todo por mi culpa.

Julien baja del altar. Camina con la espalda recta, con la cabeza alta, las lágrimas rodando e ignorando los flashes de los teléfonos que ahora lo graban todo.

Se va.

El hombre al que yo creía manejar, el hombre que era mi refugio, desaparece por las puertas dobles del St. Regis, dejándome sola frente al pelotón de ejecución de la alta sociedad.



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En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

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