Capítulo 5
A veces necesitamos el frío de nuestros sentimientos. Sin embargo, demasiado también puede ser perjudicial.
La noche fue otro tormento. Me guardé el secreto del frío. No quería ser una carga para mi padre, ni para Sindrara, y para Visalia menos. Quería ser útil. Quería que vieran que no venía a quitarle la atención a nadie. Quería que dejaran de juzgarme y analizarme.
El frío seguía ahí después de despertar nuevamente por el llamado del Silencio Eterno. Esta vez, su imagen —el «copo de nieve»— se distorsionó en algo más abstracto. Formas, figuras, círculos, cuadrados. Algo que mi mente no podía procesar. Me llevé las manos a los brazos, buscando calor que no encontraba.
El cuarto se veía caluroso. Sindrara estaba ahí, desparramada sin ningún tipo de miedo al qué dirán, sin una cobija que la tapara. ¿En calzones? Ay, dios, esa gata no tenía ningún escrúpulo. Visalia, acostada de forma rígida, sin su túnica habitual, con una ropa de lino igual a la que usé en la nave. También sin cobija. Y Yael... bueno, igual que Sindrara. Ya veía de dónde sacaba la falta de escrúpulos Sindrara.
Me levanté. Salí afuera a tratar de recuperar calor.
Quizá no vi frío ni escarchas esta vez. Pero sentía frío. Menos que ayer. Quizá unos diez grados menos.
Afuera, los faroles iluminaban la ciudad con un tono anaranjado que debería dar calor, pero no lo hacía. Oí pasos. Ligeros. Suaves.
Volteé. Era Sindrara, con ropa de dormir para salir.
—¿Qué pasa? —preguntó con sueño, un largo bostezo escapándole.
—Pesadillas —dije, quitándome rápidamente las manos de los brazos.
Ella solo asintió. No sé si no quiso ahondar en el tema, o si sabía que yo no quería hablarlo. Pero solo asintió.
—Así que también tienes pesadillas —dijo. Creo que, en este punto, más que nada, el sueño le afectaba el juicio.
Asentí, siguiéndole el juego. Miró hacia el árbol, a las ramas de arriba. En cuanto quitó sus sentidos de mí, aproveché para seguir frotándome los brazos. Volvió a mirarme. Obviamente, quité las manos.
—Las pesadillas de mi pasado a veces vuelven... —su voz se hizo más pequeña—. Los insultos, los castigos, los latigazos...
Suspiró. Agotada. Y con ello, su sonrisa se desvaneció lentamente. Apareció la tristeza.
—Sé que tuviste percances con Visalia. Y que hoy... —negó, tragándose las palabras.
—E-espera, ¿cómo...? —titubeé. Más por el frío que por la sorpresa.
—Sé que ella haría lo que sea por proteger esta familia que formamos. Y si te soy honesta... —me miró seria, con un rostro inexpresivo—. También empecé a tener miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que te vayas. O de que te quedes. No sé. —Se encogió de hombros—. Solo... únete a esta familia. Pero si no te gusta... por favor, retírate si no te gusta.
Y con eso, solo volvió adentro.
Me dejó un vacío. Un hueco en el corazón. No me sentí traicionada ni amenazada. Me sentí temerosa. Sin saberlo, estaba tomando el lugar de dos chicas que nunca tuvieron familia y que ahora... ahora habían formado algo similar. Y yo solo era alguien que venía a usurpar lo que ellas construyeron durante años.
Carajo. Ahora me gustaría tener una plática con Quinn. Ella no me juzga. Ella solo me escucha.
Al día siguiente, el ambiente se sentía raro. Densos. No solo por lo de anoche y la madrugada. Había algo más en el aire. Las aves que ayer cantaban al amanecer, hoy no se escuchaban. El aire olía a tierra mojada, pero no había llovido. Juraba que veía neblina, pero todos lo negaban. Y eso daba más miedo.
Empacamos nuestras cosas en silencio. Cada uno lo hacía con extrema delicadeza, como quien espera que haya peligro detrás de la puerta.
—¿También lo sienten? —la voz de Visalia resonó en el cuarto.
El silencio rebotó en las paredes.
—Sí —dijo Yael con urgencia—. Hay algo aquí que no me gusta.
No era temor. Era algo peor: certeza.
Nos apuramos. Salimos con nuestras cosas. Yael se quedó pagando mientras nosotras esperábamos afuera. Las tres, tomando distancia. Bueno, más Visalia y Sindrara contra mí.
Sentí una mirada cerca. De algún lugar. Y sin saberlo, la viejita Irene estaba ahí. Pegada a mí. Mirándome con una sonrisa... tétrica. Se veía fría. Literal. Su rostro era una máscara de algo que no debería tener rostro.
—H-hola, Irene... —alcancé a decir.
Ella solo me agarró el brazo. El frío de su tacto era peor que el de Quinn cuando me buscaba la vena con su mano robótica. Esto no era metal frío. Era algo vivo que había decidido estar frío. Quemaba.
La retiré con fuerza, dando un pequeño grito. Y ella solo se fue.
Sindrara y Visalia se acercaron lentamente. Vieron en mi antebrazo una quemadura. Roja. Hinchada. Con un borde que parecía escarcha.
