Los mellizos Quintana

Capítulo 11.

Después de la advertencia de la señora Vélez, las bromas de Víctor bajaron de intensidad. Sí seguía haciéndole una que otra, pero no tan pesadas como antes. Lo que más le molestaba a Carlos era Erick pidiéndole las libretas de matemáticas y física. Era tan descarado, que ya ni siquiera trataba de sacarle plática, sino que únicamente iba al grano y pedía la tarea que necesitara. Además, Eva no ayudaba mucho con su actitud, cada vez era más demandante. En una tarde, en que él estaba estudiando para el próximo examen de historia, ella le habló por teléfono para decirle que quería salir.

¡Carlos! —Exclamó cuando él le respondió—. Tiene mucho que no salimos. Podríamos ir al nuevo restaurante, ese que acaban de inaugurar, ¿te parece?

Pero tenemos que estudiar para el examen de historia.

Ay, es hasta el viernes, además quiero ir… —dijo al otro lado de la línea.

—Pero, Eva, es demasiado contenido, además…

¡Carlos, no seas aguafiestas! Hay que ir. —Casi le exigió. A él no le quedó de otra más que aceptar.

Tuvo que arreglarse rapidísimo y pasar por ella en taxi, porque no quería llegar sola, y de ahí se fueron al restaurante, aunque eso implicara más gasto. Carlos debía admitir que su novia era preciosa, su cabello, que lo tenía hasta los hombros, era lacio y sedoso, y se puso un vestido rojo que combinaba con unos hermosos zapatos de tacón. Lo malo fue que ella no llevó ningún saco ni abrigo y en ese restaurante tenían el aire acondicionado muy fuerte, así que pronto comenzó a sentir frío y a temblar ligeramente.

—¡Está helado! —Exclamó una vez que se sentaron. Entendió la indirecta y le tuvo que dar su chaqueta, pero lo malo fue que él comenzó a sentir frío.

A pesar de que disfrutaba la compañía de Eva, esa tarde no lo hizo porque sentía el frío que se le metía por las manos y le entumían los dedos. Quería irse pronto de allí, pero el mesero estaba tardando en llevar la comida. La chica le estaba platicando unas cuestiones acerca de política; a diferencia de su hermano, a ella le interesaban esos temas, pero él ni siquiera le estaba prestando atención, solo trataba de no pensar en el horrible frío que estaba sintiendo.

Cuando terminaron la cena, Eva decidió que era momento de volver a casa. «Gracias a Dios» pensó él. Tuvo que pagar la cena, pero se alivió de que al menos su novia no comiera tanto. Recordó que la primera vez que fueron al cine, ella le ofreció ayudarlo con la mitad pero ahora que eran novios, ni siquiera preguntó, y ese lugar no era tan económico que digamos. «Está bien que quiera que la invite y todo, pero mínimo debería escoger otros lugares si quiere que pague todo» caviló, «si ya sabe que no soy millonario como ella». En seguida sacudió la cabeza y se quitó esos pensamientos.

Una vez que salieron del restaurante, ella le devolvió su chaqueta. Él se la puso con rapidez y sintió alivio. Cuando tomó su mano, exclamó:

—¡Estás súper frío!

—Sí, bueno, es que estaba muy fuerte el clima.

—Sí —murmuró.

Para llevarse un buen recuerdo, él sacó su celular y tomó una foto de ambos. Ella sonrió y en otra le dio un beso en la mejilla.

—Me las pasas.

—Sí.

—Pero no la vayas a subir…

—No, no… ¿Pero por qué no te gusta? Si se puede saber…

—Mira, a la gente le vale nuestra relación, si están viendo y comentando es solo porque quieren saber el chisme, no porque les interese o quieran que nos vaya bien. Además tengo la idea de que las relaciones donde publican un montón de fotos y mensajes de amor para que todo el mundo los vea, únicamente quieren alardear. No es porque en verdad tengan una relación perfecta, sino quieren que todo el mundo crea eso. Se me hace muy hipócrita y estúpido.

—Entiendo —dijo él.

—Sí… Bueno, es tarde. Es hora de ir a casa. Llévame.

—Oh, sí.

Por la hora, llamó de su celular a un servicio de taxi para que fuera a recogerlos. Ya no le sorprendían las exigencias de la chica pero no por ello le parecían correctas.

 

***

 

Por haber estado expuesto al aire acondicionado tanto rato, al siguiente día Carlos amaneció enfermo. Le dio un resfriado que no hacía que parara de estornudar ni moquear. Su madre le llevó un vaso de agua con una pastilla para que le bajara la fiebre y una caja de pañuelos. Recibió un mensaje de Eva preguntándole por qué no había ido.

Me enfermé. Escribió.

Qué mal. Recibió de respuesta.

¿Vendrás a verme?

No, lo siento, pero no quiero contagiarme. Te veo luego, mejórate pronto.

Después de recibir ese mensaje de Eva, Carlos rodó los ojos y estornudó. Se durmió un rato pero se despertó cuando recibió una llamada de su amiga.

—¿Sí? —Respondió con voz mormada.

¿Dónde estás? ¿Por qué no viniste a la escuela? —Le preguntó Silvia.

—Me enfermé.




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