Los Juegos del Odio

33

El peso de la seda perla se siente ahora como si estuviera arrastrando una armadura de plomo bañada en ácido.

Camino por los pasillos de servicio del St. Regis, esos que los invitados nunca ven, donde las paredes no tienen pan de oro sino tuberías expuestas y el aire huele a detergente industrial y a la comida que nadie se comió en mi banquete fúnebre. Donovan me sujeta del brazo sin la fuerza de un captor, sino con la solidez de un ancla. Sus dedos queman a través del encaje de mi manga rasgada.

Mi madre camina detrás de nosotros, aferrada a su bolso de polipiel como si fuera un escudo, y Bianca avanza a mi otro lado, tecleando en su teléfono con una furia que podría incendiar los servidores de Instagram.

—Por aquí —dice Donovan, abriendo una puerta pesada de metal que da a un callejón lateral. El aire frío de Manhattan me golpea la cara. El contraste es brutal: hace diez minutos estaba bajo los focos de una ejecución pública, y ahora estoy en la penumbra de un callejón donde los camiones de basura son los únicos testigos de mi huida. Un coche negro, un modelo que no grita "dinero" sino "seguridad", nos espera con el motor en marcha. No es el Rolls-Royce. Es algo más discreto, más blindado.

—Suban—ordena Donovan.

Mi madre se mete primero, murmurando oraciones en un susurro frenético. Bianca se desliza tras ella, y finalmente entro yo, sintiendo cómo el tul de mi velo se engancha en la puerta. Lo arranco de un tirón. Ya no necesito ser la virgen del altar. Donovan entra al final y cierra la puerta. El silencio en el interior del coche es absoluto. El aislamiento acústico nos separa del caos que ruge a solo unos metros, donde los paparazzi seguramente están rodeando la entrada principal del hotel como tiburones que han olido sangre en el agua.

—¿A dónde vamos? —pregunto. Mi voz suena extraña, como si perteneciera a otra persona.

—A un lugar donde los Beaumont no pueden llegar con sus abogados ni sus influencias—responde Donovan, mirándome fijamente—. Un lugar que no está a mi nombre, ni al de ninguna de mis empresas.

Miro por la ventana. Las luces de Nueva York pasan como trazos de neón borrosos. Me veo reflejada en el cristal: el rímel corrido me hace parecer una aparición, y el vestido blanco es un recordatorio punzante de mi fracaso. Julien. Mi mente se detiene en su nombre y siento una náusea violenta. El hombre que amaba, el hombre por el que estaba dispuesta a comer coliflor al vapor el resto de mi vida, es el arquitecto de mi ruina.

—Él lo sabía todo —susurro, más para mí misma que para los demás—. Cada movimiento. Cada duda. Se alimentó de mi culpa mientras me besaba por las noches, mientras yo me sentía detestable por creer que le hacía alguna suerte de daño irremediable…

—Es un sociópata, Taylor —dice Bianca, sin levantar la vista de su móvil—. Estoy monitoreando las redes. El video del Rolls está en todas partes. Los bots de Sterling están impulsando la narrativa de la "Novia Cazafortunas". Pero no te preocupes, ya empecé a mover mis hilos, los que gané cuando se sumaron una horda de influencers a mi emprendimiento. Si quieren guerra digital, les voy a dar una invasión.

—Mi niña... —mi madre me toma la mano. Sus dedos están ásperos, curtidos, y el contacto me devuelve a la realidad de una forma que el lujo nunca pudo—. Ese médico... siempre supe que tenía algún chispazo de mala vibra. Nadie que cure tanto es tan bueno. La gente con alma limpia no necesita presumir de ella.

Donovan da una instrucción corta al conductor y el coche se desvía hacia el túnel Lincoln. Estamos saliendo de la isla.

Llegamos a una propiedad en las afueras, un loft industrial reconvertido en un búnker de lujo frente al río Hudson. No hay carteles, no hay porteros uniformados. Solo una puerta de acero reforzado que se abre con un escáner de retina. Al entrar, el espacio es amplio, minimalista, lleno de pantallas y servidores que zumban suavemente en un rincón. Es la guarida de un hombre que sabe que el verdadero poder no está en las galas del Met, sino en la información.

—Bianca, señora Evans, hay habitaciones en el ala este —dice Donovan, con esa autoridad natural que no admite réplicas—. Tienen ropa limpia, comida y seguridad privada las veinticuatro horas. Nadie entra aquí sin mi autorización.

—Yo no me voy a dormir —dice mi madre, dejando su bolso sobre una mesa de metal—. Si vamos a pelear contra esos estirados, necesito saber qué estamos haciendo. Mi Taylor no se queda sola en esto. Sé cómo se maneja la gente ruin, crecí en un barrio donde la traición era el desayuno.

—Y yo tengo una marca que proteger y una mejor amiga que vengar —añade Bianca—. Dame una conexión de alta velocidad y café, y para mañana a mediodía, la reputación de Julien Beaumont olerá peor que el pelo de un perro mojado.

Donovan asiente, con un respeto genuino en la mirada hacia ellas. Luego se gira hacia mí.

—Taylor. Ven conmigo.

Lo sigo hacia una estancia más privada. Es un estudio forrado de libros antiguos y cuero. Me quedo de pie en el centro, sintiéndome ridícula con este vestido que ahora parece un sudario.

—Tengo que quitármelo —digo, y mi voz se quiebra—. Donovan, no puedo... no puedo seguir llevando esto. Es como si tuviera su desprecio cosido a mi piel. Donovan se acerca. Se sitúa detrás de mí. Siento su calor, su respiración constante.

—Te ayudaré —susurra.

Sus dedos, grandes y firmes, encuentran la hilera de diminutos botones de seda que recorren mi columna. Siento el aire frío de la habitación golpeando mi espalda a medida que la tela se abre. Es un acto de una intimidad devastadora. No hay lujuria en sus gestos, solo una solemnidad protectora que me desarma. Me doy cuenta de que este hombre, al que me pagaron por destruir, me está desnudando de mi mayor mentira.

Cuando el vestido cae a mis pies en un montón de seda inútil, me quedo en ropa interior, temblando. Donovan no me mira con lascivia. Se quita su propia camisa de seda negra y me la pone sobre los hombros. Es cálida, huele a él, a ese sándalo que ahora es mi único refugio.



#333 en Novela romántica
#62 en Otros
#39 en Humor

En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.