Los libertadores: El frío eterno

Capitulo 2.- lazos sanguíneos

Capitulo 2
¿Mi... padre? ¿El que huyo? ¿El que abandono a mi madre? ¿La razón por la que tengo que pelear por una estúpida beca?

Parpadeé una, dos, tres veces. El cubo seguía ahí. La chica gata también. La monja. Yael. Nada desaparecía.
—No —dije, y mi voz sonó como la de una niña—. No te creo.
Intenté ordenar las piezas. El cubo. Él. Yo. Nada encajaba.
Yael levantó las palmas en señal de paz, pero yo ya estaba ardiendo.
—Mi madre murió de depresión —escupí—. Por tu culpa. Porque el cobarde de mi padre desapareció. Y ahora tú...
Negué con la cabeza. Rápido. Demasiado rápido.
—¿Sabes qué? —Reí, una risa seca, rota—. Esto es muy gracioso. Hace un instante estaba en un museo, y ahora resulta que estoy en una nave con una chica gata, una monja y un hombre al que nunca vi en mi vida.
Aplaudí una vez. El sonido rebotó en las paredes metálicas.
—Pues que sepan ustedes, los idiotas del servicio secreto, que no van a sacar ni una palabra de mí. ¿Qué chingados quieren? Solo soy una don nadie. Alguien que buscaba una oportunidad para que su familia dejara de sufrir.
Pero ellos me miraban con decepción. Los tres. Y algo en sus ojos me decía que esto era real. Más real de lo que quería aceptar.
Mis lágrimas salieron sin permiso. Mi intuición —esa que nunca fallaba— me gritaba que sí. Que él era mi padre.
Apreté los puños.
—Si eres mi padre... —Mi voz se quebró—. ¿Dónde estabas? ¿Dónde chingados estabas cuando mi madre lloraba todas las noches? ¿Cuándo la enterramos? ¿Cuándo yo tenía que matarme estudiando para conseguir una beca y llevar comida a casa?
Yael abrió la boca. Solo encontró una palabra.
—Disculpa... No sabía que existías.
Me cabreé.
—¿Esa es tu excusa? ¿«Perdón, hija, ¿no sabía que existías»? ¡Pues qué padre tan chingón resultaste!
Yael respiró hondo. Con esa calma cansada que ya empezaba a reconocerle.
—Nunca supe —dijo—. A no ser... —Sus ojos brillaron, como si algo lo golpeara de repente—. Tu mamá... ¿Catherine?
Asentí.
Él soltó una risa seca y amarga.
—Cuando me fui, ella estaba con otro hombre. Fuimos pareja cuando éramos jóvenes, pero tuve que irme cuando la Hermandad se estaba formando. Era un suicidio, pero lo hice por la libertad del planeta. Cuando la guerra empezó de verdad, intenté volver con ella. Pero ya tenía a otro hombre... y estaba embarazada. Decidí no meterme. Ella había elegido.
Se tocó la cabeza.
—Fui a su funeral. Te vi, una bebé en brazos de tu abuela. Creí que no eras mía. Era más fácil pensar eso.
Lo miré fijo.
—¿Por qué no fuiste por mí?
—¡Nadie de tu familia me quería cerca! —explotó—. Créeme que lo intenté. Pero me culpaban de su muerte. De que tu padrastro huyera. De todo. Era mi culpa. Cuando tuve estatus, les abrí puertas sin que se notara. Pero ellos son orgullosos.
La chica de la túnica se levantó y posó una mano en su hombro. Un gesto pequeño que pareció anclarlo a la realidad.
Yael se puso de pie, mecánico.
—Chicas, vamos a llevar a la niña a casa.
—¿Y la misión, maestro? —preguntó la monja.
Él se detuvo en la puerta. Volteó a verme.
—La misión es más importante que esto —dijo, y su voz sonaba cansada—. Pero si fuera despiadado, te dejaría varada aquí, en el planeta más peligroso de la República. No soy tu padrastro. Así que ahora acatarás mis órdenes. Te guste o no.
Se fue. Las chicas lo siguieron.
Me quedé sola en el almacén, rodeada de cajas, con el eco de sus palabras golpeándome la cabeza. Me senté en el suelo. Apoyé la espalda contra la pared fría. Cerré los ojos.
Bienvenida a tu nueva vida, Eva.

