Los Juegos del Odio

36

La cena se sirve en la terraza, bajo un cielo que se ha teñido de un violeta profundo salpicado de estrellas que parecen diamantes sobre terciopelo. Cenamos pasta fresca, tomates que saben a sol y un vino que me calienta la sangre de una forma deliciosa. La conversación fluye sin esfuerzo. No hablamos de Julien, ni de Sterling, ni de las demandas legales que Donovan está aplastando con su equipo de abogados en Nueva York. Hablamos de la vida. De los planes de Jude para su próxima exposición en Florencia. De los satélites de Valentina que vigilan el mundo desde el vacío.

Me siento completa, en mi lugar, de esa clase de momentos que te hacen saber que finalmente diste con el momento correcto, en el lugar correcto y con las personas correctas al fin.

Como si las piezas de mi vida, que Julien intentó triturar, hubieran sido recogidas por estas manos y pegadas de nuevo con un hilo de oro. Cuando la cena termina y las hermanas se retiran (Jude con un beso cálido en mi mejilla y Valentina con un guiño de complicidad), me quedo sola con Donovan en la terraza.

El aire se ha vuelto más fresco, cargado con el aroma de los jazmines nocturnos.

Donovan se acerca por detrás y me rodea la cintura con sus brazos. Apoyo la cabeza en su hombro, mirando hacia el valle oscuro.

—Te lo dije —susurra en mi oído—. Te adoran.

—Son increíbles, Donovan —respondo, girándome en sus brazos—. Tienes una familia maravillosa. Gracias por dejarme entrar.

—No fue una elección, jefa. Tú entraste en nuestras vidas como una tormenta y, cuando se despejaron las nubes, nos dimos cuenta de que ya no podíamos vivir sin la lluvia.

Me toma de la mano y me guía hacia el interior de la villa, subiendo las escaleras de mármol hacia sus aposentos privados.

La habitación es amplia, con ventanales que dan al valle y una cama de madera tallada cubierta de sábanas de lino blanco.

La luz de las velas proyecta sombras largas y sinuosas en las paredes. En cuanto la puerta se cierra, la atmósfera cambia. La ternura del jardín se transforma en una necesidad cruda, eléctrica. Donovan me atrae hacia él y me besa con una urgencia que me hace gemir. Ya no hay planes de venganza, no hay micrófonos ocultos, no hay una boda fallida que nos separe. Solo somos nosotros, en la verdad desnuda de la noche.

Sus manos encuentran la cremallera de mi vestido de lino y la deslizan hacia abajo. El vestido cae al suelo con un susurro. Donovan se detiene un momento para mirarme. Sus ojos avellana están oscuros, cargados de un deseo que me hace temblar.

—Eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida—dice, y su voz es un gruñido bajo—. Y no hablo de la seda ni de las joyas. Hablo de ti. De tu fuego.

Él se quita la camisa con movimientos rápidos, revelando ese torso que parece esculpido por los dioses.

Cuando su piel entra en contacto con la mía, siento que mis circuitos saltan por los aires. Me eleva en sus brazos y me deposita sobre las sábanas frescas. Tener este contacto con Donovan Cash no es como nada que haya experimentado antes. Es una colisión de almas. Sus manos recorren mi cuerpo con una mezcla de adoración y hambre salvaje. Me besa como si estuviera intentando beberse mis secretos, como si quisiera borrar con sus labios cada cicatriz que Julien dejó en mi psique.

—Mírame, Taylor—me ordena, mientras se sitúa con perfección.

Abro los ojos y me pierdo en los suyos. En la penumbra de la habitación, su mirada es mi único ancla.

—Estamos a salvo—susurra, hundiéndose en mí con una firmeza que me hace arquear la espalda y clavar las uñas en sus hombros—. Los dos. Juntos estamos a salvo.

Siento cada músculo de su cuerpo tensarse contra el mío, escucho su respiración entrecortada en mi cuello, y me entrego por completo.

Cuando el momento más alto llega, es como una explosión de luz blanca que me deja sin aliento. Me aferro a él, gritando su nombre, sintiendo cómo el mundo desaparece y solo quedamos nosotros dos, fundidos en el centro de la Toscana.

Minutos después, nos quedamos abrazados, con los corazones latiendo al unísono y la piel húmeda de sudor.

Donovan me envuelve en sus brazos, cubriéndonos con la sábana.

Me besa la sien, una y otra vez.

—¿Estás bien? —pregunta, con una voz pastosa de sueño y satisfacción.

—Estoy... estoy en casa —respondo, cerrando los ojos.

De ese modo, me quedo dormida escuchando el sonido de su corazón.

***

A la mañana siguiente, el sol entra por los ventanales, despertándome con una calidez suave. Donovan no está en la cama, pero escucho su voz en la terraza, hablando por teléfono. Me pongo su camisa de lino (que me queda como un vestido corto) y salgo al balcón. Él está de espaldas, mirando hacia los viñedos.

—...sí, asegúrate de que la licencia médica sea revocada permanentemente—dice con una frialdad profesional que me recuerda al hombre que conocí en Nueva York—. Y Mark Sterling... quiero que sus acreedores en Macao reciban ese paquete anónimo hoy mismo. No quiero que vuelvan a pisar Manhattan en esta vida… Entendido.

Cuelga y se gira al sentir mi presencia. Su expresión se suaviza instantáneamente al verme de pie.

—Buenos días, jefa —dice, acercándose para darme un beso lento en los labios.

—Buenos días —respondo, estirándome como una gata—. ¿Limpiando la basura antes del desayuno?

—Solo asegurándome de que el camino esté despejado para nosotros —sonríe, rodeando mi cintura—. He hablado con tu madre. Dice que Bianca le ha enseñado a usar Twitter, ahora “X”, y que se dedica a responderle a todos los que te insultan con una elocuencia que asustaría a un estibador lo cual la está volviendo bastante popular.

Me río, imaginando a mi madre en una guerra de trolls en las redes sociales.

Desayunamos en la terraza con Valentina y Jude. La dinámica familiar es tan natural que me asusta. Valentina me pide consejos sobre cómo manejar a un inversor difícil en su próximo proyecto aeroespacial, y yo le doy un par de trucos de "auditoría inversa" que la dejan encantada. Jude me enseña los bocetos de su nueva serie de cuadros: se titula “La verdad prendida fuego”. En el centro de uno de ellos, reconozco una silueta que se parece mucho a mí, pero rodeada de alas que ya no son de plástico fucsia, sino de fuego real.



#333 en Novela romántica
#62 en Otros
#39 en Humor

En el texto hay: humor, millonario, enemies to lovers

Editado: 21.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.