Los Lunes con Chía

Capitulo 9: La voz de la ultima vuelta

CHÍA

Capítulo 9 — Viernes

La voz de la última vuelta

Los Encargos de Medianoche | Aksanera | Invierno

✦ El video ✦

El viernes a las once y treinta y ocho de la noche Chía estaba viendo cómo aparecía en su propia cocina.

Era la quinta vez esa noche.

En la pantalla del teléfono, la cocina permanecía vacía. La mesa. La ventana. El espejo pequeño colocado frente a la cámara. La luz del amanecer entrando de lado. Luego, sin puerta, sin pasos y sin ningún movimiento intermedio, Chía estaba allí.

La primera vez había contado cuadro por cuadro. La segunda comprobó la hora de los teléfonos. La tercera buscó alteraciones en la señal. La cuarta se había reído.

La quinta no tenía ninguna función técnica.

Solo quería verlo otra vez.

Sostenía una taza del café de siempre, molido fino, sin azúcar y con un poco más de agua de la que recomendaba el envase.

Pausó el video en el instante anterior a aparecer.

Cocina vacía.

Avanzó un cuadro.

Chía.

Retrocedió.

Vacío.

Avanzó.

Chía.

Bebió café y sonrió con la taza todavía junto a los labios.

No era un poder nuevo exactamente. Los espejos siempre habían conectado lugares. Lo nuevo era haber entendido que la contraparte no necesitaba estar frente a ella si podía verla en ese momento. Una imagen en directo podía sostener el otro extremo. Distancia convertida en una cuestión de ángulo.

Abrió el cajón. Los dos espejos estaban junto a la lista, separados por un paño para que no se rayaran. Descubrir una nueva propiedad de la realidad no justificaba tratar mal los objetos.

Tomó el espejo pequeño. Abrió la cámara del teléfono viejo y apuntó hacia el baño. En la pantalla apareció el lavamanos, la puerta abierta y el espejo grande sobre él.

Chía apoyó un dedo en el espejo portátil.

La superficie cedió apenas, como agua sosteniendo una película muy fina.

Lo retiró antes de cruzar.

Funcionaba.

La satisfacción le llegó de nuevo, breve y limpia. No tan grande como la del amanecer. Más parecida a encontrar una pieza que encaja en un espacio cuya existencia uno acababa de descubrir.

Entonces sintió el vapor.

No venía del café.

Desde la cocina alcanzaba a ver una esquina del baño. El vidrio se estaba cubriendo desde el centro hacia los bordes aunque la ducha llevaba horas seca.

Miró la hora.

Once cincuenta y dos.

Guardó el video. Se levantó. Fue al baño.

Las palabras aparecieron despacio.

Ve al Mercado Nocturno bajo la estación vieja.

Recupera la caja de música del puesto diecisiete.

Entrégala a Esteban Rojas, conductor de la línea seis, antes de la última vuelta.

Tienes tres horas.

Una voz puede desaparecer sin dejar de sonar.

Chía leyó el encargo dos veces.

Mercado Nocturno.

Había oído ese nombre antes. La gente decía mercado de madrugada o los puestos de abajo para referirse a la feria que aparecía junto a la terminal ferroviaria. Existía debajo de ese mercado, o detrás, o durante los minutos en que uno doblaba por una escalera que no estaba allí durante el día. Chía había visto sus luces desde el lado reflejado, pero nunca había entrado.

Volvió a leer la advertencia.

Una voz puede desaparecer sin dejar de sonar.

Abrió el grifo. El agua fría borró las palabras.

Fue al dormitorio por el abrigo negro. En el bolsillo interior guardó el teléfono viejo y el espejo pequeño. Dudó un segundo y agregó el espejo redondo.

Dos salidas eran mejores que una.

Tomó el último sorbo de café antes de salir.

Estaba bueno.

— — —

✦ La línea seis ✦

Aksanera a medianoche estaba húmeda aunque no había llovido.

La niebla del mar había subido por las avenidas bajas y se quedaba suspendida a la altura de los faroles, volviendo amarillas las esquinas y borrando la parte superior de los edificios. Los autos parecían surgir de una pared blanca y desaparecer en otra treinta metros después.

Chía caminó hacia la estación vieja.

Pasó frente a una lavandería que funcionaba toda la noche. Tres secadoras giraban detrás del vidrio. Una con ropa blanca. Una con ropa oscura. Una llena de sábanas rojas que daban vueltas como una bandera dentro de una tormenta pequeña.

En la esquina de la avenida Portales escuchó el motor de un autobús.

La línea seis apareció entre la niebla.

Era un vehículo antiguo, azul y crema, con cuatro pasajeros. Una mujer dormida, dos trabajadores con chaquetas reflectantes y un joven abrazando una caja de torta como si el resto del autobús amenazara el merengue.

El letrero frontal decía ÚLTIMAS VUELTAS.

Cuando se detuvo en el semáforo, una voz femenina salió de los altavoces interiores y alcanzó la vereda porque la puerta delantera estaba abierta.

Próxima parada: Plaza de los Tilos. Recuerde llevar sus pertenencias.

Era una voz agradable. Clara. Con una pequeña sonrisa escondida al final de la palabra pertenencias, como si quien la había grabado supiera que la mayoría de la gente iba a olvidarlas de todas formas.

Chía miró al conductor.

Un hombre de unos cincuenta y cinco años, barba corta, uniforme azul, las dos manos en el volante. No reaccionó a la voz. Revisó el espejo superior, cerró las puertas y siguió.

El número interno del autobús era el 614.

Chía lo guardó.

La estación vieja quedaba seis cuadras al sur. Ya no recibía trenes, pero seguía ahí porque Aksanera tenía una relación complicada con las cosas que dejaban de servir.

El reloj de la fachada marcaba las nueve y veinte desde antes de que Chía tuviera los recuerdos suficientes para saberlo.




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