Los Marshall

Capítulo 2

Lucas me da un breve recorrido por la casa antes de dejarme en lo que será mi habitación por un tiempo indefinido.

A primera vista, el espacio es todo lo que podría desear: un oasis de independencia en medio de este nuevo comienzo. La habitación es amplia, más de lo que estoy acostumbrada, y lo mejor de todo es que cuenta con un baño privado. En mi casa anterior, solo teníamos un baño que debía compartirse entre los cuatro, lo que significaba largas esperas y una rutina cuidadosamente calculada para que todos pudieran usarlo. Tener uno solo para mí es casi un lujo.

Una cama matrimonial ocupa el centro del cuarto, con un cabecero que parece tallado a mano. Detrás de la cama hay una ventana grande que inunda el espacio con luz natural y permite que entre una brisa fresca. Lo curioso es que detrás de la ventana se extiende un pequeño muro adicional, como si estuviera pensado para colocar macetas o adornos. Me imagino decorándolo con plantas que nunca tuve tiempo de cuidar en casa.

En una de las paredes destaca una estantería vacía. Su madera desgastada habla de años de uso, pero también de carácter. Estoy segura de que con una capa de pintura y barniz recuperará su antiguo esplendor. Estoy agradecida de que la hayan dejado aquí; probablemente mi madre mencionó en alguna llamada mi amor por los libros.

En una esquina hay un escritorio de madera, sencillo pero funcional, con espacio suficiente para colocar mis cosas. Una tabla colgada al lado promete ser útil para organizarme. Será perfecto para estudiar y, en los ratos libres, dedicarme a escribir, algo que siempre ha sido mi escape.

El armario, por su parte, es más grande de lo que esperaba. Espacioso y bien construido, es lo suficientemente amplio como para guardar toda mi ropa sin problemas.

Lucas dejó las maletas al pie de la cama antes de irse, y yo comienzo a desempacar. Abro la más pequeña, buscando las cosas que considero más importantes. Lo primero que saco es una foto de mi familia. La coloco cuidadosamente sobre la mesita de noche, junto a la cama, y me detengo un momento para observarla. Es una imagen sencilla, tomada en uno de esos días en los que todo parecía perfecto. Papá, con su brazo alrededor de mamá; Alana, en mis rodillas, riendo con esa inocencia que solo tienen los niños.

Tres golpes en la puerta interrumpen mis pensamientos. El sonido es suave, pero suficiente para sacarme de mi ensimismamiento. Camino hacia la puerta y la abro, encontrándome con la mirada curiosa de mi prima.

Lucas no dice nada al principio. Sus ojos recorren el cuarto rápidamente, deteniéndose en mis maletas abiertas. Algunas prendas sobresalen de los bordes, junto con pequeños objetos personales que he sacado para darme un sentido de familiaridad.

—Disculpa, mi mamá quiere que bajes a cenar— dice Lucas finalmente, apoyado en el marco de la puerta.

—Está bien— respondo, mientras salgo de la habitación. Esperaba que añadiera algo más o que simplemente se apartara, pero se queda ahí, inmóvil, observándome fijamente —¿Pasa algo? Si sigues mirándome así, vas a desgastarme— añado con un tono seco, cruzándome de brazos.

—Quién sabe, tal vez eso sea bueno para ti— replica con una sonrisa burlona, antes de pasar rápidamente a mi lado y dirigirse hacia las escaleras.

—Pero qué pesado— murmuro para mí misma, con un leve suspiro.

Antes de bajar, decido pasar por la habitación de Alana. Al entrar, la encuentro organizando con mucho cuidado su extensa colección de muñecas Bratz en un estante, idéntico al que tengo en mi cuarto.

—Pushi...— la llamo en voz baja.

Ella aparta la atención de sus muñecas y corre hacia mí, dejando todo atrás. Me apresuro a cargarla en brazos, y ella me abraza con fuerza, rodeando mi cuello.

—Vamos a comer— le digo.

—¿Será conejo?— pregunta, con la curiosidad brillando en sus ojos.

No puedo hacer más que asentir.

Bajo las escaleras con Alana en mis brazos, sintiendo su calidez contra mí. Al llegar al comedor, veo a Marisol ya sentada en su lugar habitual, mientras Lucas se encarga de acomodar la mesa bajo las instrucciones minuciosas de su madre. Dejo a Alana en el suelo, y, con la confianza natural de una niña, corre hacia su tía para darle un abrazo.

—Espero que les guste el conejo asado— comenta Marisol con una sonrisa, mientras Lucas coloca el cuerpo perfectamente cocinado en el centro de la mesa, rodeado de guarniciones que llenan el aire con un aroma delicioso.

—Nunca lo he comido, ¿Es rico?— pregunta Alana, mirando el plato con una mezcla de curiosidad y precaución.

—La carne de conejo es muy rica en proteínas y baja en colesterol— .responde Lucas, adoptando un tono exageradamente profesional, como si estuviera grabando un comercial —Te dará las vitaminas y energía que necesitas para crecer muy sana y fuerte—

Ruedo los ojos ante su respuesta. Observo a Alana, quien lo mira con una expresión claramente perdida. Idiota, pienso, ¿quién le habla de proteínas y vitaminas a una niña de cinco años?

—Ya, ¿pero es rico o no?— insiste mi hermana, haciendo que su pequeña voz suene más firme de lo habitual.

—Sí, muy rico— corrige Lucas rápidamente, dándose cuenta de su error.

La conversación fluye entre pequeñas bromas mientras servimos los platos. Marisol corta cuidadosamente un trozo de carne y lo coloca en el plato de Alana, quien lo observa con detenimiento antes de llevarlo a la boca.

—Cuando terminen de cenar, Lucas puede darles un recorrido por los alrededores, ¿verdad, mi príncipe?— dice Marisol, mirando a su hijo con cariño.

—Claro, mamá— responde Lucas con tranquilidad, mientras se sienta en la mesa.

—No quiero que Anabelle se pierda si un día tiene que salir sola— añade mi tía, dirigiéndose a mí —Pronto empezarás la escuela, y aunque Lucas quisiera llevarlas todos los días, el autobús no llega hasta aquí. Tendrás que caminar hasta la carretera principal. No te preocupes, luego te mostraré el camino exacto—




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