Los Juegos del Odio

35

El aire de la Toscana no es simplemente aire; es una caricia espesa que huele a resina de pino, a tierra horneada por el sol y a una libertad que todavía me cuesta respirar sin sentir que me voy a atragantar.

Aquí, a miles de kilómetros del asfalto cínico de Manhattan y de los ecos de la marcha nupcial que Julien convirtió en un réquiem, el silencio es tan profundo que puedo escuchar el latido de mi propio corazón.

Y por primera vez en mi vida, ese latido no suena a una cuenta atrás para un desastre. Estamos aterrizando en el aeródromo privado cerca de Florencia. El jet de Donovan se detiene con una suavidad insultante, y cuando la compuerta se abre, el calor italiano me envuelve como una manta de seda.

Camino por la pista, sintiendo que los tacones de mis sandalias se hunden ligeramente en el asfalto caliente.

No llevo un traje sastre rojo de guerra, ni seda perla manchada de traición como quizá debería. Llevo un vestido de lino blanco, ligero, que ondea con la brisa, y unas gafas de sol que no uso para esconderme de los paparazzi, sino para protegerme de una luz que es demasiado real.

Donovan camina a mi lado. Ha dejado atrás los esmóquines y las armaduras de poder. Lleva una camisa de lino azul con las mangas remangadas y el primer botón abierto, dejando ver esa piel que ya conozco palmo a palmo. Se detiene, me toma de la mano y me mira con una intensidad que todavía me desarma.

—¿Estás lista, Taylor? —pregunta. Su voz tiene esa vibración grave que me recorre la columna—. Sé que odias las presentaciones formales, pero ellas llevan días preguntando por ti. Especialmente desde que vieron el video de la boda. Valentina dice que eres su nueva heroína personal por haberle dado ese final a Julien.

—No sé si "heroína" es la palabra que usaría para alguien que casi termina en la cárcel y protagonizó el escándalo del siglo —respondo, intentando recuperar un ápice de mi cinismo habitual, aunque mi sonrisa me delata—. Pero supongo que después de sobrevivir a los Beaumont, un par de hermanas Cash no deberían ser un problema.

Subimos a un Range Rover negro. El trayecto hacia la Villa dei Sospiri es un borrón de colinas doradas y viñedos que se extienden hasta el infinito. Esta vez no hay un Pippo amarillo que escupa humo negro, ni una misión secreta para destruir a nadie. Esta vez, el viaje es una reclamación.

Llegamos a la villa.

La piedra color miel brilla bajo el sol de la tarde. En cuanto el coche se detiene frente a la escalinata de mármol, veo movimiento en el jardín.

Ahí está ella.

Jude está sentada en su silla de ruedas bajo la sombra de un olivo centenario.

Tiene un caballete frente a ella y manchas de pintura en las manos. Cuando nos ve bajar, su rostro se ilumina con una sonrisa que es, literalmente, el reflejo de la de Donovan, pero sin las sombras del cinismo que él y yo compartimos. Es una luz pura. A su lado, apoyada contra el tronco del árbol con una elegancia rebelde, está Valentina. Lleva unos pantalones cortos, una camiseta básica y el pelo recogido en un moño desordenado. Me mira con una curiosidad inteligente, con esos ojos de los Cash que parecen capaces de ver el código fuente de tu alma.

Me tiemblan las piernas.

Yo, la mujer que ha desmantelado imperios financieros con un solo correo electrónico, estoy aterrorizada por la opinión de una chica de veinte años y su hermana científica.

Donovan me aprieta la mano antes de soltarla. Caminamos hacia ellas sobre la grava que cruje bajo nuestros pies.

—¡Ya era hora!—exclama Valentina, apartándose del árbol y caminando hacia nosotros con paso decidido—. Empezaba a pensar que Donovan te había secuestrado para llevarte a alguna isla privada y evitar que el resto del mundo viera que tiene sentimientos.

Valentina llega frente a mí y, antes de que pueda decir nada, me envuelve en un abrazo rápido y fuerte. Huele a brisa marina y a una confianza inquebrantable.

—Bienvenida a la familia, Taylor —me susurra al oído antes de soltarme—. Gracias por no casarte con ese idiota. Nos habrías dado mucho trabajo tener que sacarte de ahí

Me quedo sin palabras, parpadeando. Valentina me sonríe y luego le da un golpe juguetón en el hombro a su hermano.

—Te lo dije, Donny. Tiene cara de que sabe pelear. Me gusta.

Entonces me acerco a Jude. Me arrodillo sobre la hierba frente a su silla, quedando a su altura. De cerca, Jude es asombrosa. Sus ojos avellana son más claros que los de Donovan, llenos de una chispa de inteligencia y una resiliencia que me corta la respiración. Me mira con una fijeza que no es incómoda, sino acogedora.

—Hola, Taylor—dice Jude. Su voz es suave, cargada de dulzura—. Llevo mucho tiempo queriendo darte las gracias.

—¿A mí? —pregunto, confundida—. ¿Por qué?

—Por haber mirado debajo de las alfombras —responde ella, extendiendo una mano manchada de azul cobalto para tocar mi brazo—. Donovan me contó lo de tu investigación. Sé que al principio venías a buscar algo malo, algo que nos destruyera. Pero al final, fuiste la que lo salvó a él. Y al salvarlo a él, nos salvaste a todos.

Siento un nudo en la garganta que ninguna copa de champán podría disolver.

—Jude... yo... —trago saliva, intentando mantener mi fachada de mujer dura—. Yo solo hice mi trabajo. Soy una destructora, no una salvadora.

—A veces hay que destruir una mentira muy grande para que la verdad pueda respirar—dice Jude con una sabiduría que me hace sentir como una principiante—. Y tú lo hiciste de maravilla. Me encantó la parte donde le dijiste a la prensa que el dinero de la oncología se usó para pagar deudas de juego. Fue... épico.

Valentina se une a nosotras, sentándose en la hierba a mi lado.

—Seguir ese lío fue el mejor reality show de la historia, Taylor. Estábamos todos gritando frente a las pantallas en Houston.

Me río, y es una risa real, una que sale del pecho y que limpia los restos de amargura que quedaban en mis pulmones. En menos de cinco minutos, estas dos mujeres me han desarmado más de lo que Julien logró en tres años. No hay juicios aquí. No hay sospechas. Me miran como si siempre hubiera pertenecido a este jardín de limones y secretos compartidos.



#333 en Novela romántica
#62 en Otros
#39 en Humor

En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.