CHÍA
Capítulo 11 — Miércoles
El plato de siempre
Deseo N.º 63: Comer en un restaurante completamente sola y disfrutarlo
La Lista | Aksanera | Invierno
✦ ✦ El té y la moneda
El martes por la noche Chía preparó té de bergamota y se sentó frente a la lista.
Había desplazado las bolsas de café al estante de atrás. No las había tirado. Tampoco había vuelto a tocarlas. La caja de té ocupaba ahora el lugar más accesible del armario, junto al azúcar, aunque Chía seguía tomándolo sin azúcar porque el sabor era más fácil de estudiar cuando no tenía modificaciones adicionales.
Dejó la taza a la derecha del cuaderno.
La moneda de cincuenta céntimos quedó a la izquierda.
La lista, en el centro.
Era un sistema conocido. Tres números. Dos tiradas. Un deseo.
Chía abrió el cuaderno y pasó el dedo por las líneas ya tachadas.
Deseo N.º 4: Bailar en público sin que nadie te invite.
Deseo N.º 22: Comprarle un regalo a alguien un día cualquiera.
Deseo N.º 1: Ver un amanecer desde el techo de un edificio alto.
Tres líneas cruzadas con una raya limpia. Tres experiencias que podían ubicarse en lugares concretos: el Joker, una cafetería del barrio viejo, la azotea de la Torre Siena. También podían ubicarse en el cuerpo. El movimiento que había dejado de contar. El abrazo de Daniela llegando sin aviso. La risa frente a un video que había visto más veces de las necesarias.
Chía bebió té.
Bergamota. Algo floral. La amargura breve del final.
Todo seguía ahí.
Buscó tres números al azar.
Diecisiete.
Treinta y tres.
Sesenta y tres.
Leyó los deseos.
Deseo N.º 17: Aprender a andar en bicicleta sin manos.
Deseo N.º 33: Quedarse una hora entera sin hacer absolutamente nada y no sentirse culpable.
Deseo N.º 63: Comer en un restaurante completamente sola y disfrutarlo.
Chía dejó el lápiz sobre la mesa.
Los tres parecían razonables. El diecisiete requería una bicicleta, una calle sin demasiado tráfico y una disposición moderada a caerse. El treinta y tres requería una hora, una silla y, según la redacción, la ausencia de una reacción emocional específica. El sesenta y tres requería comida.
Comer sabía.
Estar sola también.
Disfrutar, en teoría, era una consecuencia posible de combinar correctamente las dos cosas.
Lanzó la moneda.
Cara.
Eliminó el diecisiete.
Volvió a lanzar.
Cruz.
Eliminó el treinta y tres.
Quedó el sesenta y tres.
Comer en un restaurante completamente sola y disfrutarlo.
Chía miró la frase durante tres segundos.
Después tomó el teléfono y abrió la aplicación de reservas.
No buscó restaurantes nuevos. Un lugar desconocido habría introducido demasiadas variables: calidad incierta, servicio incierto, ruido incierto, posibilidad de que el menú incluyera descripciones como experiencia de bosque o espuma de nostalgia, expresiones que Chía consideraba poco útiles para anticipar una cena.
Eligió La Vela Azul.
Quedaba en la calle Cardenal, a dos cuadras de la plaza de los Tilos. Había ido muchas veces. Conocía la distribución de las mesas, la inclinación ligeramente defectuosa del piso junto a la ventana y el nombre del camarero que trabajaba los miércoles.
Marcelo.
La reserva preguntó cuántas personas asistirían.
Chía seleccionó una.
La pantalla mostró una advertencia.
¿Está segura de que desea reservar para una persona?
Chía frunció el ceño.
La aplicación nunca preguntaba si alguien estaba seguro de reservar para dos.
Seleccionó CONFIRMAR.
Miércoles, diecinueve treinta.
Mesa para una.
La frase se veía más solitaria escrita por una máquina de lo que Chía había esperado.
Bebió otro sorbo de té.
Eso también era información.
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✦ ✦ La Vela Azul
El miércoles a las siete veintidós de la tarde Aksanera estaba en esa hora del invierno en que la ciudad parecía haber decidido que ya era de noche, aunque todavía quedara una franja azul detrás de los edificios.