Los libertadores: El frío eterno

Capítulo 6.- yo siempre fui el final.

Capítulo 6
YO SOY EL FINAL. SIEMPRE LO FUI.

Yael encendió una antorcha con un chasquido de dedos. No pregunté cómo. Ya había dejado de preguntar.
Avanzamos por la caverna oscura. Varios pasadizos se ramificaban como venas. Extendí mi brazo con la herida y, cuando sentí que ardía más, tomamos ese camino. Me estuve ungiendo la crema constantemente para calmar el dolor, pero era imposible. Aguante con lágrimas en los ojos.
Hasta que llegamos a un lugar que me hizo helar hasta los huesos.
Una gran sala. Antes debió ser un lugar de adoración al Árbol Madre, pero habían arrancado su imagen de piedra, rompiéndola en pedazos. En su lugar, erguía una estatua del Silencio Eterno.
Sus ojos empezaron a materializarse. Y sentí que me petrificaba. Que el hielo me trepaba desde los pies hasta la nuca. Me quedé congelada en el lugar.
Sindrara y Visalia se pusieron a mi lado. Me miraron y asintieron. Quizá me llegarían a odiar un poco, pero no me dejarían morir. ¿Verdad? Bueno, Visalia tal vez.
Yael se aventuró. Sacó su escáner y detectó la fluctuación.
—Esta es... —Su tono sonaba victorioso—. Esta es la fluctuación. En el poblado estaba muy difusa, pero aquí es más intensa. ¿Qué rayos tramas, maldito copito de nieve?
Su maldición fue torpe, pero efectiva.
La estatua empezó a moverse. Sus piernas de piedra crujieron al dar el primer paso. Yael apenas iba a lanzar un puñetazo, pero fue golpeado primero. Salió volando, alejándose.
La cosa se movía rápido. Demasiado rápido para ser de piedra. Me vio. Me miró directamente. Y embistió.
Con miedo, me quedé paralizada. Iba a morir. Me iba a aplastar. Sentía que ahí acabaría todo.
Pero Sindrara, en el último momento, saltó. Me empujó con el hombro. Rodamos por el suelo, y la estatua se estrelló contra la pared, rompiéndose en pedazos.
Sindrara se levantó primero. Me tendió la mano.
—Ya está. ¿Podemos irnos? Me está doliendo mucho el brazo.
Quise que fuese el final. Pero los fragmentos empezaron a cobrar vida. Se deslizaban por el suelo, se buscaban, se reencontraban. Carajo. ¿Por qué las cosas no pueden ser fáciles?
Visalia aplastó los pedazos pequeños que estaban cerca de ella con una fuerza que no sabía que tenía. Los redujo a polvo inmóvil.
—YO SOY EL FIN... —La voz de la estatua resonó en toda la sala. Y cada vez que hablaba, mi herida dolía más. Como punzadas heladas que penetraban hasta el hueso.
Cuando se recompuso una parte, su boca pudo moverse.
—SIEMPRE FUI EL FIN...
Cada palabra era un clavo que se anclaba en mi herida. Dolía como el demonio.
Visalia atacó primero. Su Jian rechinó contra la piedra, dejando una marca blanca. La estatua la agarró con una mano y la aplastó contra el suelo. Sindrara saltó, sus cuchillas dobles brillando, pero la piedra era más rápida. La esquivó y la golpeó en el costado. Cayó a mi lado, tosiendo.
Quedaba yo. Con un cuchillo. Y mi padre en el suelo.
La estatua se volvió hacia mí. Me miró. Sus cuencas vacías me vieron.
El miedo me paralizó. Quería correr. Quería gritar. Quería despertar. Pero mis piernas no respondían.
Yael se reincorporo rápido, embistiendo con su hombro. Empujó.
Él, un solo humano. Pudo desestabilizar esa piedra.
Y ahora entendía por qué no usaba armas. Colocó las manos frente a él, como si sostuviera una esfera invisible. Un resplandor dorado, blanco, empezó a emanar de sus palmas.
La estatua lo vio. Y sonrió.
—Esta vez no...
La estatua se desmoronó. No en pedazos. En polvo. Un polvo negro que se disolvió en el aire.
El calor regresó a la sala. Las paredes dejaron de doler. La herida en mi brazo dejó de arder.
Parpadeé. Yael parpadeó. Sindrara y Visalia se incorporaron lentamente.
Yo me puse la mano en la cabeza.
—¿Qué fue eso?
Yael bajó las manos. El resplandor se apagó. Su rostro era un mapa de confusión.
—No lo sé. Apenas iba a atacar. Él... desapareció.
