Los Lunes con Chía

Capítulo 8: Deseo N°1

CHÍA

Capítulo 8 — Miércoles

Deseo N°1: Ver un amanecer desde el techo de un edificio alto

La Lista | Aksanera | Invierno

✦ El experimento ✦

Antes de tirar la moneda Chía hizo algo.

No era parte del sistema. El sistema era simple y no tenía pasos adicionales. La lista, tres números, dos tiradas, un deseo. Así había funcionado siempre y no había razón para cambiarle nada.

Pero esta semana Chía había estado pensando en algo.

No de manera obsesiva. De esa manera lateral que tienen los pensamientos que uno no busca pero que aparecen igual, en el tren, mientras espera que hierva el agua, en el momento entre apagar la luz y que el silencio del departamento se instale completamente. Un pensamiento que llevaba días dando vueltas sin que ella le diera el espacio de ser pensado del todo.

Cruzar espejos.

Había cruzado espejos físicos. El del hall del Siena, el de la farmacia, el de la tintorería, el escaparate de la panadería de don Abel. Todos tenían algo en común. Eran superficies reales con espacios reales del otro lado. La física del asunto, si es que lo que Chía hacía tenía algo que ver con la física, requería una contraparte concreta.

Fue a la cocina. Tomó el espejo pequeño que tenía en el cajón, redondo, con mango de madera, del tipo que viene en los kits de viaje y que sirve para mirarse de cerca. Lo puso sobre la mesa orientado hacia la cámara del celular. Abrió la aplicación de cámara. Activó la grabación en tiempo real. Verificó que el ángulo captará el espejo completo.

El teléfono empezó a grabar.

Chía lo dejó ahí. Tomó el segundo teléfono, el viejo, el que usaba para cosas que no quería mezclar con el principal. Abrió la transmisión en vivo. La cocina apareció en la pantalla. El espejo pequeño en el centro del cuadro. Todo en su lugar.

Guardó el teléfono viejo en la mochila.

Luego sacó otro espejo. Este más pequeño todavía. Del tamaño de la palma de la mano. Superficie plana, sin marco, el tipo de espejo que se usa para maquillaje y que Chía tenía en el baño sin ninguna razón particular salvo que estaba cuando llegó y se quedó.

También lo metió en la mochila.

Se puso el abrigo.

Y fue a la mesa a tirar la moneda.

El deseo del miércoles era el deseo del miércoles.

— — —

La moneda eligió entre el 1, el 8 y el 33.

Deseo N°8: Quedarse dormida en algún lugar que no sea su cama.

Deseo N°33: Quedarse una hora entera sin hacer absolutamente nada y no sentirse culpable.

Deseo N°1: Ver un amanecer desde el techo de un edificio alto.

Primera tirada eliminó el 33.

La segunda tirada eliminó el 8.

Quedó el 1.

Chía miró el número.

Luego miró por la ventana. Aksanera de noche. Las luces del barrio. Y al fondo, apenas visible entre los edificios, una franja oscura que era el mar.

El amanecer en Aksanera en invierno era a las siete y doce.

Tenía tiempo.

Se colgó la mochila al hombro y salió.

— — —

✦ Torre Siena ✦

La Torre Siena era el edificio más alto de Aksanera.

Veintisiete pisos de hormigón y vidrio en el barrio norte, construido en los años noventa con esa ambición específica de las ciudades que en algún momento decidieron que la altura era sinónimo de progreso. No era el edificio más elegante de Aksanera. Tampoco el más feo. Era simplemente el más alto, lo que le daba una presencia en el horizonte urbano que los otros edificios no tenían y que hacía que desde casi cualquier punto de la ciudad uno pudiera ubicarlo sin buscarlo.

Chía lo conocía desde el suelo.

Había pasado frente a él decenas de veces. Sabía que en el piso doce había una empresa de seguros que tenía una planta entera. Que el lobby tenía un mármol beige que en las mañanas reflejaba la luz de una manera que hacía que el espacio pareciera más antiguo de lo que era. Que el ascensor de servicio subía hasta el piso veintiséis y desde ahí había una escalera de metal que llevaba a la terraza técnica del piso veintisiete.

También sabía que en el lobby había un espejo.

Grande. Rectangular. Con el logo del edificio grabado en el vidrio en una esquina.

Chía llegó a la Torre Siena a las once y cuarenta y siete de la noche.

El lobby estaba vacío salvo por un guardia de seguridad que leía algo en el teléfono con esa concentración de alguien que aprovecha cada minuto de turno nocturno para hacer lo que en el día no puede.

No lo miró a los ojos.

Fue directo al espejo del lobby.

Puso la mano en la superficie.

Y cruzó.

— — —

El lado reflejado de la Torre Siena a medianoche tenía el silencio de los edificios que llevan horas sin tráfico humano.

No el silencio lleno de cosas acumuladas de la farmacia. No el silencio denso del hall del Siena con sus cincuenta años de vecinos. Un silencio más nuevo, más corporativo, más parecido al silencio de los espacios que existen para funcionar y que cuando no funcionan simplemente esperan.

Chía subió por el lado reflejado.

Las escaleras del lado reflejado eran iguales a las reales pero sin el sonido de los pasos. No exactamente. Había algo. Un eco muy leve, como si el sonido existiera pero a un volumen que el oído humano no podía registrar correctamente. Chía lo había notado antes en otros edificios. Era una de las cosas del lado reflejado que todavía no terminaba de entender del todo.

Llegó al piso veintisiete.

Encontró un espejo en el pasillo de servicio, pequeño, de los que instalan para que los técnicos puedan verificar su apariencia antes de atender a los clientes. Cruzó de vuelta al lado real.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.