CHÍA
Capítulo 6 — Viernes
La carta que nadie fue a buscar
Los Encargos de Medianoche | Aksanera | Invierno
✦ El teléfono en silencio ✦
El teléfono llevaba toda la semana sin decir nada importante.
Eso era un hecho objetivo. Chía lo había revisado con la regularidad específica de alguien que no quiere que se note que lo revisa. Mensajes del equipo del podcast. Un correo de una marca de audífonos que quería auspicios. Noel mandando un video de un perro que se había caído de un sofá con el texto esto eres tú los lunes. Nada de lo que Chía esperaba sin haber decidido conscientemente que lo esperaba.
Don Abel Engregor no había respondido.
Chía no había llamado a la panadería. La panadería estaba cerrada. Don Abel no tenía redes sociales porque Chía lo había verificado el martes a las once de la noche con la misma energía con que uno verifica cosas que sabe que no va a encontrar pero que igual busca. No había manera de saber si don Abel había escuchado la invitación en vivo o en la retransmisión del martes. No había manera de saber si iba a responder.
Chía había estado pensando en eso toda la semana sin llamarlo pensar en eso.
El viernes por la noche estaba sentada en el suelo del living con la espalda contra el sofá y el teléfono boca abajo sobre la alfombra. No para no verlo. Solo porque mirarlo hacia arriba era un hábito y mirar la pantalla oscura también era un hábito y ninguno de los dos estaba resultando particularmente útil.
Tenía la lista de deseos desplegada sobre las rodillas.
No para elegir el próximo miércoles. Solo para tener algo concreto entre las manos mientras el departamento hacía ese silencio de los viernes que era diferente al silencio de los otros días. Más espacioso. Más honesto.
Eran las once y cincuenta y dos cuando sintió el vapor.
Chía dobló la lista. La dejó sobre el sofá. Fue al baño.
El espejo del lavamanos ya estaba empañado. Las palabras aparecían desde el centro hacia los bordes con esa caligrafía que no era de nadie que Chía conociera y que sin embargo siempre llegaba con la precisión de alguien que sabe exactamente lo que está escribiendo.
Hay una carta en el buzón del edificio Siena.
Calle Portales 84. Lleva tres semanas sin ser recogida.
Entrégala al destinatario real.
Tienes cuatro horas.
La carta ya sabe adónde ir. Tú solo tienes que seguirla.
Chía leyó el encargo.
Luego leyó la última línea de nuevo.
La carta ya sabe adónde ir. Tú solo tienes que seguirla.
Chía inclinó la cabeza hacia la izquierda con esa manera suya de procesar las cosas que no entendía del todo pero que encontraba interesantes. Una carta con dirección propia. Un objeto que sabe cosas. La advertencia más críptica que había tenido hasta el momento.
Fue al dormitorio a buscar el abrigo. El largo, el negro, el de siempre.
Al pasar por el living levantó el teléfono del suelo. Lo miró una vez. Pantalla oscura. Lo guardó en el bolsillo del abrigo y salió.
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✦ Aksanera y el viento ✦
El viento de Aksanera en invierno tenía personalidad propia.
No era el viento suave que mueve las hojas de las películas de otoño. Era el viento que decidía en qué dirección soplaba basándose en sus propios criterios y que cambiaba de opinión cada dos cuadras con la arbitrariedad de alguien que tiene todo el tiempo del mundo y ninguna obligación de ser predecible. Esta noche soplaba del este, que en Aksanera significaba que venía del río y traía consigo ese olor específico al agua del río en invierno que no era exactamente fresco ni exactamente pesado sino las dos cosas al mismo tiempo.
Chía caminó con las manos en los bolsillos y el abrigo cerrado hasta el último botón.
La calle Portales estaba en el límite entre el barrio viejo y el centro. Una de esas calles de Aksanera que no pertenecían completamente a ninguna zona sino que existían en el espacio entre dos identidades, con negocios que cerraban a las seis junto a bares que abrían a las diez, con edificios de los años cuarenta junto a construcciones nuevas que todavía olían a pintura fresca.
A medianoche la calle estaba casi vacía.
Casi.
En la esquina de Portales con Miramar había una mujer parada frente a un buzón de correos con un sobre en la mano. No el buzón del edificio Siena. El buzón rojo de la calle, el de correos municipales. La mujer tenía unos cincuenta años, abrigo beige, el pelo recogido con esa prisa de quien salió a hacer algo rápido y pensaba volver en diez minutos. Sostenía el sobre con las dos manos mirándolo.
No lo metía al buzón.
Solo lo miraba.
Chía ralentizó el paso. La mujer tomó aire, metió el sobre al buzón con un movimiento rápido como quien arranca una curita, y se fue caminando en dirección contraria sin mirar atrás.
Chía siguió caminando.
Pensó en cartas.
En cómo mandar una carta a medianoche en invierno era el tipo de acto que solo hacía alguien que no podía esperar a la mañana. En cómo el buzón rojo en la esquina era un punto de no retorno. Meter el sobre significaba que la carta iba a llegar aunque uno se arrepintiera en el camino de vuelta a casa.
El edificio Siena estaba a media cuadra.
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Era un edificio de los años setenta. Cinco pisos, fachada de ladrillo oscurecido por el tiempo, balcones estrechos con ropa colgada que el viento movía en sus propios ritmos. La puerta de entrada era de vidrio y metal y desde la vereda se veía el hall de entrada iluminado por una sola luz fluorescente que parpadea levemente como si estuviera pensando en rendirse pero todavía no había tomado la decisión.