Los Mismos de Antes

Capitulo 5: Cumpleaños

[Perspectiva de Tomas]

El miércoles 4 de febrero empezó con el sol de Cali entrando por mi ventana y el olor a café de mi mamá inundando la casa. Cumplir dieciocho debería sentirse como una gran hazaña, pero yo me desperté con una punzada de nervios que no tenía nada que ver con la mayoría de edad. Sabía que esta noche Camila vendría a la reunión que mi mamá, en su infinito entusiasmo, había organizado.

Me sentía extraño. Desde la adrenalina de la fiesta del viernes, apenas nos habíamos cruzado palabras. Me carcomía la culpa por haberme alejado tanto de ella durante esos años en Medellín; me sentía un tonto por no haber sabido cómo mantener el puente. ¿Cómo te acercás a alguien de nuevo cuando incluso llegaste a olvidar los rasgos de su cara? No quería que pensara que no me importaba, pero el miedo a decir algo fuera de lugar me mantenía a raya.

—¡Feliz cumpleaños, mi gordo! —gritó mi mamá atrapándome en un abrazo de esos que te dejan sin aire. Mi papá me dio un apretón de manos firme y una sonrisa de orgullo, y hasta el sordo de Tiberio se quitó los audífonos para darme un choque de puños.

Mi mamá dejó el almuerzo listo: arroz con pollo, mi favorito en el mundo. Me fui a la universidad con el sabor del hogar en la boca. Las clases pasaron sin mucha novedad, aunque algunos compañeros con los que ya empezaba a "parchar" me sorprendieron con un pastel pequeño y un "Feliz Cumpleaños" desafinado en medio del pasillo. Les agradecí, pero mi mente estaba en la casa de al lado, preguntándome qué estaría pensando ella.

De regreso al barrio, el ambiente ya era de fiesta. Tiberio tenía la mesa lista, Oliver estaba sentado al pie del comedor como un guardaespaldas esperando su parte (aunque este año lo vigilamos de cerca para que no repitiera la hazaña de aquel cumpleaños donde se robó un pollo entero de la cocina) y mi mamá llegó temprano del trabajo para almorzar con nosotros. Fue un momento de paz, de esos que te hacen sentir agradecido por la familia que tenés.

A eso de las seis de la tarde, mi papá llegó con una caja grande.

—Para que deje de usar esos trapos que llama zapatos en la cancha —dijo con su tono serio pero con un brillo de cariño en los ojos.

Abrí el regalo y casi me quedo ciego. Eran unos guayos nuevos, increíbles; brillaban tanto como la cabeza de un calvo recibiendo el sol de mediodía. Eran perfectos. Me levanté y le di un abrazo cálido pero rápido. Es una de las cuatro veces al año que nos abrazamos de verdad: Navidad, Año Nuevo y nuestros respectivos cumpleaños. No necesitamos más para saber que ahí estamos el uno para el otro.

Para las siete, la casa ya olía a fiesta. Mi mamá tenía los pasabocas listos, la música de la vieja guardia —salsa y boleros— ya sonaba de fondo y el timbre empezó a sonar. El parche fue llegando de a poco: Pacho con su camisa más "conquistadora", el Costeño con una bulla que se oía desde la esquina, Emilio en su cicla y Alejo impecable como siempre.

Saludé a todos, reímos y brindamos, pero cada vez que el timbre sonaba, mis ojos se iban directo a la puerta. Estaba esperando el momento en que Camila cruzara el umbral, preguntándome si el regalo que yo más quería era el que me daría el valor para hablarle de nuevo como antes.

El timbre no paraba de sonar. A las siete y media, la casa ya era un hervidero de gente. Camila llegó acompañada de Luca y doña Maritza. Los tres me felicitaron con ese cariño de vecinos que se conocen de toda la vida. Camila se acercó y me dio un abrazo que me reseteó los nervios, y luego me entregó un paquete impecablemente envuelto.

—Feliz cumpleaños, Tomás —me dijo con una sonrisa que me hizo olvidar que había gente alrededor.

Poco después llegó Teodoro, mi hermano mayor. Teo es contador y tiene esa chispa que yo a veces envidio; es elocuente, atrapa a todo el mundo con sus historias y siempre te saca una carcajada, aunque sea para decirte algo serio. Eso sí, es más tacaño que un nudo ciego, a menos que se tome un par de tragos; ahí sí invita hasta a los desconocidos.

Vino con su esposa, Patricia. Ellos fueron padres muy jóvenes, Teo apenas tenía 18 cuando nació Manuel. Mi papá, don Rodrigo, los apoyó, aunque claro, no sin antes darle a Teo un par de "caricias" con la correa para que sentara cabeza. Vivieron con nosotros hasta que Manuel cumplió siete años. Es curioso, porque hoy Manuel tiene casi la misma edad de Tiberio; tío y sobrino se llevan como hermanitos.

—¡Vea a esta! —gritó Teo al ver a Camila—. Pero si ya no tenés esos dientes de conejo, ¡estás hecha una mujer!

Se saludaron efusivamente. La presencia de Camila desató una cascada de anécdotas del pasado. Recordamos travesuras, reímos hasta que nos dolió la cara y comimos el pastel que trajo Gero (su papá es un genio de la repostería). Alejo andaba con su Canon profesional de 800 dólares —más de la mitad de mi semestre, qué locura— disparando fotos por todos lados. Pero yo solo esperaba una: la que nos tomamos Camila y yo frente al pastel. Ella se hizo a mi lado, nos miramos un segundo y luego sonreímos a la cámara. Fue la foto perfecta.

Al final de la noche, mientras la gente empezaba a irse, Teo se me acercó con esa cara de malicia que solo él tiene.

—Hey, no me habías dicho que volvió Camila —me soltó.

—Pensé que mi mamá te diría... me distraje, qué pena.

—O sea si me lo dijo, pero también esperaba que me lo dijeras. Confirmando que mamá no puede guardar información—Sí, ya veo que te distrajiste —se rió—. Está muy cambiada. Y qué, ¿todavía te gusta?

—¡EY! —sentí que la cara me hervía.

—Tranquilo, tigre. Vi cómo se miraban. Estaban sentados juntos y tenías la mano en su pierna. Si ella no te la quitó, es porque no le molesta.

Me quedé frío. Ni siquiera me había dado cuenta de ese detalle.

—Sabés que... creo que tengo que ir al baño —dije para escapar de su puntería. Mi hermano tiene el don de hacerme sentir vergüenza en sesenta segundos.



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En el texto hay: romance, vida, amistad

Editado: 09.04.2026

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