La nave zumbaba. En el puente, el panel de control parecía sacado de un museo: botones desgastados, pantallas de baja resolución, palancas con cinta adhesiva.
—Esto es un cacharro —murmuré.
Nadie me respondió. Ellos movían los controles con una agilidad que solo da la costumbre.
Despegamos. En minutos estábamos en el espacio, fijando rumbo.
—¿Daremos un salto por el portal? —pregunté, y odié lo mucho que me temblaba la voz.
La chica gato negó.
Explicándome que en estábamos lejos de la jurisdicción de la república. Y que, hacia donde vamos, ya no hay hiperrieles. En su vez, estaríamos viajando a velocidad sub-luz.
El empuje me aplastó contra el asiento. El aire se me escapó de los pulmones. Ellas ni se movieron. Luego, un botón, y la gravedad artificial compensó la aceleración. Afuera, el universo corría. Adentro, estábamos quietas.
Ellos se levantaron como si nada.
Yael me guió a la sala principal. Una mesa circular con un holograma apagado en el centro. Me senté en el extremo opuesto a las chicas.
Él se tocó la cabeza, frustrado.
—Activaste ese artefacto. ¿Cómo lo hiciste?
Lo pensé. En serio no lo sabía. Solo había seguido la luz.
—Oprimí botones. Me dejé guiar. No parecía tan difícil.
Yael se mordió el dedo. Un tic nervioso.
—Ese cubo estaba sellado con mi sangre. Con mi ADN. Solo hay dos formas de abrirlo: o tienes el código que le di a una persona específica, o eres mi hija.
Suspiré.
—Solo quiero regresar a casa.
Él negó con la cabeza.
—Mira, sé que me conoces como un icono de la República.
—Un icono retirado —corté.
Las chicas abrieron los ojos como platos. Sindrara me miró como si hubiera firmado mi sentencia de muerte. Visalia, por primera vez, esbozó algo que pudo ser una sonrisa.
Yael se rascó la nuca.
—Empezamos con el pie izquierdo, ¿eh? —Resopló—. Soy Yael González. Ella es Sindrara. Y ella, mi aprendiz, Visalia.
Visalia levantó una mano con la elegancia de una reina aburrida.
—Evangeline Navarro —dije con sarcasmo—. No sabes cuánto me alegro de estar aquí.
Él ignoró mi tono.
—Buscamos un poder antiguo para erradicar un mal primigenio.
Visalia encendió el holograma. Una figura apareció: una criatura escarchada, con un vacío negro en los ojos que parecía consumir la luz.
El Silencio Eterno, lo llamaron.
Arqueé una ceja.
Visalia suspiró, se tocó la frente —el mismo gesto de Yael— y lo arrastró al almacén. Discutieron en voz baja, alcanzaba a escuchar que era una pésima idea de que yo, una campesina de la tierra, estuviera en esta misión importante como si fuese un paseo para mí. Me molesté, pero decidí no protestar más, o prestar más importancia a lo dicho. Cuando volvieron, él tenía cara de haber recibido un sermón.
Se arrodilló frente a mí.
—Sé que no crees en esto. Que solo querías tu carrera, tu dinero. —Levantó una mano para detener mi protesta—. Pero ahora estás aquí. Y tenemos una misión. Incluso si yo fui exiliado.
Hizo una pausa.
—No puedo perder más tiempo. Tampoco puedo dejarte en manos de desconocidos en estas regiones. Así que... estás con nosotros. Quieras o no. Y cuando regresemos a casa, te pagaré como nunca imaginaste.
Lo miré. Un pago. Quizá así mi familia podría vivir mejor.
Titubeé, pero no había opción. Tendí mi mano. Él la estrechó. Firme. Cálida.
Visalia suspiró y se fue.




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