Llegué a la esquina donde me esperaba Gerónimo mi mejor amigo, nos conocemos desde que tenemos 6 años, fuimos al mismo colegio y siempre hemos estudiado juntos, es tranquilo y confiable es de esas personas que ''nunca te deja morir'', alguna vez estuve enamorado de su hermana mayor pero bueno ella no era para mí, él tiene diecisiete años, es hijo del panadero y su mayor esfuerzo diario es no quedarse dormido.
—¡Q'ubo, Gero! ¿Qué tenés ahí? —pregunté.
—Pandebonos. ¿Querés uno?
—Mejor dos —le dije, robándole el desayuno
—¡Deja de abusar!
—Jajajaja eh calmado ¿Listo para el primer día?
—Honestamente, no. Pero era estudiar o el ejército. O peor: la panadería con mi viejo
—La panadería no era una mala opción tendrías tu propio negocio y pan caliente siempre
—Si y tendría que levantarme a las 4 de la mañana todos los días y cerrar en la noche
—Si te hubieras enfocado, estarías jugando profesional, debiste seguir entrenando
—Sí, y si mi tío tuviera tetas sería mi tía —respondió él con su filosofía de siempre. —No me gusta madrugar para amasar el pan menos para correr
—Como diría Maradona ''Que jugador nos perdimos''
El trayecto en el MIO se fue entre planes para el fin de semana y teorías conspirativas de Gero sobre por qué los buses siempre huelen a guardado. Aunque apenas era lunes, ya teníamos ganas de rumba; somos caleños, es un defecto de fábrica. Pero mientras Gero hablaba, mi cabeza estaba en otro lado. Me preguntaba cómo estaría Camila. ¿Seguiría teniendo esos dientes frontales que le ganaron el apodo de "castor"? ¿O se habría vuelto una experta en bandeja paisa?
Hace años que no hablábamos. La tengo en Facebook, pero su perfil es un desierto desde hace tres años e Instagram es un fuerte militar privado. Además, perdí su número cuando un "buen samaritano" me pidió prestado el celular apuntándome con una pistola a la cabeza. Amo esta ciudad, pero a veces es difícil.
El MIO nos escupió frente a la universidad. Gero se bajó limpiándose las migas de pandebono en la camiseta, después de todo se puso su outfit de gala para su debut en la facultad de ingeniería en cambio yo me sentía como si entrara a un coliseo romano armado solo con un cuaderno y dos lapiceros.
—Bueno tigre, aquí nos separamos —dijo Gero dándome un puño en el hombro—. Si sobrevivís a la primera clase de redacción, nos vemos en la cafetería.
Me despedí de Gero y caminé hacia mi facultad. En medio del afán, vi a una chica: piel canela clara como harina y nuez moscada, cabello negro lacio y bajita, como de un metro cincuenta y cinco. Venía corriendo como si la persiguiera el diablo hasta que, ¡pum!, tropezón y al suelo. Qué mala suerte justo el primer día
—¿Estás bien? —le pregunté, extendiéndole la mano.
—Sí, sí... perdón, es que olvidé mis gafas y hoy casi no dormí. Lo veo todo como medio borroso—respondió ella con una sonrisa apenada.
—Tranquila, deben ser los nervios el primer día. Sabes, te me haces conocida de alguna parte...
—Tú también, aunque te veo algo borroso. ¿Cómo te llamas?
Justo cuando iba a soltar mi nombre, su teléfono chilló. Era su mamá.
—Perdón tengo que contestar, es urgente
—No hay lio, hablamos después con más calma —le dije—. Y por favor, no olvides tus gafas, que el suelo de la U es duro.
—¡Jajaja! Claro que sí, adiós y gracias por tu ayuda.
"Qué bonita sonrisa", pensé mientras la veía irse fue un pequeño momento bastante curioso pero que marcaría el resto del día, el resto de mi jornada como primíparo fue el típico desfile de profesores presentándose y haciendo las típicas preguntas para saber más sobre los estudiantes, quienes éramos, que nos gustaba, porque habíamos escogido esta carrera y cuales eran nuestras expectativas.
Además, conocí a mis nuevos compañeros muchos eran interesantes otros intentaban serlo, pero todos jóvenes normales y de primera impresión agradables. Pero durante todo el día mi mente saltaba entre Camila y la "chica de la caída". ¿Se habría vuelto a tropezar?
A las cuatro de la tarde, cuando el viento de los Farallones empieza a bajar y la ciudad por fin respira, regrese a casa con Gero, nos contamos las novedades del primer día y al llegar al barrio nos despedimos con un choque de manos y puñito
—Epa nos vemos mañana
—Dale no pillamos mañana
Como es de costumbre cuando llego a la casa Oliver me recibió con un tacle de lucha libre y su habitual demanda de afecto lo abracé cual hizo que me llenara de pelos al soltarlo noté un bolso extraño en la sala. Tenemos visita pensé lo cual es normal aquí los vecinos siempre vienen a saludar seguido.
—¡Ma, ya llegué! —grité.
—Hola mijo, ¿cómo te fue? —respondió mi mamá desde la cocina—. Por aquí están doña Maritza y una sorpresa.
—Hola Tomas —grito doña Maritza—Buenas tardes doña Maritza ¿Cómo va todo?
—Bien mijo gracias a dios, que tal el primer día en la U
—Estuvo chévere, conocí a mis compañeros y me gustaron las clases. Bueno y ¿Cuál es la sorpresa?
—Espere que ya se la mostramos
¿Qué sorpresa sería? Mi corazón dio un vuelco. "¿No me digas que...?", alcancé a pensar, no puede ser en serio ella está aquí, mi mamá porque no me aviso. En ese momento, una figura salió del cuarto de mi madre. Fue como si el tiempo se pusiera denso, como si alguien le hubiera bajado la velocidad a la realidad.
—No puede ser —susurré.
Ahí estaba la desconocida de la mañana. La chica de la caída. Solo que ahora llevaba unas gafas de marco oscuro que la hacían ver... diferente. Más ella.
—¿Sos vos, Camila? —alcancé a decir.
—¡Guao! No lo puedo creer... ¡entonces sí eras vos! —exclamó ella abriendo mucho los ojos—. Qué pequeño es este mundo.
Me quedé ahí, parado como un poste de luz, con la boca abierta. Todo este tiempo fue ella.
—Esteee... disculpame, es que... bueno, has cambiado un poquito —dije, tratando de recuperar la dignidad