Los Lunes con Chía

Capítulo 5: Deseo N° 22

LOS LUNES CON CHÍA

Capítulo 5 — Miércoles

Deseo N°22: Comprarle un regalo a alguien un día cualquiera (sin que sea su cumpleaños)

La Lista | Aksanera | Invierno

La moneda

Había una regla.

No era una regla que alguien le hubiera enseñado. Era un sistema que Chía había inventado una tarde de martes con una moneda de cincuenta céntimos porque había descubierto que los humanos tenían una relación fascinante con el azar. Les gustaba creer que el destino tomaba las decisiones por ellos, cuando en realidad, la moneda solo servía para revelar lo que ya querían hacer en secreto.

Los martes por la noche, el departamento estaba en silencio.

Chía se sentaba a la mesa de la cocina. Frente a ella ponía la lista de los cien deseos, escrita con esa letra que inclinaba las íes hacia la derecha cuando había entusiasmo. A su lado, la moneda.

El sistema era simple. Elegía tres números al azar. Tiraba la moneda dos veces para ir eliminando opciones. El que sobrevivía en la mesa, era el destino del miércoles.

Ese martes, Chía tiró la moneda.

Primero salieron el 12, el 71 y el 22.

Deseo N°12: Subirse a la montaña rusa más alta del parque y gritar.
Deseo N°71: Escribir una carta a mano y enviarla a una dirección desconocida.
Deseo N°22: Comprarle un regalo a alguien un día cualquiera (sin que sea su cumpleaños).

Primera tirada: eliminó el 12.
Segunda tirada: eliminó el 71.

Quedó el 22.

Chía miró el número en el papel durante tres segundos. Luego miró la moneda. Luego volvió al número.

Comprarle un regalo a alguien un día cualquiera.

La frase estaba escrita con una caligrafía redonda y apresurada, como si la idea hubiera llegado de golpe en medio de un viaje en autobús y hubiera habido que anotar rápido antes de que se escapara.

A Chía le gustaba la idea en principio. El problema era que ella tenía los recuerdos completos de alguien que conocía perfectamente las reglas sociales de Aksanera. Y la regla principal de los regalos era que necesitaban una justificación. Un cumpleaños. Un aniversario. Una Navidad. Una disculpa por haber derramado vino tinto en una alfombra blanca.

Dar un regalo un miércoles por la tarde porque sí, sin ningún motivo en el calendario, era romper la regla. Era presentarse en la vida de otra persona con un objeto físico solo para decirle: "estaba en otro lado, haciendo otra cosa, y de repente me acordé de que existes".

Chía sonrió.

Le parecía un concepto interesante. Era una interrupción voluntaria.

Fue hasta el baño antes de irse a dormir. Se paró frente al espejo del lavamanos y pensó en el deseo número veintidós. El reflejo la miró de vuelta. Chía no hizo ningún movimiento, pero el reflejo ladeó un poco la cabeza, sonrió con esa sonrisa pequeña que se usa cuando uno está planeando una travesura inofensiva, y se mordió levemente el labio inferior.

Nerviosismo y anticipación.

Esa era la temperatura del deseo.

Chía asintió una vez. Apagó la luz. Mañana iba a ser un miércoles distinto.

— — —

El Dragón Feliz

Aksanera a las tres de la tarde de un miércoles de invierno era una ciudad ocupada en sus propios asuntos. La gente caminaba rápido, con las manos profundamente hundidas en los bolsillos de los abrigos, exhalando pequeñas nubes de vapor blanco que desaparecen en el aire frío antes de que nadie pudiera atraparlas.

Chía caminaba por el barrio viejo. Llevaba el abrigo gris y esa bufanda de lana mostaza que era completamente exagerada para su tamaño pero que la hacía sentir invencible contra el viento.

Le gustaba caminar por Aksanera a esa hora. Le gustaba ver cómo los toldos de las tiendas se sacudían y cómo el olor a castañas asadas de los carritos callejeros se mezclaba con el olor a humedad de los edificios antiguos.

La primera decisión del día ya estaba tomada. El regalo iba a ser para Daniela.

Noel habría sido una opción divertida, pero Noel transformaría un simple regalo en una excusa para organizar una fiesta que terminaría a las cuatro de la mañana en el Bar Joker.

Tenía que ser Daniela.

Daniela era su amiga de la universidad. Daniela era la que la miraba en las cenas con esa expresión curiosa, como si estuviera leyendo un libro que le encantaba pero del que le habían cambiado sutilmente un par de palabras en la última edición. Daniela se había mudado sola hacía tres meses y Chía sabía, por el inventario de conversaciones recientes, que lo estaba pasando un poco mal.

«Es un mausoleo, Chía», había dicho Daniela la semana pasada mientras tomaban café. «Llegó a la casa, cierro la puerta y el silencio es tan grande que puedo escuchar cómo parpadeo. Además, el invierno me deprime y la única planta que me quedaba viva decidió secarse ayer en un acto de puro dramatismo».

Chía se detuvo en la esquina de la calle Prat. Frente a ella estaba la respuesta.

"El Dragón Feliz". Una tienda de importaciones que ocupaba casi media cuadra y que desde la vitrina prometía solucionar cualquier problema que no sabías que tenías.

Chía empujó la puerta de cristal. Una campanilla sonó alegremente sobre su cabeza. El interior era un laberinto de pasillos angostos iluminados por luces fluorescentes que hacían que todo pareciera vibrar. Olía a incienso de sándalo, a plástico nuevo y a té de jazmín.

Empezó a recorrer los pasillos con la curiosidad genuina de quien visita un museo extraño.




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