“Querida criatura,
¿dónde te fuiste?”
La oscuridad deja de ser negra para pasar a un color gris azulado, como el humo de un cigarrillo caro o el asfalto de Nueva Jersey bajo una tormenta eléctrica. Y huele. Huele a gasolina, a caucho quemado y a ese perfume de orquídeas blancas que, en mi delirio, se mezcla con el aroma del antiséptico de hospital.
Estoy en el asiento trasero otra vez.
Tengo siete años.
“Déjame encontrarte,
déjame abrazarte.”
Mi padre está al volante, cantando una canción de Love y Jaxton Harris, desafinando con una alegría que siempre me hacía sentir que el mundo era un lugar seguro. Me habló muchas veces de esa canción. “Bailemos en la oscuridad”.
“Juguemos cada día (¡pam, pam, pam!),
nos riamos cada día (¡du-bi, du!),
bailemos todos los días (¡tu-ti, tu!)”.
Sí, él canta la letra y yo le hago sus coros magistrales. Dubidu, titutu, pampampam y muchos más. Él siempre lo celebró.
Papá me mira por el retrovisor, me guiña un ojo y me dice:
—Taylor, princesa, eres la mejor corista del mundo.
—Y tú eres el mejor papá del mundo.
La canción termina.
—¡Pon otra papá!
—Veamos…
Su mirada se desvía al estéreo para elegir otra del reproductor que marca la imagen del disco de Love y Jaxton Harris, ese que ellos en tanto grandes estrellas de la TV y el cine compusieron para sus hijos y con el que se hicieron aún más populares hace unos años.
Y entonces, aparecen los faros.
Esas dos esferas blancas que Julien acaba de replicar en el altar del St. Regis con sus verdades de alto voltaje.
El impacto no es físico esta vez, es moral.
Siento cómo mi "marca personal" se desintegra en un millón de píxeles de humillación.
—¿Papá? —intento decir mientras la música se diluye de mis pensamientos.
Juguemos cada día…
Él se gira.
Nos riamos cada día…
Pero no tiene el rostro de mi padre.
Bailemos todos los días…
Tiene la mandíbula de Donovan Cash y los ojos decepcionados de Julien.
—Has chocado, Taylor —me dice la aparición—. Y no tienes seguro para este tipo de desastre.
***
Abro los ojos de golpe. Lo primero que registro es el techo. No es el techo de mi ático. Es un techo artesonado con pan de oro y molduras barrocas.
Estoy en una de las suites imperiales del St. Regis. Intento incorporarme, pero mi cabeza pesa lo mismo que el ego de Mark Sterling.
Siento algo pesado sobre mi pecho.
Es el encaje de mi vestido de novia.
Sigo vestida de seda perla, pero el velo ha desaparecido y una de mis mangas está rasgada.
Parezco una extra de una película de terror gótico que ha perdido una pelea contra una zombie comecerebros.
—Vaya, la Bella Durmiente del Espionaje Industrial ha decidido unirse al mundo de los vivos—dice una voz cargada de un cinismo que reconozco de inmediato, pero me sabe a hogar.
Giro la cabeza con cuidado.
Bianca está sentada en una poltrona de terciopelo, con una botella de champán en una mano y mi teléfono en la otra.
Se ve fatal, con el rímel corrido y el peinado de trescientos dólares convertido en un nido de pájaros.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —pregunto. Mi voz suena como si hubiera tragado arena de gato.
—Dos horas. Lo suficiente para que seas trending topic mundial bajo los hashtags #LaNoviaBuitre, #BodaSangrienta y #JulienEsUnHéroe. Taylor, nena, internet te está devorando viva. Hay memes de tu desmayo comparándote con una zarigüeya asustada y tu revolcada con Cash causa debates de si es IA o si es real.
Me tapo la cara con las manos.
La imagen de Julien en el altar, su voz amplificada revelando que él era el Cliente Anónimo, la farsa de Alexander Vance y Mark Sterling... todo vuelve a mí como una ola de ácido.
—Él era el Cliente... —susurro—. Julien me montó una ratonera de lino orgánico y yo entré de cabeza por un plato de lentejas de lujo.
—Fue una ejecución técnica impecable —admite Bianca, dándole un sorbo a la botella—. Ni tú lo habrías hecho mejor. El Doctor Perfecto resultó ser el Carnicero Perfecto.
En ese momento, la puerta de la suite se abre de golpe. No entra la policía, ni el fiscal del distrito, ni siquiera Donovan Cash.
Entra una maraña de cabellos rizados en una mujer de metro sesenta de altura: es mi madre. Lleva un vestido de flores que compró en las rebajas de Macy's y un bolso de polipiel que desentona violentamente con las paredes de seda del hotel.
Su cara es un poema de confusión, vergüenza y esa practicidad de clase trabajadora que siempre he intentado enterrar bajo capas de sofisticación neoyorquina.
—¡Taylor Evans! —grita, acercándose a la cama—. ¡Explícame ahora mismo qué ha pasado! ¡He tenido que salir del salón escoltada porque una señora con un collar de perlas me ha llamado "madre de la víbora"! ¡Y el tío Morty está en la barra del bar bebiéndose todo, pero ya no le dan más porque se canceló la boda!
—Mamá, ahora no... —intento decir, pero ella ya me está inspeccionando el vestido.
—¡Mira esto! —dice, agarrando la seda perla—. ¡Manchas de rímel! ¡Y está rasgado! Taylor, este vestido cuesta más que mi hipoteca. ¿Cómo vas a devolverlo ahora? Acabo de conocer a la diseñadora, Vivienne no acepta devoluciones con fluidos corporales, te lo dije.
—¡Mamá, que me han dejado plantada en el altar frente a toda la élite de Manhattan y me han acusado de ser una mercenaria criminal! —estallo, sentándome en la cama—. ¡¿Y tú te preocupas por las manchas de la seda?!
Mi madre se detiene. Sus ojos se humedecen por un segundo, pero luego recupera esa dureza de Queens que la caracteriza.
—Me preocupo por todo esto en lo que te has metido, Taylor. La reputación no paga el alquiler, pero te puede hundir. Esa gente... los Beaumont... la familia de Julien... están ahí fuera. Parecen una secta de vampiros con trajes de tres piezas. Dicen que van a destruirte, hija. Dicen que Julien está sedado en un hospital por el shock producto de lo que le has causado.