Tenía una bufanda deshilachada y un terno elegante de un azul tan oscuro como la noche, que hacía resaltar su hermosa piel blanca como la porcelana. Aun así, se me hacía tan difícil dejar de fijarme en sus labios, tan suaves como una almohada, quizá, y rosados pastel; las ganas de besarlo eran casi irresistibles.
Su nombre lo recuerdo perfectamente: Andrés Mamani Oviedo. Qué apellido tan extraño. Se acababa de mudar a Lima y su trabajo solo era de cajero en una tienda de conveniencia, en una calle por la que apenas pasaba una hormiga. Tampoco su sueldo era un dineral; apenas ganaba 120 soles mensuales y comía un mísero pan con mantequilla cada mañana. Sin embargo, gracias a ese trabajo, lo conocí. Recuerdo tan bien ese día que podría relatar incluso qué ropa llevaba en ese momento.
Solo iba pasando para comprar unos cigarros y calmar lo tenso que estaba luego de una reunión de trabajo importante, pero el destino planeaba otras cosas. Entré a la tienda con un suspiro largo y me acerqué al mostrador.
—Unos cigarros, los más caros —dije cabizbajo, mientras sacaba la billetera de mi bolsillo.
—¿Desea también un encendedor? —preguntó con ese tono de voz tan dulce que tiene cuando trabaja.
Levanté la mirada y me fijé en su rostro; parecía un maldito ángel en la tierra. Negué con la cabeza antes de sacar el dinero en efectivo y ponerlo en la mesa con un movimiento algo brusco.
—Serían trece soles con cincuenta céntimos.
—¿Cuántos vienen en la caja?
—Veinte, y es la marca más cara.
Entregué el dinero y recibí la caja de cigarros.
—Gracias por su compra, vuelva pronto —sonrió cálidamente.
Salí de la tienda con el corazón agitado y el estómago revuelto de los nervios.
Sinceramente, perdí la cuenta de cuántas veces fui a comprar a ese lugar solo para verlo de nuevo. Incluso Andrés ya se sabía mi nombre y en qué trabajaba, pero nunca lograba conseguir su número. Sentía un gran nudo en la garganta cuando estaba a punto de pronunciar la frase: «¿Podría tener tu número?». Temía ser rechazado rotundamente e irme a mi casa con la tontería de un corazón roto. A mi edad, exactamente 22 años, era una estupidez decir que me habían roto el corazón, y más si el que había hecho eso era un chiquillo de apenas 19 años, que parecía que ni estudiaba en una universidad decente.
Recuerdo la última vez que fui a un bar. Como siempre, solo iba para conocer mujeres y quizá tener una oportunidad en el romance, pero justo esa noche había conocido a Andrés y, sorprendentemente, ninguna mujer me interesó. Mi mente solo repetía la imagen del bello rostro de Andrés, mi Andrés.
En ese entonces, solo quería pasar una noche de aventura con una muchacha joven de por ahí, pero por alguna razón aquella idea me disgustaba. Regresé a mi casa temprano ese día; mi cuerpo ni siquiera había pasado por algún toque o caricia de una mujer del bar. Y lo limpio de mi terno había sido desgastado en vano; quizás, si Andrés me hubiera visto vestido así, habría valido la pena.
(...)
Habían pasado semanas y estaba seguro de que ese día le pediría su número de teléfono a Andrés, aunque el nudo de mi garganta apretara de más.
Entré a la pequeña tienda y me fijé en Andrés de primera, con su vestimenta de siempre, simple pero linda. Me acerqué y escuché su voz dulce y suave, que hacía que me sintiera en las nubes.
—¿De nuevo cigarros, señor de traje? —sonrió burlón.
«Señor de traje» era un apodo que me había ganado luego de dos semanas yendo con terno a la tienda. Andrés sabía mi nombre, sí, pero por alguna razón le encantaba poner apodos a la gente; por ejemplo, también está el «Señor cabeza de pera», que en realidad se llama José y es el guardia de la tienda.
—Esta vez quería que me hagas un favor.
—¿Ah, sí? ¿Cuál? —preguntó curioso.
¡Qué maldita vergüenza, carajo! Realmente quería hablar, pero mi boca parecía estar sellada completamente.
—¿Me das tu número?
Hablé de repente, casi gritando y con un tono desesperado, que rápidamente corregí en cuestión de segundos. Pero justo después de decir eso, todas mis teorías de humillación y devastación fueron borradas al ver cómo Andrés asentía con la cabeza sin siquiera pensarlo un poco.
—¿Puedes apuntar?
—Sí, dímelo, te agregaré ahora mismo.
Unos cuantos minutos después, ya tenía el preciado y atesorado número de teléfono de Andrés, el cual había anhelado por tanto tiempo que perdí la cuenta de los días que habían pasado. Escribí un mensaje rápido, no apenas recibí el número; no quería verme como un desesperado ante él. Un pequeño «Hola, ¿cómo estás?» era suficiente.
Aunque, cuando desperté de una siesta, tenía diez mensajes en su chat. ¿Quién diría que este chico sería tan hablador? Leí sus mensajes con rapidez: «Hola, bien, ¿y tú?», «¿Qué haces?», «¿Estás dormido?» y más mensajes de ese estilo. Respondí con mensajes cortos, pero lo suficiente para no parecer alguien seco y frío.
(...)
Pedir una salida junto a Andrés era riesgoso, pero había muchas oportunidades en eso; quizá lograría al menos tomar su mano y pasear juntos por la orilla del mar, con el atardecer en su punto y escuchando cómo las olas chocaban con la arena. Pero la realidad es más fuerte que la estúpida fantasía que tengo en la cabeza. Aun así, no quiero rendirme ante esa idea tan fácilmente.
Había logrado conseguir su número tan fácilmente; una salida también sería fácil de conseguir, ¿verdad?
—¿Una salida? ¿A dónde?
—Es sorpresa.
Mis impulsos habían ganado la batalla contra hacer una propuesta elegante, pero al menos ahora tenía a Andrés emocionado como un chiquillo de primaria frente a mí.
—¿De verdad no puedo saber? —se quejó luego de haberme escuchado decir que era una sorpresa—. Quiero al menos una pista.
—Arena.
—¡La playa! —sonrió. Juro que vi cómo sus ojos brillaban de la emoción.
¡Lo había logrado! Cumplí mi fantasía justo como quería; solo faltaba una cosa: tomar la mano de Andrés. Acerqué mi mano hacia la suya con una lentitud inexplicable.