Salimos de la cueva. El templo volvía a la normalidad. La piedra recuperaba su calor. Afuera, el sol pegaba con fuerza. Varias criaturas se acercaban al templo, felices, como si nada. Como si se prepararan para una congregación.
—Okey... —la cara de confusión de Visalia era clara, igual que la mía y la de Sindrara—. ¿Qué sucedió?
Yael solo se rascó la cabeza.
—Ahora sí que no sabemos qué rayos pasó.
Y antes de que pudiera contestar, el frío volvió.
Golpeó sin aviso. Congeló a todos en el lugar. Todo lo que pude ver después fue blanco. Y después, oscuridad.
Nos separaron.
Estaba en el templo. Sola. El llamado de la criatura resonaba en mi cabeza con balbuceos que no entendía. Palabras que no existían en mi vocabulario. Mi traductor ni siquiera intentaba descifrarlas.
Me llamaba al altar vacío del árbol.
No pude detenerme. Me acerqué. Quería alejarme, pero más quería, más me acercaba.
Entonces una voz femenina, fuerte, resonó en mi cerebro.
—Sé que eres fuerte, Eva. Solo resiste un poco más.
Y con eso, me detuve a medio camino de tocar el altar.
El altar cambió de forma, materializando al Frío. Sin forma, sin figura, solo... frío. Como nieve estática. Su voz ahora hablaba en un perfecto español.
—Sé que quieres poder. Sé que quieres fuerza. Y yo te lo daré.
Sus ojos aparecieron sin rostro. Esas cuencas oculares negras, que reflejaban frío, hielo, muerte, mirándome.
—¡NO TE RESISTAS!
Con ese grito pude aventarme hacia atrás. Lo más que pude.
Irene se materializó a mi lado. Su cuerpo era azul y negro, como si ya no tuviera calor. Sus ojos eran blancos, vacíos. Me miraban.
—Vamos, chica —comenzó, y su voz fue dulce—. SOLO VEN.
Me alejé más. Tropecé. Caí.
Entonces las formas de Yael, Visalia y Sindrara se materializaron. Pero no eran ellos. Lo sabía muy bien. Sus cuerpos fríos al igual que Irene, y ojos blancos. Excepto por Visalia, que conservaba su característica venda.
—¿Crees que te aceptaríamos? —comenzó Visalia, seria. Con esa voz clara de reina que tiene.
—Sí... ¿En serio crees que fui buena contigo desde el principio porque confiaba en ti? —le siguió Sindrara, con un tono burlón.
—No puedo aceptar una hija débil como tú —dijo Yael—. EVANGELINE.
—¡CÁLLATE! —exclamé, golpeando el piso con el puño—. ¡USTEDES NO SON ELLOS! ¡DEJA DE USAR SU IMAGEN, MALDITA ABOMINACIÓN!
La risa del Frío llenó el vacío. Retumbó en las paredes de la nada. Volteaba a todos lados, buscándolo, enfrentándolo, aunque tuviera miedo.
No veía nada.
Hasta que lo vi de frente. Sus ojos. Su forma humanoide. Me tocó el brazo. La herida.
—No importa —dijo—. Aun así, estás marcada.
Dolió su toque helado. El frío empezó a expandirse en mi cuerpo desde la herida. Él no me soltaba. Golpeé y golpeé, forcejeé y maldije para que me soltara. Pero era un agarre sólido.
—¡EVA! —la voz femenina urgía—. ¡RECUERDA LO QUE TE HACE FELIZ!
Y recordé.
Mi abuela en la cocina. Mi abuelo con su tableta. La granja al amanecer. Las fotos de mi madre. Quinn, con su imagen verde bailando de felicidad.
Todo pasó por mi cabeza en un instante.
Y el frío aflojó.
—Con eso basta... —dijo la voz femenina mientras se materializaba.
Una mujer de madera, con cuerpo de árbol, agarró al Frío. Sus raíces lo enredaron. Él quiso congelarla, pero no pudo. El árbol era más fuerte. Después de forcejear, desapareció.
Me quedé sola con la mujer árbol. Sus cuencas lisas, donde deberían estar los ojos, me miraron. Sonrió.
—Eva... —dijo finalmente con un tono dulce—. Pudiste resistir lo suficiente para poder eliminar este mal.
Y en un abrir y cerrar de ojos, volví a donde estábamos antes. La estatua rota. Y enfrente, la mujer árbol.
Visalia, Yael y Sindrara se levantaron del suelo. También habían quedado desmayados. Voltearon a verme. Vieron a la mujer árbol. Vieron mi cara. Los tres se sorprendieron.
—¿C-cómo sabes mi nombre? —pregunté.
La mujer árbol solo rio.
—Yo todo lo sé, todo lo escucho y todo lo siento.
