El fin de semana terminó en una de esas discusiones domésticas que te dejan un sabor amargo. Mi mamá ya estaba tensa conmigo porque teníamos que pagarle la reparación del carro al papá de Alejo y después me mandó por detergente y traje la marca que no era. Parece una bobada, pero cuando ella empezó con el sermón de que "yo vivo elevado y no pongo cuidado a nada", mi temperamento —que es un calco del suyo— explotó.
—¡Entonces no me mandés a nada y dejame tranquilo! —le grité antes de encerrarme en mi cuarto. Nos amamos, pero chocamos como dos trenes de frente. Al final, el lunes llegó como una tregua necesaria.
Viajé con Gero y Camila en el MIO. Ella se veía tranquila, riendo de las bobadas de Gero, pero yo notaba algo diferente en su mirada, una especie de sombra que no estaba ahí el viernes. Nos separamos en la entrada de la facultad. Yo me fui a mis crónicas y ella a sus leyes.
[Perspectiva de Camila]
La clase de Derecho terminó con el anuncio de un trabajo en grupos. Antes de que pudiera recoger mis cosas, un muchacho que estaba sentado detrás de mí se acercó con una calma inusual.
—¿Te falta alguien para el grupo? —preguntó. Tenía una voz elocuente, de esas que parecen saber exactamente qué tono usar.
—Sí, me falta —respondí.
Caminamos juntos por el pasillo mientras buscábamos nuestros respectivos caminos. Se presentó como Felipe. No parecía el típico estudiante ansioso de primer semestre; tenía una seguridad que te hacía sentir que él ya conocía todos los caminos. Fuimos hablando un poco de nosotros, no pude evitar contarle un poco de mi historia incluido mi regreso, aunque no lo conocía me inspiraba confianza para hablar.
—Falté la primera semana —me contó sin que yo se lo preguntara—. Mi mamá ha estado algo mal de salud y me tocó quedarme en la casa ayudando con las cosas. La familia es lo primero, supongo.
—Siento lo de tu mamá —le dije, notando que él observaba cada detalle de mi reacción.
—No te preocupes, ella es fuerte. Por cierto, qué reloj tan bonito. El rosa resalta bastante.
—Gracias, me lo dio mi papá.
—¿Lo extrañas? —soltó él con una curiosidad que parecía genuina—. Digo, Medellín es una ciudad increíble, mucho más grande que Cali. ¿Por qué cambiar eso por esto?
Sentí un escalofrío el pensar en él porque estaba aquí me traía imágenes que todavía no estoy lista para procesar. No volví solo por la carrera, ni solo por el divorcio. Había algo más pesado en mi maleta, una decisión que mi papá tomó por mí porque sentía que, en Cali, con mi madre y Luca, yo tendría una oportunidad que allá se estaba agotando.
—Cali también es mi casa —respondí cortante—. Además, allá todo es más caro.
—Entiendo. ¿Y qué te hizo elegir esta carrera? Derecho no es para cualquiera.
—No lo sé bien aún —confesé, mirando hacia la salida—. Tenía que escoger algo... o quizás mi papá hubiera tomado otra decisión conmigo si no lo hacía.
Felipe se detuvo y me regaló una sonrisa pequeña, casi comprensiva, pero sin ser invasiva.
—Entiendo. No tenés que decírmelo, apenas nos conocemos. A veces la vida nos obliga a elegir caminos que no planeábamos, ¿no?
Me quedé un segundo en silencio, sorprendida por su perspicacia.
—¿Y vos? —le devolví la pregunta—. ¿Por qué Derecho?
Él soltó una risa ligera, casi traviesa.
—Siempre es bueno saber qué leyes te favorecen, ¿no crees?
—Interesante respuesta —dije con una media sonrisa.
—Bueno, Camila, fue un gusto. Nos vemos luego para lo del trabajo.
Se despidió con un gesto amable y se alejó con la misma calma con la que llegó. Me quedé ahí parada, sintiendo que, por primera vez en Cali, alguien me hablaba sin conocerme de toda la vida, sin saber quién era yo a los doce años. Y aunque me sentí extrañamente escuchada, algo en su risa final me dejó pensando.
El lunes no terminó en la facultad. A eso de las tres de la tarde, cuando el sol de Cali parece querer derretir el asfalto, me encontré con Gero a la salida. Teníamos una misión secreta: el miércoles 4 de febrero era el cumpleaños de Tomás, y después de tantos años fuera, quería que este regreso tuviera un peso real.
—Vámonos para el centro —dijo Gero, ajustándose la maleta—. Allá encontrás lo que buscás, lo que no buscás y hasta lo que ni sabías que existía.
Nos subimos al bus y, mientras atravesábamos la ciudad, Medellín se me vino a la cabeza.
—Extraño el Metro, Gero —le confesé viendo el tráfico pesado—. Lo bacano que es recorrer la ciudad desde arriba en el Metro Cable, viendo las montañas... Una parte de mí siempre se va a quedar allá. Siempre voy a pensar en volver.
Gero me miró de reojo, con esa calma que tiene él para decir las cosas.
—¿Y qué pasaría si encontrás un motivo para quedarte? Quién sabe, hacés tu carrera aquí... o encontrás el amor.
—¿Te me estás declarando, Gerónimo? —solté una carcajada.
—¡Obvio no! Sabés que te veo como una hermana. Pero sé que siempre fuiste muy cercana con...
—¿Con Tomás? —lo interrumpí, sintiendo un vuelco extraño—. Siendo honesta, nunca lo he pensado así. Bueno, es cierto que cuando éramos niños estaba enamorada de él.
—Y él de vos —disparó Gero sin anestesia.
—¿En serio?
—Sí. Unos meses después de que te fuiste, fue al que más le dolió tu partida. Se puso re mal, Cami.
Me quedé mirando el paisaje borroso por la ventana del bus. A mí también me había dolido dejarlos, sobre todo a él. Pero tuve que irme; no fue mi elección. Aunque siempre sentí su cariño, nunca imaginé que a los doce años él guardara algo tan profundo.
—¿Y ahora? —insistió Gero—. Ahora que se volvieron a ver, ¿qué sentís?
—Es raro. Con vos o con Alejo es como si el tiempo no hubiera pasado porque seguimos hablando todo este tiempo. Con Tomás... nos alejamos tanto que ni nos reconocimos en la entrada de la U. Somos muy diferentes ahora.
—Todos cambiamos —asintió Gero—. Pero Tomás sigue siendo el mismo bobo, solo que más alto. Empezó a comer como un animal cuando te fuiste; decía que cuando lo volvieras a ver, iba a ser mucho más fuerte que vos... ¿Ya se lo dijiste?