Capítulo 4
El significado del cero absoluto en termodinámica. El 0° Kelvin debería detener toda materia. Pero es imposible, porque la física cuántica lo contradice. ¿Es posible hacer esa hazaña?
No, esto no debería ser posible.
Veía escarcha en el metal. En la litera de arriba. En mí. Me congelaba. Moría de frío. Deberíamos estar a unos veinte grados bajo cero. Carajo, me helaba bastante.
Me senté de golpe. En la pared junto a mi litera, un rastro de hielo se extendía como venas. Fino. Casi imperceptible. Pero ahí.
—Q-Quinn... —balbuceé, tiritando. No quería despertar a nadie—. L-la temperatura de mi c-camarote...
—Veintiún grados Celsius, Eva. —La IA habló con su voz alegre—. Una temperatura perfecta para una siesta cómoda y profunda. ¿Por qué preguntas?
—Es que... hace frío.
—La temperatura es estable. No hay lecturas anómalas en la nave. —Pausó, analizando—. ¿Quieres que revise algún registro?
—No —dije secamente.
Me paré, frotándome los brazos. El hielo que sentía en mi cuerpo empezaba a derretirse. Aunque en realidad no había nada de hielo. Cerré y abrí los ojos, me los froté para ver si la escarcha que había visto al despertar seguía ahí.
No había nada. No había frío.
Pero yo sentía frío. Sentía la piel helada, la nariz, las orejas, los pies. Todo.
—No importa —dije, fingiendo. Pero sí importaba.
Me puse una de las túnicas nuevas, la más gruesa, y salí al pasillo. La nave estaba en silencio. Luces tenues, el zumbido constante del motor. En la sala común, una luz estaba encendida.
Yael estaba ahí. Solo, con una taza humeante entre las manos. No me vio llegar, o fingió no verme. Miraba la pared, pero no era la pared. Estaba en otro lugar. En otro tiempo.
Me quedé en el marco de la puerta, indecisa. Mi primera idea fue irme, pero mis pies no se movieron.
—¿Aún no te acostumbras a la nave? —Su voz baja resonó. Me detuvo antes de girarme.
Volteé a verlo.
—Tú también deberías estar durmiendo.
Se encogió de hombros. Diablos, hasta en los gestos nos parecíamos.
—Es algo que pasa seguido. A veces duermo. Otros días, simplemente no duermo en días...
—¿Hoy es uno de esos días?
Asintió.
Me acerqué. Me senté frente a él, con la mesa redonda de hologramas entre nosotros. Quinn apareció por un segundo, vio la escena y se desvaneció con una discreción que no sabía que tenía.
El silencio se estiró. Largo. Pesado. Incómodo.
Hasta que él decidió romperlo.
—Soñé con tu madre —dijo. Su mirada estaba fija en la taza humeante, en el pasado—. Con Catherine.
Sentí que mi garganta se cerraba.
—Era joven. Reíamos. Estábamos en un mercado, creo. Decía que estábamos destinados el uno para el otro. —Sonrió. Era una sonrisa quebrada—. Dijo que yo era el hombre más torpe que había conocido. Pero que por eso le gustaba.
—¿Y qué pasó entonces? ¿Por qué decidiste irte a una guerra que no era tuya?
La pregunta le pesó. Su rostro perdió la sonrisa. Solo quedó apatía.
—Luché por los que no podían luchar. Por los que no tenían cómo defenderse. —Me miró, más seguro y serio que nunca—. No me arrepiento de mi decisión, Eva. En ese entonces no sabíamos que había un hijo por delante. Ambos tomamos la decisión. Aunque yo la propuse.
—¿Qué?
—Le dije que, si quería, podía irse con alguien más. Sentar cabeza. Yo, por otra parte, tuve que luchar una lucha que quizá no me involucraba.
—¿Y por qué te fuiste entonces?
La pregunta fue más filosa que nunca. Algo que no sabía que era posible incluso después de la explosión del primer día.
Él miró al vacío. Pero con la misma determinación, me miró a mí.
—Porque todo estaba podrido. El planeta, el senado, todo. Tanta maldad, tanta corrupción, tanta matanza. No puedes opinar sobre eso porque tú nunca lo viviste. Ver cómo asesinaban a sangre fría y a la luz del día a tus amigos. A otros que se metieron en malos pasos para no sufrir. —Suspiró. Cansado de aquella época. Cambió rápidamente de tema—. Por eso me fui a luchar. Y gracias a dios, no morí. No perecí. Continué y me volví más fuerte.
Su mirada bajó, recordando.
—Tu abuela es un amor de persona. Pero después de tantas cosas malas que le pasaron. Cómo la guerra, la sangre, ver como muere uno de sus hijos por culpa de ella. Y desde entonces no quiso saber más de mí. —Pausó, retomando—. Tu abuela me odió. Me echó del funeral. Me dijo que si me acercaba otra vez, me mataría ella misma. —Otra pausa—. Creo que por eso le creí cuando me dijeron que no eras mi hija. Porque era más fácil pensar que ella tenía razón. Que yo no merecía estar ahí.
El nudo en mi garganta se hizo más apretado.
—Mi abuela —empecé, y la voz me salió temblorosa— dice que mi madre murió de tristeza. Que el corazón se le rompió cuando mi padrastro se fue. Pero yo... nunca le creí del todo.
—¿Por qué?
—Porque mi mamá era fuerte. —Mis dedos se apretaron contra la mesa—. Solo se, que ella no sería de las que se rompen por un hombre.
Yael me miró largamente. Y entonces hizo algo que no esperaba. Se rió. Bajo, casi sin ganas, pero se rió.
—Era igual que tú.
—¿Cómo sabes? —pregunté, con un nudo en la voz—. No me conoces. No sabes cómo soy.
—Sé que resolviste el cubo. Sé que le pusiste nombre a una IA que nadie quería. Sé que le plantaste cara a Visalia en tu primer día. Y que todo lo que haces, todo, me recuerda a ella. —Dejó la taza—. Y sé que tienes miedo. Pero igual estás aquí.
Apreté los dientes. Porque tenía razón. Porque odiaba que tuviera razón.
—No sé si puedo llamarte hija —dijo, y su voz se quebró apenas—. No sé si tengo derecho después de todo este tiempo. Pero quiero intentarlo. Si tú quieres.
El nudo se deshizo. Y con él, algo que llevaba años apretado en el pecho.
No dije nada. No pude. Solo asentí.
Yael asintió también. Y entonces hizo algo que ningún libro de historia había registrado: el Lord Almirante, el héroe de la República, el hombre que había sobrevivido a guerras y exilios, me tendió su taza de café.
—Está caliente. Te va a ayudar con el frío.
La tomé. Estaba amargo, fuerte, horrible. Pero la bebí toda.
El calor me ayudó.
Una vez que terminé, él me miró directamente.
—A veces siento que no murió de tristeza. Pero nunca lo sabré con certeza. Solo queda aceptarlo y continuar con tu vida.
Esas últimas palabras las decía como si fueran su mantra. Su forma de sobrellevar lo peor. La certeza de que a veces solo queda continuar.
—Supongo —entoné con tristeza— que solo queda recordar su memoria.
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Editado: 18.05.2026