—Ay, dios —gritó Sindrara, preocupada.
Sacó un ungüento y me lo echó. Ardió. Lo quité rápido. Tan rápido que ella dio un brinco hacia atrás.
Yael salió sonriente de la posada, pero al ver la situación, su sonrisa se borró.
—¿Qué pasó?
—Y-yo... Irene... solo me tocó y...
Rápidamente, él sacó el mismo ungüento. Lo detuve, pero él, con suavidad, me tocó la mano que lo detenía. Solo asintió. Su rostro mostraba paz.
—Déjame —dijo—. Va a doler, pero tengo que hacerlo.
Asentí. Aunque doliera. Me ungió la crema. Ardía como fuego helado. Grité, pataleé, me retorcí. Pero él no soltó mi brazo. Me sujetó con firmeza, con esa fuerza tranquila de quien ha hecho esto antes.
Poco a poco, el dolor disminuyó. Hasta desaparecer. Pero la marca quedó. Un círculo pálido en mi antebrazo, como una cicatriz vieja en piel nueva.
—Es el Silencio Eterno —explicó Yael—. Descubrimos que algunas raíces y frutas de ciertos planetas pueden quitar las marcas del frío.
Asentí. Lloraba y moqueaba, pero ya no dolía. Sindrara y Visalia estaban ahí, mirando. Sindrara tenía los brazos cruzados, algo que nunca hacía. Visalia había girado la cabeza hacia otro lado, como si lo que acababa de pasar no fuera con ella. No dijeron nada. Pero el silencio pesaba más que cualquier palabra.
Yael fue a encarar a Irene. Pero los vecinos juraban que no había ninguna persona con ese nombre. ¿Eran tontos? Ayer tuvo clientes. Hoy, muchos juraban que no vieron nada.
Yael me calmó. Dijo que quizá era una amnesia colectiva. O algo peor. Yo, con mi mente terráquea, solo asentí.
La marca estaba ahí. Sentía que ardía, pero era mi imaginación. Me la tocaba y no dolía. Al contrario: parecía que no sentía el tacto en ese punto específico. Como si esa parte de mi piel ya no me perteneciera del todo.
Salimos de la ciudad. Nos entregaron las armas. A Visalia, su Jian extraterrestre. Sindrara, por otra parte, su especie de bastón vacío. Yael no llevaba nada visible. Ni pistola, ni espada, ni daga.
—Oye —pregunté, directo—. ¿Por qué tú no tienes arma?
Soltó una sonrisa.
—Alguien con habilidades no las necesita.
—Ya lo verás —agregó Sindrara. Seca.
El camino al templo fue embarazoso. Tenso. Cansado. Silencioso. Incómodo. Por agregar. Pero en un punto sentí más frío de lo normal. Aunque no hacía frío. Sentía el sol en la cara, pero no me ayudaba a quitarme el frío de los huesos. Me llevé las manos a los hombros, frotándome.
Visalia lo notó. Me tendió un abrigo sin decir palabra. Solo preocupación genuina en sus gestos.
—Gracias —dije, y me lo puse.
Caminamos un rato más. Y entonces empezó a hacer frío de verdad. Los demás sentían frío. Pero yo... yo empecé a sentir calor. Le devolví el abrigo a Visalia.
Yael me miró extrañado.
—¿No tienes frío? —preguntó. Él ya llevaba un abrigo grueso puesto.
—No —negué—. Sé que se ve frío, pero creo que es mental.
—Pero hace un segundo tenías frío —agregó Visalia.
—S-supongo que es el jetlag de planetas. Esas cosas pasan.
Mi mentira fue patética. Lo noté en sus miradas. Sindrara se acercó. Puso una de sus orejas en mi pecho. Sobre mi corazón. Escuchó. Y cuando escuchó lo que tenía que escuchar, se alejó con miedo.
—Papá —dijo, y su voz era pequeña—. No se siente bien.
De las pocas veces que le decía «papá» a mi padre.
—¿Es lo que me temo? —preguntó Visalia.
Sindrara solo asintió. Con una cara triste. Eso me dio miedo. Si ellas decían que era de preocuparse, me preocupaba.
Yael se acercó lentamente. Me tocó la frente. Y se echó hacia atrás, asustado.
—Eva, estás helada —dijo.
—Y-yo me siento bien —mi voz temblaba—. Se siente cálido...
Cada vez que abría la boca, me parecía más patético. Yael me miró serio.
—¿Desde cuándo?
—¿Desde cuándo qué?
—¿Desde cuándo sentiste su llamado?
Palidecí. Sentí la mirada de Sindrara y Visalia. No contesté.
—Dime —su voz urgía una respuesta.
Me rendí.
—No quiero ser una carga más, ¿okey? No quiero que me alejen como a Quinn. Quiero ser de ayuda. Quiero formar parte de esta familia. Por eso lo escondí.
Suspiró. Con una tristeza que le pesaba en la voz.
—¿Cuándo?
—Antier en la noche. —respondí
—¿Cuándo hablamos en la mesa?
Asentí.
Se rascó la cabeza. Con intensidad. Como si eso pudiera despejar el problema. Buscó en su morral. Sacó algo y me lo tendió.
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Editado: 18.05.2026