Yael se acercó a mí.
—¿Estás bien? —dijo, mientras tocaba mi cara y examinaba cada detalle de mi cuerpo.
Asentí. Volteé a ver mi herida. La ligera cicatriz de las marcas del frío seguía ahí. Pero dolía menos.
—Sí, papá, estoy bien.
Y Yael solo sonrió.
¿Le dije papá?
La mujer árbol sonrió y rio casi como una niña.
—Yael, tienes una hija muy valiente —dijo finalmente.
Me apené ante ese comentario.
Visalia y Sindrara se acercaron.
—¿Quién eres? —preguntó Visalia.
La mujer árbol la volteó a ver con paciencia.
—Me llamo Dendria. Soy de la raza Bryophage. Antiguos seres que terraformamos varios mundos.
Yael asintió, entendiendo.
—Así que ustedes son los famosos Bryophage. Creí que solo fueron un mito.
—Más real que nunca lo fuimos hace eones atrás. Y ahora existimos muy pocos, solo nos dedicamos a la preservación de nuestros planetas. —Su tono se volvió más grave—. Varios morimos en una guerra contra otra civilización que tenía otra forma de ver el universo. Nosotros creábamos, ellos explotaban. Y nos aniquilaron. O al menos, a la mayoría.
Sindrara se rascó la cabeza.
—¿Pero si dices que fue eones atrás... eso significa que...?
Dendria sonrió.
—Tengo más años como para ser tu primera abuela —dijo en tono de juego.
Sindrara sonrió y rio.
Pero Dendria se puso seria.
—Jamás había visto a una criatura así de fuerte. Eso casi me mata.
—Y no fue más que un fragmento del Silencio Eterno —comenzó Yael a explicar—. El Silencio Eterno, al parecer, es un ser que vivió antes de que el universo mismo existiera. No sabemos exactamente qué busca con congelar todo. Pero se está acercando a esta galaxia, y tengo miedo de que no podamos detenerlo.
Miró a Dendria seriamente.
—Tú, que todo lo ves, escuchas y sientes. ¿Sabes cómo llegó aquí?
Dendria lo miró por un largo momento, poniéndose seria.
—Será mejor que se sienten. Les explicaré todo.
Dendria comenzó a explicar. Visalia sacó una tablet para grabar todo y tomar apuntes. Sindrara tenía sus orejas muy atentas. Yael y yo la mirábamos de igual manera.
—Llegó hace varios años atrás, un fragmento del espacio. Lo sentí. Pero no puedo materializarme o actuar por mucho tiempo. Ya estoy demasiado vieja y cansada para haber explorado. Así que hice lo que he hecho siempre... —Pausó—. Ver, observar y sentir. Pasaron años hasta que pude notar algo raro. Un frío anómalo que no es normal. Algo como...
—¿Un frío absoluto? —interrumpió Yael.
Dendria asintió.
—Un frío absoluto —repitió con tristeza.
—Al principio lo dejé ser. Pero cada año sentía que aumentaba un poco, y un poco más. Hasta que, después de que levantaron este templo, su fuerza empezó a tomar más poder. Yo hice lo que pude para proteger a mi gente, a las criaturas que habitan en mí. Y lo hice bien por un tiempo. Hasta que me cansé y ya no pude hacerlo. Ahí el frío fue más fuerte, controló a algunos pobladores. No pudo hacer mucho. Pero escuché lo que hablaban.
Cuando dijo eso, todos nos inclinamos más hacia adelante, atentos.
—El Silencio Eterno... Su presencia siempre ha existido en el universo. Su único propósito es acelerar la muerte del universo. Es lo único que decía. —Su tono sombrío golpeaba con fuerza—. Es como la creación del universo, pero al revés. No busca crear, busca congelar. Busca imponer su naturaleza en todo el universo. No creo que sea malvado porque sí. Solo busca cumplir su función. Solo quiere que el final inevitable suceda. —Pausó, retomando—. Él siempre fue el final. Siempre lo ha sido.
El frío recorrió mi espina dorsal. Me dio escalofríos fuertes.
Yael asintió.
—Es todo lo que puedo decir. Todo lo que sé. Y todo lo que puedo hacer ahora por ustedes. Ahora tengo que irme a descansar. Este planeta me necesita, y si otra vez llega el frío, tendré que estar preparada para pelear.
Todos asentimos.
—Gracias, Dendria —agradeció Yael con una sonrisa.
Dendria nos regaló una sonrisa, y su cuerpo se enraizó en el suelo. Su figura se convirtió en un árbol normal, haciendo ruidos fuertes de ramas doblándose hasta que desapareció.
Nos dejó ahí, con un raro sabor de boca.




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