Si me hubieran dicho hace seis meses, mientras me arrastraba por el suelo de mi ático intentando esquivar láseres imaginarios y sospechando de mi propia sombra, que hoy estaría desayunando una tostada con aguacate real —del que tiene grasas saturadas de las buenas y no ha sido bendecido por un chamán— frente a un valle que parece un fondo de pantalla de Windows, habría pedido que me internaran en una institución para optimistas delirantes.
Pero aquí estoy.
Seis meses han pasado desde que el St. Regis se convirtió en el escenario de mi ejecución pública y el comienzo de mi resurrección privada.
Seis meses desde que el "Doctor Perfecto" resultó ser un psicópata con Complejo de Edipo carente de resolución y yo pasé de ser la "Novia Buitre" a la mujer que, según el New York Post, "incendió la alta sociedad y salió caminando sobre las cenizas con unos tacones de infarto".
Sigo teniendo un talento que no queda bien en LinkedIn, pero ahora ya no intento adornarlo. He actualizado mi perfil. Bajo mi nombre, en letras negritas, ahora dice: “Especialista en Demolición de Fachadas y Auditoría de Realidades Crueles”.
Y lo mejor de todo es que la plataforma ha dejado de sugerirme que conecte con "Gurús de la Sinergia".
Ahora me sugiere que conecte con abogados criminalistas y agentes de la Interpol. Finalmente, el algoritmo me entiende.
Tomo un sorbo de mi café. Café de verdad. Negro, fuerte, capaz de resucitar a un muerto y obligarlo a declarar ante un gran jurado.
Nada de infusiones de raíces de árboles milenarios.
—Taylor, ¿estás volviendo a planear la dominación mundial o simplemente estás admirando los cipreses? —la voz de Donovan llega desde la terraza, cargada de esa ironía que ya es el lenguaje oficial de nuestra relación.
Me giro.
Donovan Cash está apoyado en el marco de la puerta, vistiendo unos pantalones de lino y absolutamente nada más. Su torso sigue siendo una falta de respeto a la anatomía humana, una anomalía genética que debería estar expuesta en un museo bajo el título: “¿Por qué Dios tiene favoritos?”
—Estaba revisando el informe matutino de "La Caída de los Idiotas", jefa —me dice—. Es mi lectura favorita. Mucho mejor que cualquier novela de misterio.
Donovan se acerca, me quita el café de la mano, un gesto que en otro tiempo habría provocado una guerra nuclear, pero que ahora acepto con una sonrisa, y se sienta a mi lado.
—¿Y bien? ¿Cómo va el marcador hoy?
—Julien Beaumont ha perdido oficialmente su licencia médica —anuncio, y no puedo evitar sentir una chispa de placer puritano—. El consejo médico de Nueva York decidió que malversar fondos destinados a niños con cáncer para espiar a tu prometida no entra exactamente en el código ético de Hipócrates.
Dicen que su nueva ocupación en la prisión estatal de Sing Sing es clasificar ropa blanca.
Al final, el lino blanco sí que iba a ser su destino, solo que en formato uniforme de recluso.
Donovan suelta una carcajada, ese sonido bajo y cálido que todavía me hace vibrar hasta los dedos de los pies.
—¿Y el resto del club de fans?
—Mark Sterling está compartiendo una celda con un tipo que se hace llamar "El Triturador" y que, según Rata, no está muy interesado en sus explicaciones sobre cómo el Bitcoin va a salvar la economía global. Sus deudas de Macao fueron liquidadas, sí, pero por la fiscalía federal. Y Alexander Vance... bueno, Vance ha vuelto a Nueva Jersey. Me han dicho que ahora vende aspiradoras puerta a puerta. Dice que son "el futuro de la limpieza moral". Supongo que algo de autoconocimiento le quedó después de que le quitamos hasta los calcetines. Es justicia poética en su estado más puro. No fue una destrucción rápida; fue una erosión lenta, sistemática y perfectamente legal. Porque cuando te terminas aliando con un hombre que tiene el presupuesto de un país pequeño y una mujer que sabe dónde están enterrados todos los cadáveres digitales, el resultado es inevitable. Pero la joya de la corona, mi mayor trofeo de estos seis meses, no fue Julien.
Fue su madre.
La Gran Inquisidora, la señora Beaumont, intentó publicar un libro titulado “La víbora que quiso destruir a mi bebé”. Tenía hasta un contrato con una editorial de lujo. Entonces, Donovan y yo le enviamos un pequeño regalo de pre-lanzamiento: una carpeta azul con los registros de sus cuentas en las Islas Caimán, las transferencias de la herencia Beaumont a fundaciones fantasma y un par de fotos de ella en situaciones que su club de jardinería del Upper East Side no habría aprobado.
El libro fue cancelado en veinticuatro horas. La señora Beaumont se ha retirado a una villa en el sur de Francia donde, según los rumores, el único contacto que tiene con el mundo exterior es a través de su abogado y una caja de ginebra que le entregan los martes. Silencio absoluto.
Paz comprada con la moneda de la verdad extorsiva.
A veces, la única forma de que los monstruos te dejen en paz es recordarles que tú tienes un monstruo más grande en el armario.
—Has cerrado el círculo, Taylor —dice Donovan, tomando mi mano. Sus dedos se entrelazan con los míos, firmes, reales—. Ya no eres la presa.
—Nunca lo fui, Donovan. Solo estaba tomando impulso.
Me levanto y camino hacia mi nuevo "centro de mando" en la villa. He cerrado mi antigua agencia. He borrado cada servidor, cada archivo de extorsión, cada rastro de la Taylor que buscaba basura por despecho. Mi nueva empresa de auditorías, opera bajo la luz del sol (o al menos bajo la luz muy bien filtrada de los despachos de los Cash). Rata y Wifi están ahora en nómina fija.
Rata vive en un ático en Praga, financiado por Donovan, donde finalmente ha podido comprarse un servidor que no necesita hielo para no explotar. Wifi se ha mudado a un loft en Brooklyn y ahora es la jefa de seguridad cibernética de la Fundación de Jude. Siguen comiendo Doritos, pero ahora son Doritos orgánicos de diez dólares la bolsa. Algunos vicios son innegociables. En mi pantalla aparece una notificación.