Los Lunes con Chía

Capitulo 9: La voz de la ultima vuelta (Other Side)

OTHER SIDE

La voz de la última vuelta

Capítulo 9 · Versión breve

NARRADOR

EL OBSERVADOR DEL LADO REFLEJADO

REGISTRO

Una conciencia que solo alcanza el mundo a través de superficies que devuelven imágenes.

«Los espejos no guardan secretos. Guardan ángulos.»

✦ La mujer que aprendió demasiado rápido ✦

Para este relato pueden llamarme el Observador del Lado Reflejado. No es un nombre. Es una función. Yo miro las habitaciones a las que los espejos dan la espalda, las calles cuando quedan vacías de personas y esos segundos en que alguien observa su reflejo sin estar seguro de quién está copiando a quién.

La noche del viernes vi a Chía Loudest repetir cinco veces el instante en que aparecía en su propia cocina. Ella creía que estaba estudiando un descubrimiento. No era cierto. Las primeras tres veces estudió. La cuarta se rio. La quinta solamente quiso volver a sentirlo.

Eso fue lo extraño.

Los seres humanos repiten las cosas agradables porque temen que no vuelvan a ocurrir. Chía todavía no sabía que ya había empezado a hacer lo mismo.

Después llegó el vapor. Un encargo. Una caja de música. El conductor de la línea seis. Tres horas. Y una advertencia que ella leyó como si las palabras fueran instrucciones y no dientes:

Una voz puede desaparecer sin dejar de sonar.

✦ Lo que pesa en el puesto diecisiete ✦

La seguí hasta la estación vieja. Cruzó por una vitrina, bajó veintitrés escalones y, en el siguiente, desapareció de nuestro lado sin tocar ningún espejo.

El Mercado Nocturno hace eso. No refleja aquello que vende. Si pudiera verse completo, alguien terminaría preguntando quién ocupa el puesto que falta.

Volví a encontrarla en una lámina estrecha detrás del tasador. Él colocó frente a ella una caja marcada con el número 6-14. Dentro estaba la voz de Mara diciendo algo insignificante: que Esteban comprara pan al regresar.

Los humanos creen que los recuerdos importantes contienen despedidas, promesas o últimas palabras. Se equivocan. Lo que más cuesta perder suele ser una frase que nadie supo que debía guardar.

Esteban no había vendido el recuerdo de su esposa. Había vendido la certeza inmediata de reconocerla. Podía escuchar su voz, saber que era Mara y, aun así, sentir que hablaba una desconocida.

Para recuperar aquella diferencia, Chía debía entregar otra.

Pensó en veintisiete años de cumpleaños, estudios, amistades y programas de radio. La balanza no se movió.

—Es extraño —dijo el tasador—. Tiene todos los bordes de una memoria, pero casi no pesa.

Entonces Chía pensó en tres semanas.

En Noel tirando de su mano para hacerla bailar. En la lámpara de Daniela. En el pan de don Abel. En el amanecer sobre la Torre Siena. En su propia risa al aparecer en la cocina.

La balanza descendió.

El mercado eligió el precio antes que ella: la capacidad de reconocer el sabor del café.

Chía aceptó porque todavía creía que las cosas pequeñas podían clasificarse como prescindibles.

✦ El espejo que respondió a otra persona ✦

Salió con la caja y poco tiempo. En la primera curva sacó el teléfono, abrió la transmisión de su baño y enfrentó el espejo portátil a la pantalla.

Apoyó la mano.

Encontró vidrio.

Chía pensó que el espejo no había respondido.

No fue exactamente eso.

En mi lado se abrió un rectángulo de luz. Vi su lavamanos, la puerta del departamento y una taza olvidada en la cocina. La abertura no miraba hacia Chía. Miraba hacia mí.

Puse la mano sobre la superficie.

Ella alcanzó a ver el puesto diecisiete detrás de su propio reflejo y bajó el espejo antes de verme.

Podría haber cruzado.

No lo hice.

Todavía no.

Chía guardó el espejo, corrió fuera del mercado y alcanzó la última vuelta de la línea seis. Entregó la caja a un hombre que había pagado para sobrevivir a la voz de su esposa.

Esteban la abrió.

Mara volvió a decirle que comprara pan.

Él volvió a reconocerla.

También volvió el dolor. Las devoluciones honestas suelen incluirlo.

✦ Lo que quedó después ✦

A las tres de la mañana, la ventana de la cocina se convirtió en espejo. Desde allí vi a Chía preparar tres cafés distintos.

Uno con sus granos habituales. Otro con una bolsa que guardaba para ocasiones especiales. El tercero instantáneo, reservado para emergencias y visitas con estándares inferiores a los suyos.

Los probó en diferente orden. Añadió azúcar. Cambió las tazas. Anotó resultados.

Todos eran calor y amargura sin identidad.

Entonces preparó té.

Lo probó y encontró bergamota, flores y una amargura nueva al final. Movió las bolsas de café al fondo del armario y dejó el té delante. No necesitó llorar. A veces una renuncia empieza simplemente reorganizando una repisa.

Después reprodujo otra vez el video del amanecer.

La cocina estaba vacía. Un cuadro después, ella aparecía.

Chía sonrió.

Aksanera seguía siendo suya.

El café ya no.

Ella cree que ese fue el precio.

No lo fue.

Eso fue solamente el recibo. El precio llegará más tarde, cuando alguien le pregunte por qué dejó de tomar café y Chía tenga que inventar una razón humana para explicar una ausencia que ningún médico podría encontrar.




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