Los Marshall

Prólogo

En este sombrío y retorcido giro del cuento que todos creen conocer, Caperucita no se encuentra con un lobo solitario en el bosque, sino con tres bestias voraces, criaturas de pesadilla cuyas garras podrían desgarrar el mismísimo cielo. Pero lejos de querer devorarla, estas bestias anhelan algo más oscuro, más profundo: poseerla, hacerla suya en cuerpo y alma. Lo que debía ser un relato de inocencia enfrentándose al peligro, se convierte en una danza macabra entre la fragilidad humana y la ferocidad insaciable de lo salvaje.

Al principio, Caperucita sintió miedo. ¿Cómo no hacerlo? Frente a aquellas criaturas, cualquier ser vivo habría sucumbido al terror. Pero lo que nació entre ellos no fue simple horror, sino algo más siniestro. De la inocencia de Caperucita emergió un amor oscuro, una atracción que desafía las leyes de la moral y la razón. Cada encuentro en el bosque se convirtió en un juego peligroso, una coreografía de miradas y movimientos donde la ternura se mezclaba con la amenaza latente de dientes afilados y garras inquietas.

Las bestias, lejos de ser simples depredadores, desarrollaron una obsesión inquebrantable por la joven. Caperucita, con su voz suave y su presencia etérea, se convirtió en el centro de su mundo. Aquellas criaturas, tan distintas entre sí, se unieron bajo un único propósito: protegerla, incluso al precio de la sangre y la destrucción. Su devoción era tanto un acto de amor como una manifestación de su naturaleza violenta, un pacto oscuro que no permitía la interferencia de nadie.

Para Caperucita, este amor no era el que le habían enseñado a desear. No era dulce ni puro; era como el abrazo de una tormenta, cálido y desgarrador al mismo tiempo. Aquello que sentía no era simple atracción, sino una entrega completa a la oscuridad que la rodeaba. Era una transformación lenta pero inevitable, un abandono de su humanidad en favor de algo más primitivo, más profundo, más eterno.

El bosque, antes un lugar de sombras amenazantes, se convirtió en el escenario de una historia que ninguna pluma se atrevería a narrar sin temblar. La inocencia de Caperucita ya no era tal; había sido consumida por un amor que trascendía las fronteras de lo humano. Y así, entre la luz quebrada por las ramas y los susurros del viento que nunca llegaban al pueblo, se tejió una conexión que no conocía límites ni salvación. Una historia de pasión, obsesión y posesión, donde la línea entre la víctima y el depredador se desdibujó para siempre.

Caperucita no fue devorada por las bestias. Pero, en muchos sentidos, tampoco salió del bosque como la misma niña que entró.




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