Los Mismos de Antes

Capítulo 7: Trabajo en equipo

[Perspectiva de Camila]

Habían pasado dos semanas. Dos semanas desde el torneo, dos semanas desde esa conversación que nunca terminó bien, dos semanas sin hablar con Tomás. Era extraño cuando supe que debía volver a Cali me ilusionaba al pensar que volvería a verlo, pensaba en como sería su vida ahora y tenía muchas ganas de hablar con él, quería saber si todavía seguía sintiendo lo mismo.

Ahora ya no sé qué pensar, tenía un sin sabor que sin importar el pasar de los días no se iba y lo peor... era que ya no dolía igual o tal vez sí, pero de otra forma, más callada, más constante. Ahora todo tan diferente a como lo había imaginado. el parche seguía viéndose, pero ya no era lo mismo.

Las miradas cambiaban, los silencios pesaban más... y yo ya no sabía dónde pararme así que dejé de intentarlo y en ese momento Felipe fue el único que no hizo preguntas. No me pidió explicaciones, no me miró raro, no intentó arreglar nada. Simplemente... estuvo.

—¿Venís a mi casa? —me dijo ese jueves—. Podemos adelantar lo del trabajo.

Dudé un segundo, pero al final acepté.

Su casa quedaba en un barrio más callado y tranquilo, lejos del ruido al que estaba acostumbrada. Era pequeña, sencilla... pero limpia y acogedora, se sentía... vivida. No estaba llena de lujos ni cosas extravagantes, pero definitivamente era una casa hermosa.

—Ma, llegué —avisó al entrar.

Una voz suave respondió desde adentro.

—Estoy en la cocina, hijo.

Cuando entré, la vi. Su mamá, tenía el rostro cansado, pero una sonrisa que llenaba el espacio.

—Hola, mi niña —dijo apenas me vio—. Vos debés ser Camila.

No supe cómo, pero de inmediato me sentí bienvenida.

—Sí, señora... mucho gusto.

—Nada de "señora" —respondió con dulzura—. Decime Marta.

Felipe la miró con una mezcla de cariño y preocupación que no le había visto antes.

—No deberías estar de pie —le dijo.

—Ay, no empieces —respondió ella—. Déjame atender a la visita.

Nos sentamos un rato con ella, nos brindó algo para comer. Hablamos de cosas simples, de la universidad, de la ciudad, de mi regreso obviamente y de algunas pequeñas historias que nos han pasado en la vida...pero había algo en el ambiente. Algo que no se decía.

—Mi mamá ha estado enferma —me explicó Felipe después, cuando subimos a su cuarto—. Hace rato.

Asentí en silencio.

—Mi papá se fue cuando yo era pequeño —continuó—. Así que... tocó aprender a resolver.

Se encogió de hombros, como si no fuera gran cosa.

—Ella nos sacó adelante a mi hermana y a mí. Ahora me toca a mí responder "Como sea."

No lo dijo completo esta vez...pero lo sentí igual. Nos sentamos a trabajar, pero mi cabeza no estaba ahí. Las palabras de Tomás volvieron, incómodas "No es lo que tú crees..."

—¿Te pasa algo? —preguntó Felipe.

—No... ¿Alguna vez has probado...? —pregunté de repente, sin saber por qué.

Él no se sorprendió.

—Sí.

Directo, sin rodeos, levanté la mirada.

—¿Y...?

—Depende —dijo—. Hay gente que se pierde... y hay gente que sabe hasta dónde llegar.

Lo dijo tranquilo, demasiado tranquilo.

—Yo estuve en rehabilitación —solté.

No lo planeé, simplemente salió.

—Tenía 15 —continué—. No fue... bonito, empezó como un juego, como algo de amigos y de repente me envuelta en algo que nunca pensé.

Sentí cómo la voz se me quebraba.

—No sabía cómo parar, me sentía bien al principio pero luego comencé a hacerme daño, herí a mi familia y perdí muchas cosas, fue una pesadilla de la cual me costó mucho despertar.

Las lágrimas llegaron antes de que pudiera detenerlas.

—Sentía que... si no lo hacía... me ahogaba.

Felipe no dijo nada solo se acercó y me abrazó fuerte

—Ey... tranquila —susurró—. Eso le puede pasar a cualquiera.

Su voz era suave y cálida, Peligrosamente comprensiva.

—No sos débil por eso.

Cerré los ojos.

—Sos humana.

Me quedé ahí unos segundos... quizás más. Hasta que algo dentro de mí se tensó. Me separé.

—¿Vos... consumís? —pregunté.

Él dudó solo un segundo.

—Sí.

El mundo se detuvo un instante.

—Pero lo controlo —añadió rápido—. No soy como la gente que viste allá.

No respondí.

—Eso no me hace mala persona, Cami —continuó—. Solo... es una forma de sobrellevar las cosas.

Sentí un frío recorrerme el cuerpo.

—Creo que... me tengo que ir.

Me levanté, pero él me tomó del brazo, no fuerte, pero firme

—No tengas miedo.

Lo miré.

—No es miedo.

—Sí lo es —respondió—. Pero no de mí.

—Es de lo que ya viviste.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Yo lo entiendo.

Tragué saliva.

—No sos la única que está rota.

Esa palabra, rota.

—Tus amigos no saben —añadió más bajo—. Se nota.

Sentí el golpe.

—Tomás menos.

Ahí dolió.

—Él no ha pasado por esto, pero nosotros sí. Y entre personas que han estado ahí... las cosas son distintas.

Se acercó un poco más y su mano apretó la mía.

—Nos entendemos.

Mi cabeza era un caos, todo lo que decía tenía sentido y al mismo tiempo... no. Se inclinó hacia mí despacio, demasiado cerca y en ese momento...algo dentro de mí gritó. Giré la cara, su beso quedó en el aire. Nos quedamos en silencio, separados por nada... y por todo.

—Me tengo que ir —dije.

Esta vez no me detuvo. Salí de la casa con el corazón acelerado. Confundida, molesta, triste y por primera vez en días...volví a pensar en Tomás. Pero no con rabia, era con duda y nostalgia. Tengo que verlo, tengo que hablarle necesito saber que es todo esto que está pasando.



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En el texto hay: romance, vida, amistad

Editado: 09.04.2026

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