Los Lunes con Chía

Capítulo 3: El turno de don Abel

CHÍA

Capítulo 3 — Viernes

El turno de don Abel

Los Encargos de Medianoche | Aksanera | Invierno

✦ El espejo ✦

Los viernes Chía no tenía nada que hacer.

Eso era lo más raro de todo. Los lunes tenía el podcast. Los miércoles tenía la lista. Los jueves preparaba el programa de la semana siguiente. Los martes y los miércoles por la mañana respondía correos, coordinaba invitados, hacía todas las cosas pequeñas y necesarias que mantenían a Los Lunes con Chía funcionando como debía funcionar.

Pero los viernes por la noche eran un espacio vacío en el calendario que Chía había aprendido a no llenar.

No porque lo hubiera decidido de manera consciente. Sino porque los viernes por la noche el espejo siempre tenía algo que decir y era más práctico estar disponible.

Esta noche estaba sentada en el suelo del living con la espalda contra el sofá y la lista de deseos desplegada sobre las rodillas. No para elegir el próximo miércoles, eso ya estaba decidido. Solo para mirarla. Había algo en los cien deseos escritos a mano que producía en Chía una sensación que todavía no había terminado de clasificar. No exactamente tristeza. No exactamente alegría. Algo intermedio y más complicado que las dos.

Algo que se parecía mucho a la responsabilidad.

Eran las once y cuarenta y siete cuando sintió el vapor.

No había que ir a buscarlo. El espejo del baño estaba visible desde el living si uno se acomodaba en el ángulo correcto contra el sofá, y Chía siempre se acomodaba en el ángulo correcto aunque nunca lo hubiera admitido en voz alta.

Se levantó. Guardó la lista con cuidado. Fue al baño.

El espejo estaba empañado como siempre aunque nadie hubiera dado una ducha caliente en horas y la temperatura del baño era exactamente igual a la del resto del departamento. Esas cosas Chía había dejado de intentar explicarlas.

Las palabras aparecieron despacio, como siempre, desde el centro hacia los bordes, como si alguien del otro lado escribiera con el dedo en el vapor pero al revés.

Ve a la panadería de la calle Miramar antes de las dos de la mañana.

Quédate hasta que llegue el turno de la mañana.

No dejes que don Abel salga solo.

Tienes seis horas.

Lo que construyó no le pertenece solo a él.

Chía leyó el encargo dos veces.

Luego lo leyó una tercera porque la advertencia final era más críptica de lo habitual y le gustaba cuando eran crípticas porque significaba que el encargo iba a ser interesante.

Lo que construyó no le pertenece solo a él.

Chía inclinó la cabeza.

Una panadería. Un señor llamado Abel. Quedarse hasta el turno de la mañana que en Aksanera generalmente empezaba entre las cinco y las seis. No dejar que saliera solo.

No parecía urgente. No parecía oscuro.

Eso, en su experiencia, era exactamente cuando había que prestar más atención.

Fue al dormitorio a buscar el abrigo. El largo, el negro, el que abrigaba de verdad. Fuera hacía el frío específico de los viernes de invierno en Aksanera que era un frío que no negociaba con nadie.

Se miró en el espejo de la puerta del dormitorio antes de salir. El reflejo la miró de vuelta. Abrigo puesto. Manos en los bolsillos. Lista.

El reflejo asintió una vez.

Chía abrió la puerta y salió a la noche.

— — —

✦ Aksanera a medianoche ✦

La calle Miramar quedaba en el límite entre el barrio sur y el barrio viejo, en esa zona donde Aksanera dejaba de ser la ciudad moderna que se había construido en los últimos veinte años y empezaba a ser la ciudad que había sido antes, con sus veredas más angostas y sus edificios con molduras y sus negocios que cerraban a las seis de la tarde y que tenían carteles pintados a mano que nadie había actualizado desde hace décadas.

Chía caminó.

A medianoche Aksanera tenía una atmósfera que el día borraba completamente. No era solo el silencio, que existía pero no era absoluto porque las ciudades nunca son absolutamente silenciosas. Era algo en la luz. Las luces de los postes en invierno tenían un tono más amarillo que en verano, más cálido, más de adentro, y esa luz hacía que las veredas se vieran como lugares donde ocurrían cosas importantes aunque en ese momento no ocurriera nada.

Pasó frente a la ferretería de la calle Fénix que ya estaba cerrada pero que tenía la persiana a medio bajar con una luz encendida adentro, ese tipo de luz de cuando alguien está haciendo las cuentas del día o simplemente no tiene ganas de terminar de cerrar todavía.

Pasó frente al Bar Joker que a esa hora estaba en su momento de mayor energía, música saliendo por la puerta cada vez que alguien entraba o salía, una risa fuerte que llegó a la calle y se disolvió en el frío.

Chía pensó en Noel.

Se preguntó si estaría adentro. Probablemente sí. Los viernes por la noche y Noel Andrade eran prácticamente la misma entidad.

Siguió caminando.

En la esquina de Miramar con Portales había un puesto de café que solo existía de noche. Un carro pequeño, una parrilla con agua hirviendo, una señora con un gorro de lana verde que despacha vasos de cartón a los taxistas y a los que trabajan en el turno nocturno y a cualquiera que pasara con cara de necesitar algo caliente. Chía lo había visto antes pero nunca había parado.

Esta noche paró.

SEÑORA DEL CAFÉ: ¿Qué le doy?

CHÍA: Un café, por favor.

SEÑORA DEL CAFÉ: ¿Con leche?

CHÍA: Solo.

La señora lo preparó con esa eficiencia de quien ha hecho lo mismo mil noches seguidas. Le pasó el vaso. Chía pagó.




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