Capítulo 3
La decisión de elegir es una habilidad que solo los seres pensantes poseen. Esa línea divide a las razas inteligentes de las que no lo son.
La nave entró en la atmósfera del planeta. Verde, azul, cielos claros. Me recordaba a la Tierra, aunque nunca la había visto desde fuera. Ver un mundo tan parecido al mío me hizo algo extraño en el pecho. Como si mi cuerpo extrañara un lugar que ni siquiera conocía.
El descenso me aplastó contra el asiento. Perdí el aire unos segundos, los pulmones protestando, hasta que la nave se estabilizó. Cuando abrí los ojos, el cielo se desplegaba frente a nosotros. Abajo, un bosque infinito. Como un mar, pero verde.
—Que no haya estación espacial ni tráfico —dijo Yael— sugiere que no hay civilización aquí.
—O puede ser primitiva —completó Visalia.
Sindrara bufó, haciendo pucheros. Odia los planetas primitivos, me enteraría después.
Yo los miré. En la Tierra nos enseñaban que eso no existía.
—¿En la República no hay planetas así?
Los tres me miraron con confusión. Por mi ignorancia, supongo.
—Eva —dijo mi padre con paciencia—, hay varios planetas que la República aún no ha colonizado.
—Pero en la Tierra nos explicaron que casi todos ya pertenecían a la República...
Negó con la cabeza.
—Que estén en su jurisdicción no significa que tengan representación en el Senado. Ni que tengan viajes espaciales.
Asentí. Tenía mucho que aprender. Siempre creí que los primitivos solo existían fuera de la galaxia.
—Hay señales de vida —continuó Yael—, pero no son muy desarrollados.
Sindrara suspiró.
—¿Es malo un planeta primitivo? —pregunté.
Visalia respondió por ella.
—El problema es que debemos mantener un perfil bajo. Ganar monedas. Buscar información de otra manera.
Me rasqué la cabeza. Ya estaba heredando ese movimiento.
—Pero si tú eres lord almirante... ¿por qué no simplemente...?
Las miradas de Visalia y Sindrara me cortaron como cuchillos. Como si hubiera propuesto algo obsceno. Aunque no había terminado la oración, parecía que ellas ya intuían mi pensamiento.
Rayos, me sentí como un imperialista conquistando sus planetas. Me achique apenada.
Yael intervino con esa voz que usa cuando explica algo que para él es obvio.
—¿Te gustaría que una civilización mucho más avanzada llegara a tu casa y la destruyera? ¿Qué matara a tu familia porque puede?
La respuesta me cayó encima como una tonelada de gravedad.
—No —susurré.
—Pues eso.
Asentí, muda. Guardé la lección en algún lugar profundo. Debía ser más abierta.
—Hay estructuras de piedra y paja —dijo Visalia, cambiando el tema, mirando una de las pantallas.
—Medievales, entonces —resopló Sindrara.
Yo había leído novelas de fantasía ambientadas en la Edad Media. Esperaba que fuera igual ¿Verdad?
Sobrevolamos un rato, hasta que recordé lo peligroso que sería que vieran en el cielo una nave alienígena zumbando. Pensarían que somos una especie de dios o algo por el estilo
—¿No nos verán los habitantes? —Pregunte con urgencia.
Sindrara hablo por todos, explicó que la nave tenía camuflaje activado. Para ellos, solo éramos nubes. Me sentí más aliviada.
Ellos discutían sobre los datos que la nave había recopilado. Me sorprendió que con solo activar un botón pudieras obtener información de un planeta entero: la lengua, las especies, las costumbres. Varias razas coexistían en armonía: salamandras humanoides, serpientes, mamíferos parecidos a capibaras, y una especie diferente de humanos.
—Miren, hay humanos —señalé.
Eran distintos a nosotros. Rasgos más toscos, más gruesos, más bajos. La mayoría medía entre metro cincuenta y metro sesenta y cinco como máximo.
—¿Creen que sospechen si ven a un humano, una chica gata, una monja y una morena en el planeta?
Los tres se miraron con total naturalidad.
—Nah.
Estacionaron la nave a varios kilómetros del asentamiento más cercano con el camuflaje activado. Yael sacó ropa: harapos, túnicas, piezas de cuero tosco. Visalia y Sindrara se vistieron con la soltura de quien ha hecho esto mil veces.
Algo me hormigueaba en el pecho.
—Yo... ¿qué me pongo?
Visalia y Sindrara me miraron, luego a Yael. Él se rascó la cabeza.
—Prueba con la ropa de ellas, si no les molesta.
Sindrara me sonrió con amplitud. Visalia asintió.
Fui a su camarote. Era igual que el mío en tamaño, pero distinto en vida. Tenían cosas colgadas, mantas con colores, peluches en las camas. Un hogar, no solo un lugar para dormir.
Probé la ropa de Sindrara. Me apretaba. Dos tallas menos, quizá. La de Visalia ni se diga. Ellas eran delgadas, fibrosas. Yo era... yo.
Salí derrotada, negando con la cabeza.
Yael sonrió. No era burla. Era de esas sonrisas que dicen ya encontraremos cómo.
—Puedes cuidar la nave —dijo—. Iremos rápido a buscar ropa y regresaremos.
Me resigné. Más tiempo en la nave. Genial.
Ellos bajaron. La rampa se cerró. El zumbido de la nave se hizo más fuerte en el silencio. Paneles que crujían, el motor que respiraba hondo. El eco de mis pasos sonaba demasiado.
Caminé al puente. Quería leer los datos que la nave había recopilado. Pero cuando intenté acceder a la información, todo se bloqueó.
—¿Eh?
Las pantallas se encendieron en rojo. Una imagen apareció: una mujer de rasgos nítidos, con una sonrisa que prometía problemas.
—¡Te atrapé, polizonte! —gritó con voz divertida—. Soy la IA de la nave. Ahora sufrirás mi castigo.
¿Castigo? ¿Polizonte? ¿De que carajos habla esta cosa?
—¡Oye! — extendí un dedo hacia ella. —He estado aquí días y semanas. Déjate de juegos y déjame entrar a la información.
La imagen negó —lo más que podía, pues, la imagen era estática. — como una niña caprichosa.
—Yael no te ha agregado a la base de datos. No puedo hacer nada.
Esta IA era demasiado molesta. Pero recordé el cubo. Recordé que tenía la sangre de él en mis venas.
—¿Puedes validar a alguien por rasgos sanguíneos? ¿ADN?
La IA quedó pensativa un buen rato. Analizando.
—Te daré el beneficio de la duda —su imagen se volvió más sonriente—. Dirígete a la bahía médica. La puerta estará abierta.
¿Confía en un extraño sin siquiera saber si es verdad? ¿Qué clase de IA permite eso?
En fin.
La bahía médica estaba entre la sala de máquinas y el salón central, cerca del almacén. Al sur. Era pequeña, limpia, con un par de camillas y un brazo robótico que colgaba del techo como una araña dormida.
Cuando entré, las luces se encendieron. Una pantalla prendió con la cara de la IA, y tomó control del brazo mecánico.
—Este procedimiento tiene siglos que no lo hago —anunció con un tono demasiado alegre—. Así que, si estás muriendo, favor de llamar al capitán.
La miré raro.
—¿Cómo que no lo has hecho? ¿Al menos has curado a alguien?
La imagen cambió a una pensativa, mirando hacia arriba. Luego regresó su sonrisa.
—No. Normalmente estoy apagada. Quizá porque el capitán odia mi humor. O solo porque soy yo.
Toqué mi sien. Un gesto que ya estaba heredando de mi padre.
—¿Qué rayos estoy haciendo? —murmuré para mí misma.
La IA no se inmutó.
—De acuerdo, comencemos. Si no mal recuerdo, tendré que vendarte el brazo...
—¿No querrás decir hacer un torniquete?
El brazo robótico soltó la venda y agarró una liga médica con torpeza.
—Claro que sé lo que hago —dijo, ofendida.
—Yo no dije eso.
—¡Silencio! —exclamó—. Déjame ser de utilidad por primera vez.
Algo en su voz me recordó a alguien. A mí. A esa niña que quería jugar y todos la rechazaban por ser la de honores. A esa chica que se sentó sola en el comedor del colegio los primeros días hasta que dejó de importarle.
La miré. Más tranquila.
—Tranquila —mi voz salió dulce—. Eres útil.
La IA se sonrojó. O lo que podría verse en la imagen. Agarró una actitud seria y empezó el procedimiento. Hizo el torniquete bien, seleccionó la vena. Los brazos mecánicos eran profundamente fríos. Apenas sentí un pequeño piquete. Rápido, había terminado.
—¡Lo hice! —La IA estalló en colores verdes en la pantalla, su imagen irradiando alegría—. ¡LO HICE!
Le sonreí. Tenía una pequeña venda en el brazo. Ella analizó la muestra rápido y soltó una sonrisa.
—Vaya, entonces sí eres hija del capitán.
Solo sonreí.
—Hubieras visto lo explosivo que fue nuestro encuentro...—Bromeé
La IA rió mecánicamente.
—Lo imagino. Ve a ver lo que necesitabas. Estaré en espera por si me necesitan. Que, normalmente, es nunca.
Y con eso me dejó sola. Sola. De nuevo. Me estaba acostumbrando a su presencia.
—¿Cómo te llamas? —hablé al vacío.
La IA regresó, impactada. Un color amarillo en su imagen.
—No lo sé. Nunca he tenido un nombre. Mi designación es 5087.
Lo pensé un momento.
—¿Qué tal Quinn? Como Quinto.
La IA quedó pensativa. Pero su color verde regresó, y la felicidad en su imagen apareció.
—Me gusta cómo piensas. ¿Por Quinn es un juego de palabras sobre Quinto? ¿Por mi primer número de designación?
Asentí, feliz. Su imagen hizo algo que parecía un bailecito. Después empezó a desvanecerse.
—¡Oye, no me dejes sola! —la llamé—. Es aburrido.
Quinn volvió a aparecer. Esta vez, para quedarse conmigo.
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Editado: 18.05.2026